Amor, sufrimiento y el paso del tiempo

Amor, sufrimiento y el paso del tiempo

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Kafka escribió que "Lo positivo nos es dado. Queda para nosotros crear lo negativo." Y tampoco es que esperáramos mucho para crearlo. El primer No fue llevado a cabo por la primera mujer, Eva, desobedeciendo el mandato de Dios de no comer la fruta del Árbol del Conocimiento. Ella, por lo menos, realizó un No activo y directo; Adán, intentando parecer un buen chico, realizó el primer No pasivo-agresivo masculino: "La mujer me hizo hacerlo", dijo a Dios cuando les pillaron.

Pero Dios ya había configurado el escenario para que nuestros antecesores ejercitaran este talento humano para crear lo negativo. Promulgó Su mandato en la forma de un "no deberéis", un No divino e imperial que hizo que la negación humana fuera al mismo tiempo arriesgada e interesante. Hasta entonces Adán y Eva, podríamos decir, habían vivido en el eterno Sí del Paraíso. Pero en cuanto Dios prohibió algo, la interminable abundancia del Edén en la que toda necesidad era satisfecha de inmediato se volvió insatisfactoria. A partir de ahí, a Adán y Eva solo les capturaba la atención aquello que no podían tener. Este es un tipo de negación diferente del rechazo; es una falta, un intervalo en el que uno se vuelve consciente del tiempo. Así, los primeros pinchazos del deseo y la primera curiosidad se despertaron, y lo que los despertó fue una brecha entre el tener y el no tener. El tiempo empezó a fluir para rellenar la brecha. Los sentimientos como el anhelo y la pena, el querer, el anticipar, el preguntarse y el disfrutar, todos se despliegan en las corrientes del tiempo. Son inimaginables sin el discurrir del tiempo.

El mito del Génesis implica que nuestra capacidad de negar, de pronunciar o llevar a cabo un No, es la manera en la que nos separamos de nuestra original armonía con la naturaleza. Lo positivo nos es dado, dice Kafka, pero el talento especial humano, o vicio, según cuál sea nuestro punto de vista, es crear lo negativo, lo que separa a la conciencia humana de la integración confluyente en la naturaleza. Nuestra separación tiene sus pros y sus contras, pero en cualquier caso con ella empieza la condición humana, que equivale a decir que con ella empieza la temporalidad y, por tanto, la historia humana. Lo que quiero decir es que la experiencia de la negación y de la consiguiente separación es la manera en la que creamos la temporalidad, a partir de la cual vivimos en la dimensión del tiempo.

El acto de Eva ha sido interpretado a lo largo de la era judeocristiana como su incapacidad de controlar sus impulsos, que hizo que no pudiera evitar sucumbir a la tentación. Pero a mí me parece que lo que la movió fue la curiosidad intelectual. La sed de conocimiento de Eva, su curiosidad, la llevó a desobedecer. El deseo, sea sexual o de otro tipo, y la curiosidad o el asombro solo cobran forma junto con el conocimiento, terrible y fascinante, de que vivimos en el tiempo; terrible porque significa que sabemos que morimos. Esta es también la fuente de todo nuestro dolor en la vida. El conocimiento de la muerte es el conocimiento que el Edén nos ocultaba. Pero, al mismo tiempo, sin temporalidad, sin el sentido de que el tiempo pasa, como he sugerido, no hay ni deseo ni curiosidad, no hay asombro. Adán y Eva no sintieron deseo hasta que Dios no les prohibió algo, como no sintieron dolor hasta que desobedecieron. Incluso el Edén, el mejor bien inmueble del planeta, no les producía excitación. En otras palabras, el Paraíso no era apto para que lo habitaran los humanos. Aún así lo anhelamos. ¡Menudo aprieto!

Inmediatamente después de la Caída, según se nos cuenta, Adán y Eva se miraron el uno al otro y se dieron cuenta de que estaban desnudos, así que se cubrieron con hojas. Esto ha sido siempre entendido como el origen de la vergüenza sexual, y de por qué desde entonces en la sociedad civilizada escondemos nuestros cuerpos los unos de los otros. Pero yo lo veo de otra forma. Creo que fue el principio de la decepción. Quizá ahora, bajo la norma del tiempo, Adán y Eva ven los principios de un pecho caído por aquí, de una barriga oronda por allá. Tienen una nueva conciencia de sus cuerpos como de aquello que envejece y muere, los síntomas de la mortalidad. Podríamos decir que la decepción es la medida central del tiempo a través de las lentes de la condición humana. La decepción es un tipo especial de conciencia del tiempo que pasa, que se da mediante una respuesta emocional a lo que es ahora menos de lo que fue, hasta que finalmente disminuye, decae, y se vuelve nada. La decepción tiene que ver con la pérdida, y la máxima decepción de la existencia humana es que morimos.

