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Las posibilidades del silencio en psicoterapia

04 Diciembre 2014
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    “… tal vez un gran silencio pueda

    interrumpir esta tristeza,

    este no entendernos jamás

    y amenazarnos con la muerte…”

    (Pablo Neruda)

     

    Me gustan los espacios en blanco en las páginas de un libro.

    Me gustan los puntos suspensivos, su presagio.

    Me gusta el instante previo a que inicie un concierto, luego de que los instrumentos se afinaron y el director sube al estrado.

    Me gusta el lejanísimo rumor de la calle en la madrugada.

    Me gusta ver dormir a mi hija.

    Es decir, me gusta el silencio.

     

    Por supuesto, decir algo así es una generalización, porque no hay un solo silencio sino muchos y cada uno tiene su particular sabor, su propia textura. También hay silencios de dolor, de vergüenza, de miedo; silencios pesados como losas, angustiosos o interminables. Entonces me corrijo: me gustan algunos silencios, o quizá muchos. Me doy cuenta de que los busco, los construyo y, a veces, cuando paso tiempo sin ellos, los añoro.

     

    Francisco Fernández Romero es terapeuta individual y de grupo, sexólogo, docente y novelista inédito y/o frustrado

    ¿No te pasa a ti, lectora, lector, que en ocasiones te sientas como sumergido, atrapado en el ruido? Gritos, bocinazos, anuncios, mentadas, consignas, consejos, opiniones, canciones huecas, el hit del momento, la noticia repetida hasta el infinito, las promesas de campaña, las exigencias, el último chiste, el reclamo…

    Entonces necesito del silencio para recordar-me, para darme cuenta de que sigo aquí, tan perdido como estaba entre la estridencia y el alboroto. “…porque hablamos demasiado sin decir nada, porque escuchamos demasiado sin oír nada, porque estamos demasiado en el habla”. (Larrosa 2007, p.600)

    Creo que el espacio terapéutico puede ser, entre otras cosas, un lugar en donde sea posible el silencio. Necesitamos el silencio “para reconquistar la derrota sufrida siempre que hablamos largamente”. (ibidem, p.600) Un lugar privilegiado, en ese sentido, donde el paciente deje fuera el griterío de lo que otros le demandan, le reclaman, le exigen, le venden, para encontrarse consigo mismo y con un otro, el terapeuta, que lo acoge o lo interpela con su humanidad y su presencia, aquí y ahora, abierto a lo que surja.

    El silencio suele ser un callar juntos. De hecho, el silencio no es algo que pueda hacer sin el otro, sin los otros. El silencio es una co-creación. No basta que yo me calle o que tú lo hagas; es necesario que lo hagamos juntos. Silencio: tu callar más el mío.

    ¿Cuántas veces es necesario ese silencio para que surja lo nuevo, para que la función ello emerja y nos cuente de las posibilidades que hasta entonces han permanecido en la oscuridad, latentes, en espera de ese vacío que las haga florecer? Lo otro haciéndose de pronto accesible gracias a nuestro silencio compartido. Sin la palabra es más fácil que aparezca el cuerpo, en este caso, nuestros cuerpos, tu cuerpo ante mí y mi cuerpo ante ti, y es allí, en los cuerpos, donde reside nuestra vivencia de la función ello, según Perls y Goodman.

    Por supuesto, en este encuentro habrá palabras y también sensaciones y sentimientos que en algún momento se volverán palabras, pero me parece necesario no olvidar que las palabras cobran su verdadero sentido, su real profundidad, cuando nacen del silencio.

     

    El silencio, antes y después.

