UNA FIGURA EN MOVIMIENTO

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UNA FIGURA EN MOVIMIENTO

Óptica, estética, ética y erótica de la Gestalt relacional.

09 Mayo 2021
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    UNA FIGURA EN MOVIMIENTO.

    Óptica, estética, ética y erótica de la

    Gestalt relacional.

     

    Francisco Fernández Romero

     

     

    Intenta alabar al mundo herido

    y a la pluma gris que un zorzal perdió

    y la suave luz que se desvía y desaparece

    y regresa

    (Adam Zagajewski)

     

     

    Una figura en movimiento, que palpita, se contrae y se expande. Una figura que danza. Hecha de miradas, de palabras, de gestos, de silencios, de esperas, de emociones, de historias, de cuerpos.

    Juego a pensar en la terapia Gestalt relacional como esa figura. No es un cuadrado pero veo cuatro lados, cuatro ángulos, cuatro puntos de encuentro. Mirar, sentir, responder, ir al encuentro; es decir: una óptica, una estética, una ética y una erótica.

    ¿Así es la terapia Gestalt? ¿Así debe ser? No. Supongo que es de muchas formas, que es algo siendo. Hablo de la terapia Gestalt como me interesa a mí, como me gusta hoy. Esos cuatro ángulos me guían, me hacen guiños, me invitan. Desde ellos, surge mi palabra.

     

    Una óptica.

    La terapia Gestalt es una óptica, un modo de mirar. Mirar es también elegir cómo se mira, y desde dónde. Mirar es ubicarse, saber que miro desde aquí y no desde allá, desde mí y no desde otro (nunca sabemos con certeza cómo mira el otro). Es saber que miro solo una parte pequeñísima: esto, aquí, ahora, pues cuando miro esto no puedo mirar lo otro, cuando miro aquí no puedo mirar allá. Mirar es tener muchas miradas. Cada cosa del mundo, cada otro y otra convocan una particular forma de mirar. La Gestalt me invita a una óptica que no se apropia de lo que mira, sino que hace lugar y da espacio. Lo que miro no es de mí, sino en mí cuando lo miro. Ya son tantas las miradas que se apropian o intentan hacerlo, miradas que colonizan, que atrapan, que acumulan. Mío el pájaro que veo, mía la nube, mío el rostro que me ve a lo lejos. Al final, mi cuerpo se doblará de tantas cosas que he hecho mías al mirarlas. 

    También es común mirar manchando, mirar con ojos de juez, de experto, de analista que alza el dedo para señalar lo que está bien o no, lo adecuado o no, lo puro o no, lo que falta o sobra, lo sano o enfermo, según sus propios estándares que más que propios suelen ser introyectados. La mirada es entonces una balanza desde la que se evalúa al mundo y a los otros (incluyendo a los pacientes), desde la que se califica y descalifica, se salva o se condena. Miro una y otra vez aquello que me confirma, que me asegura que tengo razón; me alimento de miradas que miran como yo, miradas-espejo, miradas-mismidad que me impiden la posibilidad de otra mirada. Entonces solo miro una parte, la que me conviene mirar. Cualquier cosa que se oponga a mi mirada pierde validez o está equivocada o no existe.

     

    Mirar gestálticamente es otra cosa: es abrirme a lo que miro, ser habitado, hacer sitio a lo que no soy yo y entonces ser lo que no he sido, mirar sin apropiarme… e invitar al paciente a esa mirada otra.

    Podría parecer sencillo: mirar. ¿No es algo que hacemos todo el tiempo? Creo que no, no así. Mirar de verdad a nuestros pacientes me parece fundamental. “Todo lo que puede ver desea ser visto” dice Bárcena. Así como deseamos mirar el mundo anhelamos que el mundo nos mire. Y continúa: “Porque todo lo que está vivo, todo lo que existe, siente una necesidad propia de aparecer, de introducirse en el mundo y exhibirse como individuo (...) Y porque estamos destinados a ser vistos, oídos, tocados, olidos y percibidos, el mayor drama consiste en que nada dé testimonio de nuestra presencia en el mundo, en el juego del mundo”. (Barcena 2004 p.126)