Si aceptáis lo que estoy afirmando, entonces resulta obvio lo importante que es que la Psicología y la Psicoterapia se tomen muy en serio considerar el tiempo, pues ambas están bastante preocupadas, al menos desde Freud, por el deseo, la curiosidad, la decepción y el miedo a la muerte. Aún así, nuestras psicologías y psicoterapias han sido en su mayor parte enfáticamente espaciales. Incluso las formulaciones teóricas que no tienen una existencia espacial real, como el inconsciente, el ego, el id y el superego, o, a este respecto, el Self, tienden a ser representadas como espaciales por sí mismas o mediante metáforas espaciales. La frase "relaciones objetales" nos habla en este sentido. Las entidades psicológicas son representadas y tratadas como objetos. Así, las estructuras de la vida mental son facilmente cosificadas, esto es, tratadas como si fueran cosas; y las cosas, por supuesto, existen en el espacio.

¿Por qué es esto así? Creo que tiene que ver con el intento de la Psicología desde la Ilustración de imitar a las ciencias naturales como la Física, la Química y la Astronomía. Los objetos en el espacio son lo que puede ser medido con precisión y entre lo que se pueden establecer relaciones causales. Por supuesto, la Física misma, por lo menos desde la aparición de la Mecánica Cuántica y el Principio de Incertidumbre de Heisenberg, ha abandonado desde hace mucho las nociones simples de medida precisa y de causalidad. En este sentido ha ido mucho más allá que la Psicología en los misterios impredecibles del tiempo y el espacio. Cuanto más han extendido los físicos su búsqueda hacia el cosmos y cuanto más han penetrado en el mundo subatómico, más se han visto obligados a utilizar la probabilidad, la paradoja, la contradicción, las realidades múltiples, así como teorías basadas en ondas del todo imprevisibles y en campos cuyo comportamiento desafía al sentido común.

Sin embargo la Psicología, a mi parecer, está todavía bastante instalada en la realidad newtoniana, un mundo de partículas que chocan unas con otras, se despedazan, se afectan entre ellas, y, en cualquier caso, que se comportan en concierto o en conflicto contra un fondo de vacío circundante. ¿Qué nos dicen la mayoría de nuestras teorías sobre la naturaleza del tiempo en el funcionamiento humano? Muy poco. A mi parecer, la teoría psicoanalítica tiene una teoría del tiempo débil e inadecuada: no dice gran cosa más allá de insistir en que nuestro pasado infantil dicta la forma de nuestro presente adulto. Las teorías psicoanalíticas respecto al tiempo en la vida mental tienen que ver sobre todo con el recuerdo; es decir, con los recuerdos tanto conscientes como inconscientes que se supone que explican la conexión en la vida emocional y que llevan del pasado al presente. Por poner un ejemplo, la teoría analítica nos dice que los traumas tempranos del pasado residen en la psique, donde, como si fueran una célula cancerosa, dispersan una influencia contaminante en nuestros pensamientos y conducta posteriores.

Esta noción de repetición del pasado, tan importante para el Psicoanálisis, es extremadamente valiosa, por supuesto, pero creo que todavía necesita ser colocada en un contexto mucho más rico de pensamiento acerca de la naturaleza del tiempo. Las teorías conductuales, cognitivas y neurológicas del funcionamiento humano también han enfatizado el recuerdo, pero llevan aún más lejos el tratar la memoria como un tipo de cosa. La neurología le da un lugar en el cerebro. (La terapia Gestalt, como Isadore From solía decirnos, no cree en la memoria sino en el proceso de recordar.) Hay que reconocer que ciertas tendencias en la investigación psicológica y en la práctica de la Psicoterapia implican teorías más complejas del tiempo. Estoy pensando en la terapia que pone de relieve cómo construimos narrativas, y de la nueva investigación, como la de Damasio, sobre el papel del afecto en la cognición y el razonamiento. Pero digo que "implica" teorías porque, por lo que sé, las implicaciones que tienen estas nuevas ideas en una psicología del tiempo aún no se han llevado muy lejos.