    Transformar el lenguaje prosaico en lenguaje poético, es una de las propuestas de Perls, Hefferline y Goodman; pasar de un discurso vacío y ajeno, aburrido y mecánico, a uno cargado de sentido. Para ellos, “La poesía es, por lo tanto, el opuesto exacto al discurso neurótico (…) en la poesía, en donde toda la realidad debe ser transmitida a través del habla, la vitalidad del discurso se acentúa: hay más ritmo, es más precisa, está cargada de sentimientos, más dotada de imaginación”. (PHG 2002, p.127-128)

    Justo eso: que cada palabra dicha en el espacio terapéutico tenga sentido y peso, que no sobre ni falte, que sea precisa e intensa, que palpite. ¡Vaya reto el que nos plantean nuestros fundadores! ¿Cómo estar a la altura? Cuando he visto el trabajo de terapeutas que me asombran y conmueven, puedo encontrar algo en común: la palabra poética -en el sentido gestáltico del término- suele nacer del silencio. No se apresuran, no llenan el vacío con palabras vanas: escuchan, callan, esperan. Y de ese silencio, a veces, surge la palabra que nombra e ilumina.

    “El silencio, en primer lugar, porque la poesía está esencialmente vinculada al silencio (…) La poesía es un goteo verbal desde el silencio, marca la frontera del silencio”. (Argullol 2005)

    No hay prisa, sino paciencia. Hay espera. Hay función ello que danza. Hay uno ante el otro. Hay dos presencias encontrándose… o no.

    No digo que sea un silencio fácil, pero espero que sea un silencio fértil. Una y otra vez pienso en un texto de Maria Zambrano, la filosofa española, en donde se refiere al temblor del maestro. Me conmueve. Y aunque ella habla del maestro, bien puedo aplicarlo –sin su permiso- al terapeuta:

    “Podría medirse quizás la autenticidad de un maestro por ese instante de silencio que precede a su palabra, por ese tenerse presente, por esa presentación de su persona antes de comenzar a darla en activo y aún por el imperceptible temblor que le sacude. Sin ellos, el maestro no llega a serlo por grande que sea su ciencia. Pues que ello anuncia el sacrificio, la entrega”. (Zambrano 1965)

    Se trata de un silencio fértil y vivo, a veces inquietante, y de la tentación de romperlo y del resistirse a esa tentación. Es desde ese silencio que lo “ya-allí-no-consciente”, como le llama Delacroix (2008, p. ), se hace consciente y puede decirse, volverse palabra.

    Y esa palabra que surge no es del todo mía –del terapeuta- sino que es nuestra; de algún modo, co-creada por ambos, aunque sea yo quien la pronuncie. Co-creada por el paciente, por el terapeuta y por el silencio.

    Como amante obsesivo de la literatura, me gustan las palabras. No sólo su significado sino también su sonido, su secreta música; el modo como se hilan unas con otras y se transforman y al decir, nos dicen. Pero no se puede amar la palabra sin amar el silencio que la hace posible, que es el fondo en donde se destacan y cobran sentido.

    Creo por eso en el silencio que precede a la palabra, que le da sustento y la nutre; y creo también en el silencio que sigue a la palabra, que permite asimilarla, saborearla, volverla mía.

    Porque el silencio no sólo está antes de la palabra terapéutica y poética, sino también después. Luego de una experiencia de profundo contacto suele venir el silencio, sencillamente porque no hay palabras que puedan decir esa experiencia. Y de hecho, cuando apresurándose, uno intenta apresar aquello y encajonarlo en palabras, la experiencia se empobrece y encoge, se marchita, se muere un poco. Hace falta, al menos por un tiempo, el silencio que permita que madure y dé fruto.

    Me parece, además, que ese silencio que precede y sigue a la palabra sólo es posible al ir despacio, al vencer la prisa a la que estamos acostumbrados u obligados en la vida cotidiana. El espacio terapéutico suele ser un lugar donde ir paso a paso. “A pié se camina a cinco kilómetros por hora… El pensamiento está hecho para pensar a cinco kilómetros por hora; por eso Christophe Studeny dice que es el paso del alma”, dice Fernández Christlieb (2004, p.155). No es fácil, por supuesto, eso de ir despacio. ¡Tenemos tanta prisa! Corremos como el Conejo Blanco del País de las Maravillas, no sea que lleguemos tarde a cualquier lado. “Diríase  que el tiempo presente, el de estar haciendo algo, se vuelve defecto de la vida que no permite estar en el futuro con ese algo ya hecho; estar aquí y ahora es un estorbo que impide estar allá y después”. (ibídem, p.164)