    Si me miras me salvas. ¿De qué? De no existir o de que mi existencia sea indiferente, de que pase sin que nada pase. Si me miras me enseñas que hay otra forma de mirar y otro lugar desde el cual mirar y otros ecos que resultan de haber mirado. Si me miras me haces aparecer, surgir, me das un lugar que me permite saber quién soy. Creo que es eso lo que damos a los pacientes cuando los miramos de verdad. Mirar y ser mirado: quizá así comienza todo. Darnos existencia, habitarnos mutuamente aunque sea por un instante y entonces no estar solos, no ser solos. Llenar de algo esa nada entre nosotros. ¿Algo?  Una vibración, una cuerda que se tensa hasta hacer posible el sonido de una nota, una confirmación de ser, una bienvenida, un aparecer ante el otro.

    Quiero mirar a mis pacientes y crear un espacio donde mirar sea posible. La terapia es un tiempo-espacio donde mirar detenidamente.

    Esta óptica invita a una mirada que no produce, que no consume, que no se apropia, que no es apropiable, que no sirve como medio para conseguir nada. Mirar para mirar, nada más, como la que describe Alessandro Baricco en Océano mar:

    “Ann Deverià la miró —pero con una mirada para la que mirar es ya una palabra demasiado fuerte —mirada maravillosa que en ver sin preguntarse nada, ver y basta —algo así como dos cosas que se tocan —los ojos y la imagen —una mirada que no toma sino que recibe, en el silencio más absoluto de la mente, la única mirada que de verdad podría salvamos —virgen de cualquier pregunta, aún no desfigurada por el vicio del saber —única inocencia que podría prevenir las heridas de las cosas cuando desde fuera penetran en el círculo de nuestro sentir —ver —sentir —porque no sería más que un maravilloso estar delante, nosotros y las cosas, y en los ojos recibir el mundo entero —recibir —sin preguntas, incluso sin asombro —recibir —sólo —recibir —en los ojos— el mundo”. (Baricco 1999)

     

    Pienso en tres tipos de miradas: la mirada del comienzo, la mirada crepuscular y la mirada atenta.

    La mirada del comienzo es la de quien mira por primera vez, como quien abre los ojos y descubre. Mirar con el asombro del recién llegado, como suelen mirar los niños.  Ese mirar no ocurre solo en los ojos: miro con el cuerpo, todo yo estoy en mi mirada. Cada rincón llama e invita, despierta la curiosidad, que no es otra cosa que el llamado de lo extraño. Se trata de eso: no de volver común lo extraño sino de volver extraño lo común. Entonces lo común deja de serlo, al menos por un rato.

    Qué difícil es mirar así las historias repetidas de los pacientes, los temas que vuelven una y otra vez. Qué difícil sentir curiosidad hacia lo que ya damos por hecho. Pero creo que hacer terapia se trata de eso: cocrear con el paciente esa mirada, mirar lo que no habíamos visto o mirarlo de manera diferente. ¿Qué hay de nuevo en lo que miramos? Hacer surgir una mirada niña. Y cuando digo niña no quiero decir simple o dulce o empalagosa (esas torpes definiciones de la infancia),  sino que hay en ella un asombro y una curiosidad que me permite mirar más. Hace falta hacer a un lado los juicios previos, las ideas preconcebidas, el hábito de calificar. Hace falta dejar de dar por hecho. “Esta mirada que todavía podemos tener, o a la que aspiramos -dice Fernando Bárcena- ha de vincularse a un cierto silencio que permite una escucha atenta”. (2004 p.120)

    La mirada crepuscular está en el otro extremo: mirar como quien se despide, como quien sabe que no mirará más. Se trata de ser conscientes de la finitud: yo estoy y un día dejaré de estar, mi paciente está y un día dejará de estar, nuestro encuentro está marcado (herido) por el tiempo. Encontrarnos hoy implica despedirnos después. Cuando logro mirar a mis pacientes con esta luz extraña del crepúsculo, valoro profundamente nuestro encuentro, celebro la coincidencia de estar juntos, aprecio la posibilidad de que se nos haya concedido un tiempo para hacer algo juntos.