Para acercarme más a un tema que sea de relevancia para la psicoterapia, permitidme ahora refundir el material mítico del Génesis en términos de desarrollo. Naturalmente, todas las teorías sobre las primeras fases del desarrollo no son más que mitos, esencialmente, proyecciones adultas hacia atrás, ya que los bebés no pueden decirnos lo que están experimentando y, para cuando adquieren el lenguaje, el pasado pre-lingüístico ya se ha olvidado o ha cambiado. Así que os ofrecezco mi propio mito del desarrollo.

En el positivo incondicional, el sí del vientre, para el embrión el tiempo no pasaba, aunque estuviera creciendo. Esto era aún mejor que el Edén. Cuando la vida del bebé tenía lugar dentro de otro ser, hasta su respiración era hecha para él. Pero en sus primeros momentos en el mundo, el recién nacido se da cuenta de que debe respirar por sí mismo. ¡Menudo suplicio! Esto es, ciertamente, una caída del paraíso. Ahora tiene que buscar su propio oxígeno. A menudo se sostiene que este primer llanto es un intento de conseguir aire. Sin duda, pero habitualmente imaginamos que también oímos una nota de protesta o de anhelo, un rechazo o una falta. A mí me gusta imaginar que el primer llanto del bebé es un llanto de decepción. Con él empieza, en una forma algo rudimentaria, la conciencia del tiempo que pasa. Respiramos en el tiempo. Cada inhalación y exhalación es como un reloj que va descontando los segundos del tiempo humano.

Todos conocéis, por supuesto, cuánto ha destacado la importancia de la respiración la terapia Gestalt, como el modelo elemental de contacto y apoyo, y cuánta atención, por tanto, prodiga el terapeuta Gestalt a la calidad de la respiración de un paciente cuando intenta valorar su habilidad para sentir y expresar emoiones y para tolerar la excitación de la situación presente sin demasiada ansiedad. Me gusta dar un paso más y decir que la respiración, expandiéndose para tomar algo del mundo y contrayéndose para dejarlo ir, es la base elemental de la manera de pensar que tiene la terapia Gestalt acerca del ritmo de contacto y retirada necesarios para todos los seres vivos. Naturalmente, desde el momento en que digo "ritmo" he entrado en la dimensión de la temporalidad.

Creo que la terapia Gestalt, con su énfasis en el Self como un proceso cambiante, en el contacto como un tipo de flujo, en la acción que se despliega más que en las cosas, en los verbos más que en los nombres, puede proporcionar las bases para una teoría y una terapia completas y satisfactorias  fundamentadas en la dimensión temporal. Esto es en gran parte debido al hecho de que la terapia Gestalt ha ido por un camino trazado por la filosofía moderna. Los grandes filósofos que colocaron el tiempo en el centro de su pensamiento fueron Kant y Bergson. La fenomenología y el existencialismo, que han influido ambos a la terapia Gestalt desde sus orígenes, han utilizado el tiempo en vez del espacio para constituir la naturaleza misma de la existencia humana. Uno de los trabajos clave de Husserl fue "La fenomenología de la consciencia interna del tiempo". La obra maestra de Heidegger, que definía la fenomenología existencial, fue llamada "Sein und Zeit" -- "Ser y Tiempo". Hay un capítulo crucial en la obra de Merleau-Ponty "La fenomenología de la percepción" sobre la naturaleza de la temporalidad. Y el segundo libro de Emmanuel Lévinas se tituló "El tiempo y el otro".

Creo que hay un tipo de comprensión temporal muy rica a disposición de la terapia Gestalt, pero sólo implícitamente, sólo en ráfagas y pistas. La terapia Gestalt ha sido una teoría tan ecléctica... Hay tantas corrientes cruzadas en el libro básico de Perls, Hefferline y Goodman, chocando unas con otras, incluso contradiciéndose... En primer lugar, en los comienzos de la terapia Gestalt influyó una mezcla de filosofías y psicologías -la psicología del ego psicoanalítica, Reich, la psicología de la Gestalt, la psicología social de Dewey, y la teoría del campo de Lewin-, que a menudo se meten una en el camino de la otra. Queda mucho trabajo por hacer para ordenar o podar el jardín de la terapia Gestalt, para deshacerse de parte del revoltijo. En segundo lugar, en la práctica de la terapia Gestalt, en particular con la forma que le dio Fritz Perls y algunos de sus sucesores, en muchos lugares se hizo dominante una teoría de la temporalidad muy inadecuada.