    Pero en esa prisa todo pasa sin dejar huella, nada se queda, nada nos marca. Tenemos acceso a todo, encendemos la televisión y nos enteramos de lo ocurrido en el otro lado del mundo en el momento que ocurre. Quedamos atrapados en la noticia más reciente: el gol de último minuto, la guerra –siempre la guerra- en algún lado, la caída de un tirano que será sustituido por otro... Por unos días – u horas, o minutos- lo sabemos todo acerca de aquello. Y luego, se va, sin dejar huella o cicatriz, porque una nueva noticia ocupa su lugar. “El grado de la velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido”, nos advierte Kundera en La Lentitud, una de sus novelas.

    Lynn Jacobs, en el taller que impartió hace unos meses, nos recordó que “en un instante cabe el universo”, invitándonos a desmenuzar con cuidado y delicadeza cualquier momento surgido entre el paciente y yo, por fugaz que sea, por simple que parezca.

    No es fácil, por supuesto, porque de algún modo ir despacio es rebelarse contra la prisa, contra la urgencia del hacer, del llegar, del producir, del acumular. “En un libro sobre el vuelo de las aves leí que para frenar el vuelo en el aire y volar a baja velocidad se necesita más fuerza en las alas que para lograr altas velocidades”, dice el poeta Antonio Deltoro y también: “Al detenernos, al frenar, descubrimos nuevos territorios, solo colonizados o atravesados por la sombra de nuestro correr o de nuestro saltar desbocado: entre un pie y el otro hay, al caminar, un espacio interior, no pisado, pequeño, virgen, ignorado”. ¿Qué hay en ese breve espacio no pisado? ¿No es allí donde habría que posar la mirada para descubrir posibilidades no contempladas aún?

    Aminorar el paso. Detenerse. Dejar que la figura nueva emerja a su ritmo, sin apresurarla, y que el nuevo ajuste ocurra.

    Quizá este ritmo lento no sea el del paciente. Le toca al terapeuta proponerlo, propiciarlo, poner las condiciones para que sea posible. No podrá ocurrir si es él, el terapeuta, quien lleva prisa. Me gusta recordar las palabras de Fabio Morábito:

    “Yo nunca tuve anhelos

    de motorización,

    es más, nunca pedí a mis padres

    un vehículo,

    hasta la bicicleta me aburría,

    me limité a mis pies,

    a mi sentido del cansancio.

    Nunca he viajado rápido,

    pero he viajado,

    mis huesos cambian de dolor

    cada cien metros

    y nadie sabe como yo qué es un kilómetro”. 

     

    Diferentes silencios.

    Pienso en el silencio en la terapia y evoco diferentes silencios, algunos intencionales y otros no.

    Recuerdo a Peter Philipson, esa manera de sentarse ante el grupo y callar. Es un silencio que provoca, que interpela e incomoda, que sin duda mueve la función ello. De algún modo, su callar es una negativa a hacer algo que facilite al grupo, es una invitación a la novedad y al riesgo, es un cuestionamiento: ¿qué harás tú ante esto?

    Pienso en silencios que acompañan y acogen. La vivencia del paciente es tan intensa –por dolorosa, por alegre, por bella- que cualquier cosa que se diga en ese momento, de algún modo fractura la experiencia de contacto que está dándose. Callo por no interrumpir, callo para acompañar, sabiendo que en ese momento, las palabras abaratarían mi estar con el otro.

    Y pienso -¿cómo no pensarlo?- en el silencio de no saber que hacer. Constantemente los alumnos hablan de ese silencio temido en el que el paciente no trae un tema o se queda sin él, o en el que en un grupo nadie habla y todos parecen evitarse. Ese silencio lleno de inquietud, de espera ansiosa, quizá de exigencia de hacer algo. Y que yo, terapeuta, no sepa qué es lo que toca hacer. Ese silencio que parece que me pone en evidencia, que me demanda algo que no alcanzo a comprender, que me deja en el vacío y en la duda.