     

    ¿Cómo volver a mirar de verdad? ¿Cómo mirar atentamente?  Mirar con atención es lo contrario a la indiferencia. Acercarme, dejar que lo que veo (la experiencia de mi paciente) me toque, me afecte, me conmueva.  Dice Josep María Esquirol, el filósofo catalán, que cuando miramos con atención surge el respeto por lo que miramos. La palabra respeto, en su etimología, viene de mirar atrás, mirar atentamente, re-mirar. La atención es “Una luz que alumbra” dice Husserl.

    La mirada en la terapia es una mirada que se aproxima y se demora, una mirada sin prisa, una mirada-entrega. Se trata de una mirada que es a la vez activa: va hacia; y pasiva: recibe, se abre. “Una mirada -dice de nuevo Esquirol- que no se pregunta qué hago con esto sino qué hace esto conmigo”. (Esquirol 2006) Ante ella, lo mirado se revela y se muestra de un modo único.  Y surge el respeto, porque en la historia de mi paciente hay fragilidad (lo que puede ser roto), hay misterio (lo que no podré entender del todo) y hay cosmicidad (una cierta armonía, un equilibrio aunque sea provisional).

    Mirar así es contemplar y contemplar es hacer oración con la mirada. Todo lo contrario al zapping que nunca se detiene y solo pasa por encima y queda indiferente y siempre inmune.

    Mirar atentamente a mis pacientes me revela que también hay lo que no se revela. Todo lo que miro esconde algo que no puedo mirar del todo: el otro lado, la sombra. Es absurdo, incluso en terapia, el intento de mirarlo todo o de mirar algo por completo. Mirar entonces también es renunciar, rendirse ante aquello que nunca podrá ser visto.

     

    Una estética.

     

    Digo estética y la palabra se vuelve resbaladiza y engañosa. Hemos aprendido que lo estético se refiere a lo bonito, a lo armonioso, a lo equilibrado. ¿Hay algo de eso en una sesión terapéutica en donde el paciente narra su sufrimiento y el terapeuta se enfrenta a su propia impotencia? ¿Qué es lo armonioso en la depresión, en la angustia, en el desamor, en el duelo?

    Sirve, de nuevo, ir a la etimología, que es algo así como el viejo álbum de fotos de las palabras. Lo estético tiene que ver con la sensibilidad, lo que se  percibe con los sentidos. Su contrario no es la fealdad sino lo anestésico, lo que impide sentir. Cuando digo sensibilidad digo vida, digo ser afectado y conmovido, digo abrirme al mundo y a los otros a través de los sentidos, digo estar presente a través de mi cuerpo y mi emoción, digo participar del temblor de lo vivo. Una sonrisa puede ser estética, pero también un llanto profundo, una rabia que se expresa con libertad, una herida que no niega su dolor, la indignación ante la injusticia. Porque en la sonrisa, en el llanto, en la rabia, en la herida, en la indignación está la vida expresándose.

    La estética en la Gestalt es, me parece, una estética de lo roto, del silencio, de la palabra viva, de lo lento, de lo pequeño, de lo incierto.

    La Gestalt, repito, participa de una estética de lo roto, de lo herido; asume que en la belleza hay una esquirla de dolor, un atisbo de herida, la presencia de la muerte: solo por ahora, me dice, solo por un tiempo. Pero ¿es que algo puede ser bello sin la presencia de la muerte? ¿No es la finitud y la fragilidad lo que hace que algo o alguien nos conmueva y nos abra una grieta dentro? Quizá lo estético no es otra cosa que esa grieta.

    Lo estético nos sumerge en la vida y la vida es también el desconcierto y el desequilibrio, la tierra bajo las uñas, el corazón que palpita. La vida no es simétrica ni ordenada ni uniforme ni pulida ni limpia.  La vida deja marcas de dientes, cicatrices, salpicaduras. La vida solo existe al filo de la muerte. Es que la perfección y la pureza no son humanas. La búsqueda de ambas, incluso, ha generado diferentes violencias. Pueden provocarnos admiración o incluso reverencia, pero se alejan de nosotros y se vuelven herméticas por inalcanzables, tan distantes y tan frías que pueden resultar aterradoras.  Dice Jean-Luc Nancy acerca de los cuerpos: “Un cuerpo perfectamente formado es un cuerpo molesto, indiscreto en el mundo de los cuerpos, inaceptable. Es un diseño, no un cuerpo”. (Nancy 2017)

    La estética de la que hablo es frágil, es imperfecta, es impura. No se revela a la primera sino que exige tiempo, pero así como tarda en llegar también tarda en irse pues nos deja un eco (una reverberación dice Han) que nos acompaña por mucho tiempo. No oculta sus heridas, sus manchones, sus arrugas porque es el roce con la vida y con el tiempo lo que la vuelve auténtica. No es complaciente, no le agrada a todos, tiene zonas de sombra, lleva su muerte dentro.