Lo que me parece problemático en la terapia Gestalt es cómo se interpreta a menudo el mandamiento de vivir en el momento presente. Es una idea extremadamente importante y valiosa, pero cuando se toma de forma demasiado literal se vuelve tan reduccionista e inadecuada como la causa y el efecto en el psicoanálisis o el conductismo. Vivir en el momento presente, el famoso "aquí y ahora", tomado literalmente sería una existencia extraña y empobrecida, casi psicótica. Sería como si la vida fuera una serie de "ahoras" desconectados: ahora, ahora, ahora, ahora. Ésta es precisamente la situación de la personalidad borderline, cuya división deriva de una existencia temporal en la cual cada momento que hace figura en una relación se experimenta como el todo de la relación, de manera que el fondo de la historia previa desaparece una y otra vez. Obviamente, esto no fue lo que Perls o ningún otro en terapia Gestalt querían decir, y no estoy atacando a Perls por ello, pero ha habido muchos seguidores de la Gestalt de Perls que han tratado la terapia como si fuera ahora, ahora, ahora, ahora. Ahora estoy consciente, ahora estoy consciente, ahora estoy consciente. ¿"Ahora" comparado con qué?

Esto no es suficiente para la psicoterapia. Y menos aún es una filosofía de vida, como muchas personas han intentado presentarlo. En la terapia Gestalt también tenemos otros modelos temporales bastante inadecuados, como el ciclo del awareness o el ciclo de contacto. Son como si todos lleváramos adelante nuestras vidas como el motor de un coche, repitiendo el mismo ciclo una y otra vez, y todos lo hiciéramos de manera similar. Nos damos cuenta de algo, nos aumenta la excitación, nos movilizamos, contactamos, la excitación amaina, hay un cierre, una Gestalt finalizada, y volvemos a empezar. Esta descripción mecanicista es similar al relojero del universo de Newton.

El asunto está en que también en la terapia Gestalt, como en otras psicologías, algunos maravillosos insights metafóricos acaban siendo tratados como si fuesen la realidad. Todo poeta sabe que una vez utilizas una metáfora unas cuantas veces, más vale que la tires antes de que se convierta en un cadáver podrido. Y no malgastéis el tiempo aplicando el cadáver podrido a la vida, porque la naturaleza vital y dinámica de la existencia vivida siempre superará todas nuestras metáforas.

II

Lo que estoy sugiriendo es que la condición humana, la vida bajo el arco primordial de la temporalidad, que es como un arco iris cuyos extremos se difuminan entre un futuro remoto y desconocido y un pasado antiguo mayormente olvidado, es una existencia compuesta de asombro y sufrimiento. El llanto del recién nacido refleja a la vez la sorpresa y el dolor de nacer. Somos conscientes de las dolorosas necesidades del bebé, pero también presenciamos su curiosidad inagotable, su fascinación con cada nueva cosa, con cada nuevo momento.

¿Qué es esta entidad o proceso que llamamos tiempo? ¿Cómo llega a tomar forma? Casi todos los filósofos coinciden en que no tiene sentido hablar de que el tiempo exista sin nosotros. Su invención o su descubrimiento podrían haber sido más o menos así: He hablado del llanto que precede al ritmo de la primera respiración que realiza el niño por sí mismo. Un factor más general desde el punto de vista del desarrollo es que el niño descubre que tiene que esperar. Por lo que sabemos, cada necesidad anterior al nacimiento era safisfecha instantáneamente. Los nutrientes de la madre circulaban a través del bebé. Inmediatamente después del nacimiento, las necesidades se satisfacen casi instantáneamente: la necesidad del bebé y la necesidad de la madre de satisfacer la necesidad del bebé se encuentran como dos partes de la naturaleza, al menos cuando las cosas van bien. Y entonces, en cierto momento, el bebé descubre que debe esperar. Quizá en esta espera, como en un corte o brecha súbitos, la experiencia del tiempo toma forma. Una poetisa americana llamada Anne Carson pregunta: "¿Cómo descubre un niño que hay un borde?"  Y responde: "Deseando apasionadamente que no haya ninguno." Yo diría lo mismo sobre el tiempo. ¿Cómo descubre el bebé que existe el tiempo? Deseando apasionadamente que no haya ninguna espera.