    No me resulta cómodo, pero creo que con el tiempo he aprendido a atravesar por él, a dejarme estar y a honrarlo.

    Hoy sé que toca esperar, quedarme, respirar y ser paciente. No es un silencio vacío sino todo lo contrario: está lleno a rebosar, aunque no sepa de qué. Si dos personas, una frente a otra, callan; o si un grupo que se mira, calla, es evidente que no hay vacío. Recuerda, lector, lectora, cuando has estado en esa situación ¿verdad que están pasando muchas cosas dentro de ti? Hay tensión, hay angustia, hay espera, hay proyección, hay peticiones, hay demandas, hay súplicas…

    Creo que toca explorar eso: qué nos ocurre ante el silencio. Nombrarlo y, quizá, tratando de no interrumpirlo, invitar al o a los pacientes a atender a cómo viven ese silencio, qué evitan, y qué están eligiendo hacer ante él.

    ¿Verdad que ese suele ser un silencio ensordecedor? Me recuerda un fragmento de “Luvina” el cuento de Juan Rulfo, que algo sabía esas cosas:

    “Pero hubo un momento en esa madrugada en que todo se quedó tranquilo, como si el cielo se hubiera juntado con la tierra, aplastando los ruidos con su peso (…)

    -¿Qué es? –me dijo.

    -¿Qué es qué? –le pregunté.

    -Eso. El ruido ese.

    -Es el silencio.”

     

    El silencio como contemplación

    “Mi padre, antes de morir, me dijo que dentro de todo lo que miramos hay un jardín. Que en el grano de polvo que flota en la luz hay un jardín que nos aguarda, si sabemos disfrutarlo” escribe Alberto Ruy- Sánchez en su novela Los Jardines Secretos de Mógador. Cuenta la historia de dos amantes: ella siente que  la rutina invade su relación, de modo que advierte a su pareja que solo harán el amor cuando él le describa algún jardín de la ciudad en la que viven: Mógador. Sin embargo, él se encuentra con la enorme dificultad de que en Mógador no hay jardines. Tampoco puede inventarlos. Luego, encuentra una solución: aprende a descubrir jardines en donde parece que no los hay: un jardín en un cuerpo desnudo, un jardín de piedras que suenan con el viento, un jardín de nubes, un jardín de voces, un jardín de fuego y humo. Los jardines están allí, esperando que sean revelados, pero requieren, para aparecer, un modo especial de mirar: la contemplación, que también necesita del silencio.

    Contemplar es, de algún modo, callarse.  Es un mirar apasionado, abierto, vibrante, en donde permito que sea lo que es sin cuestionarlo. Es un mirar en el que me dejo afectar y “me dejo sentir la herida”, para usar la hermosa expresión de Silvie Schoch. Y creo que es un mirar sin palabras –ellas llegan después, para nombrar lo contemplado-. La contemplación, me parece, exige el vacío: de prejuicios, de discurso, de palabras. Exige también la presencia, estar allí, pues este callar no significa ausentarse: no dejo de estar con el paciente, sino que genero una forma distinta de estar con él, con ella, acaso más íntima, sin duda más misteriosa.

    Callarme para contemplar al paciente, sin prisa; para ser capaz de ver lo que ha estado siempre allí, ante mis ojos distraídos y había pasado por alto: no sólo sus heridas e interrupciones –que tan hábiles somos en descubrir-, no solo sus arideces, sino también su belleza, que es otra forma de decir: sus jardines.

     

    El silencio para hacer espacio al otro, para dar la palabra

    Callo para hacerle lugar al paciente, para dar lugar a lo suyo. Si, claro, estoy porque el/ella está y viceversa, pero a veces, hay formas mías de estar que dejan poco espacio para el otro. Me escucho, me veo, me vuelvo figura, pero…    ¿Y  él/ella? ¿Dónde ha quedado en medio de tanto yo? ¿Le he dejado espacio?