    Es verdad que puedo sentirme conmovido por la fuerza o sabiduría de mi paciente, pero eso ocurre porque conozco su debilidad y su torpeza, y porque conozco las mías. Crecemos y sanamos en la relación, en el encuentro vivo con el otro, lo que no hay que olvidar es que ese encuentro no ocurre sin resistencia y dificultad. En el fondo, nos encontramos desde la herida. El paciente llega a nosotros porque está herido. Posiblemente espera encontrarse con un terapeuta sabio, fuerte y completo. No es así. Lo que encontrará ante sí es a un ser humano con dudas, frágil e incompleto. Y dispuesto a co-crear un vínculo justamente desde esa fragilidad e incompletud. El paciente se hace preguntas para las que no tenemos respuesta, tiene miedo a lo que también tememos y un día dejará de existir como nosotros dejaremos de hacerlo. Mortales ambos, pequeños ambos, fugaces ambos.  Su herida evoca nuestra propia herida y desde allí nos encontramos Y ese encuentro no es liso, pulido o limpio, pues nada auténticamente humano lo es.

    Digo también una estética del silencio, de la lentitud, de lo pequeño de lo frágil, de lo incierto.

    Pienso en el espacio terapéutico como un espacio en donde el ruido del mundo queda afuera por un rato, para hacer espacio a la voz de la vida. Escuchar esa voz requiere de silencio. Un silencio que no es solo dejar de decir, sino suspender lo mío, dejarme interpelar y poner en duda y hacer sitio a lo que no somos.

    Solo del silencio puede surgir la palabra estética, aquella que nos nombra, que se llena de sentido, que diga lo que diga siempre dice Soy y dice Eres, que intenta alcanzar al otro y poner algo en común, que duda. La palabra estética se dice con cautela, se enuncia como invitación, se lanza al mar  como una botella con mensaje. La palabra estética siempre tiembla un poco porque sabe que no se puede decir todo, que lo que decimos es precario y que hay cosas indecibles. “Deberíamos lograr que las palabras, en vez de erguirse omnipotentes en sus primeras sílabas, se vean obligadas a curvarse hasta convertirse en puras preguntas”, dice Carlos Skliar (2006 p.48)

    No solo eso, pues se trata de dar con las palabras que nos nombren. Estoy ante ti, ante tu experiencia, ante tu sufrimiento y esa presencia de ti hace que vibre algo mío. ¿O fue al revés? ¿Fue lo mío lo que provocó ese temblor en ti? Casi nunca se sabe. Algo está pasando entre nosotros, algo que no estaba antes del tú-yo, algo que no sabemos con certeza de dónde surge, pero está. Me dice, te dice, nos dice. Está  a la vez en la voz del paciente y en el temblor del terapeuta, en las lágrimas del paciente y en los labios secos del terapeuta, en el silencio del paciente y en la inquietud del terapeuta. Al principio no tiene palabras, pero poco a poco empieza a delimitarse, a condensarse como el vapor que se convierte en gotas. Al terapeuta le corresponde nombrar eso que surge entre ambos y que le pertenece solo en parte.

    La terapia como un espacio en donde el ritmo del mundo se frena, se pausa, para hacer lugar a ese otro ritmo que permite que nazca algo (todo lo que nace requiere de tiempo), y ese ritmo, me parece, tiene que ver con la lentitud (bajar la velocidad), con la demora (permanecer antes de pasar a los siguiente), con la espera (ese tiempo en que parece que nada pasa). Dice Joan-Carles Melich (2017): “Todo lo que puede hacerse rápidamente no me interesa”. La belleza que sucede quizá necesitó de un largo tiempo sin belleza. La frase que brilla en el poema quizá necesitó largas horas de silencio. La intervención terapéutica que ilumina quizá necesitó de un largo no saber.

    La terapia como la posibilidad de atender a lo frágil, en lugar de exigirnos, como nos exige el mundo, ser fuertes, exitosos, invencibles. La propia vulnerabilidad nos invita a pedir ayuda y cuestionar la autosuficiencia, mientras que la fragilidad del otro y del mundo nos convoca al cuidado, a amparar aquello susceptible de lastimarse, terminar, morir. “Quizá la fragilidad es lo único que nos acerca para compartirnos como semejantes. Quizá la experiencia de la alteridad del otro reside en mi experiencia de su fragilidad. Quizá la visión del otro como alguien vulnerable me extrae de mi cerrazón volviéndome solícito al encuentro”. (Gómez Ramos 2018 p.368)

    La terapia como el lugar donde atender a lo pequeño, a los detalles, a lo aparentemente insignificante. Un espacio en donde cada cosa cuenta y podemos detenernos a mirar lo sutil. “Una sesión de terapia tuvo sentido si logramos colocar una sola pieza del enorme rompecabezas”, le escuché decir a mi amiga y colega Mónica Margain. Es verdad: a veces, buscando lo grandioso dejo de mirar lo real, lo que está frente a mí. ¿Qué somos sino pequeñas miradas de otros que nos enseñaron a mirarnos, manos que limpiaron nuestras lágrimas, canciones de cuna para protegernos de las pesadillas, pequeñas historias familiares, un juguete viejo, la lengua de alguna mascota, el arroz de la abuela?

    La terapia como el lugar de lo incierto y del claroscuro. ¿Qué certezas podemos tener en el encuentro con el otro, si el otro es, por definición, el misterio? ¿Qué certezas pude haber si hemos elegido la cocreación y eso supone que nunca tengo la última palabra? La terapia como un lugar que renuncia al todo o nada, al siempre o nunca, al bien o mal, para adentrarse en el durante, en el en medio, que no es la luz o la oscuridad sino la mezcla de ambas.

     

     

     

    Una ética.

    Ya Jean-Marie Robine (2006 p.87) escribió que la terapia Gestalt no tiene una ética sino que es una ética. Cuando digo ética no hablo de normas o códigos sino del modo de responder a un otro concreto. Y digo ética, no moral.

    Pero ¿a qué le llamo ética? Retomo la propuesta de Lévinas: La ética es la radical responsabilidad infinita hacia el otro, la otra. No hay ética sin el otro, sin la otra, pues como afirma el mismo Lévinas, ética es justamente “…este cuestionamiento de mi espontaneidad por la presencia del Otro”. (Lévinas 1977 p.22) Es decir, el otro, la otra irrumpe y su presencia es una pregunta que espera respuesta y que interrumpe mi modo de andar por la vida atento solo a mí, a lo mío. Más allá de si le llamo paciente, cliente o consultante, quien está frente a mí en el consultorio es un otro, una otra.

    El otro, la otra no como una abstracción sino como una presencia real que nos interpela, que rompe nuestra autorreferencialidad, que de pronto está ante nosotros con toda la desmesura de su otredad. El otro irrumpe y al hacerlo me produce una conmoción, me sacude y “me deja el alma perpleja”, como dice Deleuze. (Skliar 2008, p.14)

    Se trata de recuperar nuestra mirada (una óptica) y de poner atención: allí, frente a nosotros hay un otro, una otra, diferente y semejante, que sufre. La ética supone ver a ese otro o esa otra más allá que cualquier idea previa que tenga acerca de él o ella, más allá de mis definiciones, de mis teorías incluso, de mis intentos por conocerlo y entenderlo por completo. Descubro -como dice Josep María Esquirol- su fragilidad (algún día dejará de estar, como yo), descubro que no puedo saberlo del todo (“La relación con el otro es una relación con un misterio”, decía Lévinas), descubro su belleza herida. Y todo eso me convoca, me llama, me demanda cuidado y respeto.

    Mirar de verdad al otro, a la otra, sabiéndolos semejantes y por lo mismo vulnerables, nos invita (¿nos exige?) a ampararlos, a aliviarlos del sufrimiento y si es posible a evitarlo a toda costa. Cuidar del otro, de la otra, de la misma forma que nosotros necesitamos ser cuidados.