    No sólo me refiero a ese callar que es cerrar la boca y no pronunciar sonido, sino al otro, aún más importante, creo, de silenciar lo mío, mis juicios, lo que creo saber del otro; ese callar que es ponerme en duda, cuestionarme, hacerme disponible, y en definitiva, escuchar dejándome impactar por lo que el otro dice, por lo que el otro es, de tal modo que lo que escucho no me deje igual, sino que me mueva, me abra, me duela, me renueve. ¡Parece tan simple! Pero a veces lo olvido: para escuchar he de callarme.

    Se trata de silenciar mi propia voz, mis propios pre-juicios, para que ese silencio, ese callar, ese callar-me sea el fondo nutricio del cual nazca la novedad:

    “Un acallamiento de todas esas voces monótonas que están ya allí, incluso en nosotros mismos, para cancelar la promesa de una experiencia otra, para ahogar la forma-silencio, la intensidad de la forma-silencio, la posible fecundidad de la forma-silencio”. (Larrosa 2007, p. 402)

    Lo contrario a esta actitud de escucha, de disponibilidad, de apertura a lo otro es el deseo de poseer al otro para apropiárselo, de modo que no pueda sorprenderme sino, por el contrario, se vuelva una justificación de lo que soy. Estar con el otro para no moverme, para mantenerme fijo, para saber lo que ya sé, para pensar lo que ya pienso, para sentir lo que ya siento y para ser lo que ya soy.

    No. El encuentro que transforma es otra cosa:

    “… Y esa relación tiene una condición esencial:  que no sea de apropiación sino de escucha (…) en la escucha uno está dispuesto a oír lo que no sabe, lo que no quiere, lo que no necesita. Uno está dispuesto a perder pie, a dejarse tumbar y arrastrar por lo que le sale al encuentro. Está dispuesto a transformarse en una dirección desconocida.” (ibidem, p. 30)

    A veces, a los terapeutas nos sobran las palabras. Creemos tener palabras para todo, explicaciones, teorías. Usamos palabras extrañas casi como un código secreto. Creemos saber. El riesgo es que entre tantas palabras no haya oportunidad para la palabra del paciente, que es la que importa en realidad.

    Hay una historia Jasídica que me impacta: habla de una Casa de Estudio muy famosa en donde están todos los libros y todas las palabras, y también están todos los sabios que han leído todos los libros y conocen todas las palabras. Los libros no tienen márgenes ni espacios en blanco. Un día, Baal-Shem-Tov se detuvo en la entrada de esa famosa Casa de Estudio y se negó a entrar diciendo:

    “No, yo no puedo entrar aquí. Todo está lleno allí dentro. De  pared a pared y desde el suelo al techo, todo está lleno de palabras sabias y de oraciones piadosas que allí se han pronunciado. ¿Dónde podría encontrar un sitio para mí? (…) ¿Dónde podría encontrar un sitio si ya todo está dicho, si ya todo se sabe, si ya todo está convenientemente recubierto de palabras sabias?” (ibidem,  p.636-637)

    Cuando me lleno de palabras, aún cuando en apariecia sean sabias, dejo al otro sin espacio para que florezcan sus propias palabras. No se trata tampoco de perder nuestras palabras o de olvidarnos de nuestra teoría y nuestro conocimiento, que nos dan base para trabajar. Es otra cosa, quizá más compleja y profunda: tener palabras, conocerlas… para luego quemarlas.