    No estamos hablando de moralidad, sino de ética. No son lo mismo. Se puede ser intachable en lo moral (hacer lo que se debe según la norma) y ser indiferente al dolor del otro. La moral surge de la certeza, de estar convencidos de lo que es el Bien, la Verdad, el Deber. La moral implica seguir una ley que nos antecedió y que nos marca el camino. No es que sea fácil seguirlo, pero el camino está allí y es claro. Pero ¿qué ocurre cuando vivimos a la intemperie, como hemos dicho, en donde no hay certezas ni caminos trazados de antemano? Nos queda la ética, y la ética va más allá de la obediencia a alguna ley, es anterior a la idea de bien o mal, justo o injusto. A la ética no le sirve el “deber ser”. La ética es responder de modo individua al otro.

    “Para un ser finito –dice Joan-Carles Melich) vivir éticamente es (…) estar pendiente del sufrimiento del otro, tener algo infinitamente pendiente con él/ella y, por tanto, no acabar de estar instalado en el mundo, y no saber cómo estarlo”. (Melich 2010 p.94) No se trata de una respuesta preconcebida y aplicable a muchos casos, porque la ética, a diferencia de la moral, es situacional, es decir, es una respuesta a una persona en concreto, una persona con nombre, rostro y cuerpo; una respuesta que surge de ese encuentro presente. Soy yo quien te responde a ti en esta situación concreta, y como cada situación es única mi respuesta también lo es.

    ¿Cómo saber que mi respuesta es la adecuada si no hay un camino trazado, si no hay una ley, si no hay el Bien con mayúscula? No puedo saberlo. No hay forma. La ética se enfrenta a la incertidumbre una y otra vez. Lo diremos de nuevo: la moral surge de la certeza, la ética de la falta de certeza. “Nunca podremos saber a priori –por adelantado- qué es lo ético, cómo hay que actuar éticamente, cuál es la respuesta ética adecuada (…) no hay ética porque sepamos lo que está bien y lo que está mal, sino precisamente porque no lo sabemos, porque nos vemos obligados a responder in situ a las cuestiones que otros nos formulan y nos demandan”. (Melich 2010 p.45) Ser ético, dice el mismo Melich es no tener nunca la conciencia tranquila.

    La respuesta ética requiere compasión, afecto, sensibilidad, ternura, respeto, capacidad de indignación y ese deseo que es potencia de hacer algo, que va más allá de anhelo y se vuelve acción real y comprometida con el otro.

     

     

     

    Una erótica.

    Eros, en la tradición griega es mucho más que un pequeño dios travieso y descafeinado que provoca enamoramientos. Es, ni más ni menos que el poder que unió el cielo con la tierra para que de allí surgiera la vida. Eros entonces es fuerza que llama, que une lo separado, que invita para que desde esa unión algo nazca.

    “La palabra griega eros –escribe Anne Carson (2020 p.23), la poeta canadiense- denota deseo, falta, deseo de eso que está ausente”. Una ausencia que como toda ausencia evoca y convoca una presencia. Más que un anhelo es una sed, “Sed de otredad” dirá Octavio Paz, y cuando digo otredad quiero decir, lo que no soy, lo que no seré, lo que está más allá de mí. Los seres humanos somos seres eróticos porque al no bastarnos necesitamos salir de nosotros mismos para ir al encuentro con lo otro. Desde esa mirada, la terapia es un espacio erótico, pues es a través del encuentro con otro, con lo otro, que nos re-conocemos  a nosotros mismos. Voy a ti para volver a mí diferente de como era, voy a saberte para saberme, te busco para encontrarme.

    Pienso que en terapia lo erótico tiene que ver con esa sed de encuentro: con el modo cómo acudimos o nos abrimos a dicho encuentro, con nuestra capacidad de sentir ese deseo de lo que está ausente para intentar hacerlo presente. Escribo esto último e inevitablemente pienso en las ideas de Gianni Francesetti: la ausencia como puente que nos une.

    Hace poco, escuché a mi admirado Joan-Carles Melich, el filósofo catalán, diciendo que lo erótico está presente en el cuerpo a través de los gestos: miradas que se cruzan, sonrisas, manos que se rozan, abrazos, incluso pequeños actos de amabilidad (dar el paso, por ejemplo) ante la existencia del otro.