    “La palabra del sabio, una vez introducida al mundo debe ser sustraida del mundo, debe ser retirada del mundo por el fuego (…) El sabio puede no decirla y tampoco escribirla. Pero así no se hace aparecer el vacío: la nada no es aún el vacío.  El sabio puede por último, escribirla y quemarla, escribirla para quemarla. Sólo esta alternativa hace aparecer la falta, el agujero”. (ibidem, p.639)

    Eso: la falta, el agujero. No se trata de propiciar la nada, sino el vacío. “Solo en el genuino hablar es posible un verdadero callar. Para poder callar necesita el ‘ser ahi’ tener algo que decir... El silencio es un modo del habla”, dice Heidegger (en Labastida 2008, p.49-50). El terapeuta “quema” su palabra –que existía- para dejar un espacio vacío que pueda ser llenado con otras palabras, las del paciente, y que quizá, en un principio, ambos desconocen.

    Hablo de callar, de quemar la propia palabra para dar la palabra al otro. Y creo que es de los regalos más bellos que podemos dar, entendiendo que su palabra puede no coincidir con la mía, puede incluso oponerse a ella. De eso se trata: de que el paciente encuentre su verdadera palabra aunque esta tenga que nacer de las cenizas de la mía. En las hermosas palabras de Jorge Larrosa (2007, p.664):

    “Dar una palabra que no será nuestra palabra ni la continuacón de nuestra palabra porque será una palabra otra, la palabra del otro, y porque será el porvenir de la palabra o la palabra por venir”.

    Se trata entonces de callar. Callar para que de ese silencio brote la palabra poetico-terapéutica  de la que hablan  los fundadores. Callar luego de esa palabra, para que haya tiempo de asimilarla y de que florezca. No sólo eso: más adelante, callar también esa  palabra, por hermosa y precisa que sea, callarme yo, callar lo mío, para que de mi silencio nazca la palabra del paciente, esa “palabra otra” como la llama Larrosa, que puede interpelarme y ponerme en duda.

    Que así como del silencio surgió mi palabra, ahora, de mi silencio –del quemar mi palabra- surja la suya.

    Porque “Sólo es capaz de una palabra otra el que acepta la muerte de sus propias palabras”.  (ibidem, p.670)

    Ya termino, lectora, lector. ¿No es paradójico esto de usar tantas palabras para hablar de callarse? Claro que hay mucho más que decir, ¡Pero siempre hay más que decir! Prefiero honrar el silencio callándome de una vez. Y que este callarme haga sitio para ti, para lo tuyo, para que lo llenes de lo que elijas: tu palabra, tu reflexión, tu crítica, tu desacuerdo, tus preguntas.

    O quizá, ¿por qué no? para que lo dejes vacío, para que calles conmigo y entonces, juntos, hagamos nacer al silencio.

     

     

    BIBLIOGRAFIA.

    Argullol, Rafael. (2005) Siete Argumentos  Para Defender la Poesía en Medio del Ruido. Tomado de:

    www.cervantes.de/nueva/es/biblioteca/archivodigital/pdfs/siete_argumentos.pdf

    Delacroix, Jean Marie. (2008) Encuentro con la Psicoterapia. Chile. Cuatro Vientos.

    Deltoro, Antonio. (Enero-Junio 2004) Poesía de Baja Velocidad. Graffylia. Revista de la Facultad de Filosofía y letras.  Año 1, numero 3. México. BUAP

    Fernández Christlieb, Pablo. (2004) La Sociedad Mental. México. Anthropos.

    Labastida, Jaime. (2008) La Palabra Enemiga. México. Siglo XXI

    Larrosa, Jorge. (2007) La Experiencia de la Lectura. Estudios Sobre Literatura y Formacion.  México. Fondo de Cultura Económica

    Morábito, Fabio. (2006) La Ola que regresa. México. Fondo de Cultura Económica.

    Perls, Hefferline y Goodman. (2002) Terapia Gestalt. Excitación y Crecimiento de la Personalidad Humana. España. Libros del CTP.

    Rulfo, Juan (2005) El Llano en Llamas. México. Editorial RM.

    Ruy_Sánchez, Alberto. (2010) Los Jardines Secretos de Mógador. México. Alfaguara.

    Zambrano, María (1965) La Mediación del Maestro. El Cardo. Revista de la Facultad de Ciencias de la Educación. Numero 7. Argentina. Universidad Nacional de Entre Ríos.

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