    ¿Qué gestos conforman la erótica en la terapia Gestalt?

    Margherita Spagnuolo (2013 p-193-210) dice con claridad que es necesario sentirnos atraídos hacia nuestros pacientes, pues solo así podemos revelarles su belleza. La atracción es también el cuerpo y el alma yendo hacia el otro, la otra. En terapia los cuerpos hablan y se hablan. Mi cuerpo completo tiende hacia el paciente, me inclino, me abro, miro y escucho con una intensidad especial. Suspendo el afuera en la medida de lo posible para estar plenamente presente.

    Mis pacientes, o la mayoría de ellos, acaban por gustarme de muchos modos. Al mirar su humanidad como pocas personas la han visto o la verán (eso me hace pensar en la desnudez) soy conmovido por su particular belleza. He aprendido a abrazar ese gusto que a veces es mutuo.

    No quiero dejar de lado que un gesto erótico importante en la terapia es la renuncia. Elegimos no consumar lo amoroso ni lo sexual y en esta renuncia hay también un cuidado por el otro o la otra.

    Pienso también que en lo erótico habita el tacto. Tacto es tocar y acariciar, sí, pero también decimos “tener tacto” a una forma particular de contactar en donde está presente el cuidado y la delicadeza que evitan invadir, violentar, apropiarse. “Tener tacto –dice Max Van Manen- es ser solícito, sensible, perceptivo, discreto, consciente, prudente sagaz, perspicaz, cortés, considerado, precavido, cuidadoso” (1998 p.138)

    El tacto, y esa particular forma del tacto que es la caricia, nos saca de nosotros mismos pues es una práctica orientada al otro. Tu existencia rompe mi centralidad y voy hacia ti sabiendo que eres libre de rechazar mi aproximación.

    La caricia, cuando es verdadera, es una forma de diálogo. Tocarte, acariciarte, implica sentirte, pero a la vez sentir-me, pues no es posible tocar sin ser, a la vez tocado por lo que toco. La caricia es una cocreación (y por lo tanto no se puede planificar) pues al tocarte siento tu respuesta y esa respuesta transforma mi caricia, la vuelve suave o firme, de apoyo o de consuelo, busca y encuentra un ritmo mutuo. Al tocarte siento tu apertura o tu límite, tu invitación a seguir o tu petición de distancia. Cuando digo tocar y acariciar no me refiero solo al contacto de una piel con la otra, pues me parece que en el espacio terapéutico el/la paciente y yo nos tocamos también de otras maneras: a través de las miradas, de las palabras, de los silencios, de los gestos, de los detalles, incluso de las esperas y las pausas.

    “«¿Cómo estás?», «¿Cómo te encuentras?», «Me alegro de verte», «Cuídate», «Adiós»… son expresiones de amparo y de acogida. Al prestarles atención, ¿acaso es posible no maravillarse de su sentido? Decir «¿Estás bien?» con franca solicitud es ya cuidar del otro. Literalmente es una pregunta, pero, en realidad, es tacto e imposición de manos”. (Esquirol 2015 p.90)

    Acariciar al otro, a la otra también es preservar su espacio, proteger su vulnerabilidad, acompañarle en el dolor, compartir su risa, sanar lo herido, reforzar lo bello, rescatar lo único. (Van Manen 1998 169-178)

     

    ¿Una poética?

     

    Quizá, la intersección de estas líneas, la figura que se conforma al mezclar esta óptica, esta estética, esta ética y esta erótica sea una poética de la terapia Gestalt.

    Una poética, es decir, un modo de hacer surgir, de dar a luz, de hacer que lo que no es, sea. Una mínima creación que agrega algo a lo creado. Un modo de ser obrero o artesano del mundo, un desordenar para inventar un orden otro. 

    No confundir, por favor, con la grandilocuencia empalagosa con la que se rellena el vacío, ni con el oropel y las palabrotas y las lentejuelas. Nada más lejano. Poética es algo mucho más sencillo y también mucho más complejo. 

    “Poiesis es la palabra griega que significa ‘hacer, elaborar, producir, crear’. De ella deriva poética, que es un tipo muy especial de elaboración (...) Obra, puede ser, en efecto, la obra de un artista o de un escritor, pero también la obra de una artesana o la labor de una abuela, la acción de una revolucionaria, o el buen hacer de un campesino. La obra es lo que da un poco más de consistencia al mundo, o lo que intensifica y da sentido a la vida”. (Esquirol 2021 p.63-65)

    Cuando hablo de una poética de la terapia me refiero a la elección de un modo de hacer que intenta no repetir sino crear, no interpretar desde parámetros ya conocidos sino acompañar la novedad que surja.  Crear sí, pero eso nunca ocurre a solas, sino con el otro. Con y también para y también desde y también contra pero nunca sin. “Creamos para no estar solos. Y creamos para que el otro tampoco esté solo”. (Esquirol p.4) Cocrear entonces. Cocreación. 

    ¿Por qué una poética y no una técnica? Quizá porque partimos del encuentro. Ante mí hay un otro, una otra y esa presencia viva me deja desarmado. Ante él o ella las técnicas y su repetición pierden sentido pues el encuentro es siempre único e impredecible. Las técnicas se parecen a eso que Hannah Arendt llamaba fabricación: el intento por repetir lo mismo. Arendt pone especial atención a un hecho que parece obvio: nacimos. Somos seres que nacen, no que se fabrican. Fabricar es repetir un molde, un diseño previo de modo que funcione de cierta forma. La fabricación estandariza, es impositiva, fija, fría; un acto de funcionarios que produce nuevos funcionarios. El resultado es un producto, no una persona. Nacer es otra cosa: un acontecimiento que rompe la continuidad del tiempo. Arendt nos recuerda que cada uno de nosotros nace, y al nacer trae consigo algo único, un modo especial de ver el mundo, una mirada nueva, una palabra nueva, un pensamiento nuevo: la más absoluta novedad. A diferencia de la fabricación, la creación  intenta preservar la novedad del otro preservando también la novedad del encuentro, invita a hacer nacer para seguir naciendo.

    Aquí, otra vez, el riesgo de lo grandioso. Lo oigo mucho, cada vez más: “La terapia como una obra de arte, como un poema, como alquimia que hace brotar el oro oculto. El terapeuta, entonces, como el mago, el artista, el alquimista, el poeta”. Hinchados de nosotros mismos vamos al consultorio con nuestra magia a cuestas dispuestos a la grandeza. 

    Así no. Hemos hablado aquí de lo roto, de lo frágil, de lo pequeño, de lo incierto. Hablo entonces de una poética a ras de tierra que incluya todo lo anterior: la del encuentro, y esa siempre es falible e incompleta. La Belleza, con mayúscula es inalcanzable. Es más bien un andar a tientas, tropezando,  siempre lejos del ideal, intentando trazar una línea que muchas veces sale torcida, una palabra perfecta que escapa siempre y si rozamos la belleza fue solo su orilla, un milagro fugaz e irrepetible. Hablo de una poética que vuela bajo: no soy un artista sino, en todo caso, un artesano intentando hacer un trabajo digno: un plato de barro con dos líneas temblorosas; no soy un alquimista que hace surgir el oro sino un cocinero que prepara una sopa; no soy un poeta sino alguien intentando escribir alguna frase sin salirse del renglón.

    Pero esta poética, aun en su sencillez, implica una rebelión porque atiende a la vida antes que al mundo, a lo frágil antes que a lo poderoso, a la compasión antes que a la exigencia.

    Una poética de la terapia: cocrear una nueva posibilidad, un nuevo sentido para la vida. No digo “una nueva vida” sino apenas una nueva posibilidad: una mirada, una palabra, un silencio, una decisión, una pregunta. 

     

    Entonces, sí, una figura en movimiento.

    Una figura hecha de cuatro lados, con cuatro ángulos. Una figura que cambia, que danza o que vuela. Pero su vuelo no es el vuelo sorprendente del águila o el sobrenatural del ángel. No, volvamos a la tierra. Su vuelo es más el de aquella bolsa de plástico en American Beauty, la película de Sam Mendes (1999); o quizá el de la hoja seca llevada por el viento; acaso la de un papalote de papel manejado por un niño o una niña. Vuelo frágil, torpe a veces, titubeante siempre. Se eleva sí, y luego cae. Vuelve a elevarse un poco sucia de polvo y vuelve a caer, así, una y otra vez. Como todas las cosas humanas.

     

     

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