 

La sombra del tiempo cae sobre este corte o brecha súbitos, sobre el hueco entre la necesidad o deseo y el objeto necesitado o deseado. Esto hace la vida difícil. También la convierte en un desafío. Sin dificultad no hay creatividad, no hay razones para inventar o crecer. El historiador británico Arnold Toynbee dijo que los acontecimientos humanos no tienen que ver con la causa y el efecto, sino con el desafío y la respuesta. 

El asombro y el sufrimiento son las cualidades que acompañan nuestra existencia según se despliega en el tiempo. Somos cuerpos que envejecen y decaen, un trozo de carne que tiene una forma y una función hermosas, pero que duele, y somos también almas que sufren, desean y sienten una curiosidad inagotable por lo desconocido. Podéis ver esta combinación en todas las grandes obras de arte. Un poema del poeta francés Stéphane Mallarmé empieza diciendo "J'ai lu tous les livres, et le chair est triste"; he leído todos los libros, y la carne es triste. Los grandes pintores de la figura humana siempre han entendido este doble carácter de la existencia humana como asombro y sufrimiento -- Velázquez y Goya, Max Beckman y Francis Bacon. Hace un par de años estaba enseñando en París y aproveché para ir a una exposición retrospectiva de las pinturas del expresionista alemán Max Beckman, un pintor maravilloso. Ningún otro pintor ha podido mostrarnos jamás una carne más vulnerable. Carne viva volviéndose blanca según muere. Venas y arterias que destacan con un cierto tono verde de putrefacción, como de algo maduro en exceso, con heridas y aperturas sangrantes. Suena terrible y, aún así, estas pinturas son muy hermosas. Porque como en todo gran arte, en ellas hay transfiguración; en estas representaciones del sufrimiento humano hay algo sagrado y trascendente. El sufrimiento del que hablo no es el sufrimiento de la fijación neurótica. Lo trágico no es la depresión. Y esta diferencia entre la tragedia y la depresión es importante para nuestra comprensión de cómo existimos en el tiempo. Porque la tragedia acepta el sufrimiento de nuestra existencia vivida en el tiempo y finalmente va más allá del sufrimiento, transfigurándolo en una mayor sabiduría. La depresión, sin embargo, lleva consigo un rechazo a vivir en el tiempo, a través de mantener una aflicción que nunca cambia. Retomaré este tema más adelante.

A mi modo de ver, al final no hay una gran diferencia entre la Filosofía y la Psicoterapia. Pienso en la Psicoterapia menos como tratamiento médico, aunque prescribir un antidepresivo sea un tratamiento médico, que como Filosofía aplicada. Pero hay una importante diferencia en el énfasis. En cierto sentido, la Filosofía y la Psicoterapia se han repartido el asombro y el sufrimiento entre ellas. La primera cuestión filosófica es ¿por qué hay algo en lugar de nada? Sócrates dijo que la Filosofía empieza con el asombro, Aristóteles dijo que la Filosofía empieza con el asombro; Heidegger dijo que la Filosofía empieza con el asombro. Los comienzos de la curiosidad se centran sobre el propio hecho de ser, en sí mismo. ¿Cómo puede ser? ¿cómo puede ser?, se pregunta el filósofo. Esto significa que la experiencia más ordinaria es también el misterio más profundo.

Si la Filosofía empieza con la pregunta cómo puede haber algo en lugar de nada, la Psicoterapia empieza con otra pregunta, una que expresa la carga de la existencia cotidiana, una pregunta temporal: hay algo, ¿cómo puedo seguir adelante? Una pregunta difícil, porque dice que la existencia no es sólo un deleite, sino una carga, a veces una pesada carga. Pensad en la frecuencia con que uno dice "quiero bajar del tren, quiero que pare". Pero no te puedes bajar del tren, no va a parar. Existir es una responsabilidad que no puedes dejar. No puedes dejar de existir por mucho que quieras, salvo mediante el suidicio o mediante alguna aproximación con drogas u otras adicciones. ¿Conocéis el trabajo de Emmanuel Lévinas? Fue un filósofo, un estudiante de Husserl y Heidegger, que escribió sobre asuntos de gran interés para los psicoterapeutas. Por ejemplo, escribió de una forma bella y poderosa sobre la carga que supone el mero hecho de existir. (Judío lituano, estaba en un campo de concentración mientras escribía sobre este tema, así que sabía bastante sobre el sufrimiento.) Él enfoca esta cuestión de la existencia en el tiempo emprendiendo un análisis fenomenológico de fenómenos como la fatiga, la indolencia, el insomnio, cualidades humanas como éstas, cuestiones abstractas y difíciles. Permitidme que os lea unas líneas:

"Existe un hastío que es un hastío de todo y de todos, y por encima de todo un hastío de uno mismo... en el hastío la existencia es como el recordatorio de un compromiso de existir, con toda la seriedad y la dureza de un contrato irrevocable. Uno tiene que hacer algo. Uno tiene que aspirar a algo y asumirlo... El hastío es el rechazo imposible de esta obligación última."

Y he aquí otro pasaje que captura de forma hermosa la temporalidad de la experiencia subjetiva: "La indolencia está esencialmente vinculada al inicio de una acción, a la movilización, al levantarse. La indolencia concierne al inicio, como si la existencia no estuviese ahí mismo, sino que preexistiera al inicio como una inhibición... Hay algo más que un lapso de tiempo que fluye imperceptiblemente entre dos momentos. O quizás la inhibición implicada en la indolencia es también la revelación del inicio que cada instante efectúa por el hecho de ser un instante."

¿Veis a dónde llega Lévinas? Su análisis fenomenológico del hastío y la indolencia nos dice cómo el instante mismo llega a cobrar forma. Es una elaboración de lo que dije sobre la espera. El hastío se alza contra el mandato de existir, que es nuestra incapacidad de bajarnos del tren, y el deseo a veces de no tener que existir, de parar. En el caso de la indolencia, uno ni siquiera quiere empezar, aunque ya esté en marcha porque la existencia no se detiene. Estas tensiones, dice Lévinas, son lo que constituye nuestra experiencia del instante. Imaginad que agarráis una piedra grande y que, según la levantáis, se vuelve cada vez más y más pesada. Pero tenéis un contrato para poner esta piedra sobre un estante elevado, y conforme empezáis el movimiento y se hace cada vez más pesada, vuestros músculos y hasta vuestra mente se empiezan a cansar. Pero estáis a mitad de camino y no podéis sencillamente parar, tenéis un compromiso. Y si paráis, como estáis sosteniendo la piedra, ésta cae al suelo y tenéis que empezar de nuevo. La existencia en el tiempo es un contrato ineludible como levantar esta piedra. Y el tiempo entra agudamente en nuestra conciencia como esta voluntad de parar y no ser capaz de hacerlo.

Cuando el hastío y la indolencia, en estos términos existenciales en que Lévinas los describe, se convierten en condiciones crónicas, entonces entramos en el dominio de la patología. El hastío crónico es la depresión, está conectado con el abandono del deseo. Cuando estás hastiado existencialmente y una potencial pareja sexual interesante te dice "hagamos el amor", no te interesa. El deseo tiene problemas si se enraíza en el hastío. De hecho, la persona deprimida tiene muy poco deseo. Es precisamente el rechazo del deprimido a vivir en el tiempo, creando una ilusión de haberse bajado del tren, lo que resulta en una pérdida del deseo mismo hacia la vida.

Por otro lado, la indolencia crónica puede estar más cercana a los trastornos de ansiedad. Esta indolencia no es simple pereza, que nos sobreviene a todos de cuando en cuando; es un miedo a cualquier esfuerzo que pueda llevarle a uno hacia el futuro, porque uno no tiene suficiente autoapoyo como para lidiar con lo desconocido. En un momento os daré mi propia fenomenología, tanto de la depresión como de la ansiedad.

III

Si el asombro o la curiosidad y el sufrimiento son signos de vivir en un mundo temporal, entonces yo argumento que la ansiedad y la depresión son intentos de deshacerse del tiempo. Hasta cierto punto, por supuesto, son inevitables. La ansiedad acompaña a toda excitación, la depresión acompaña a toda pérdida. Pero cuando se convierten en estados fijados, crónicos, ambos se convierten en intentos de controlar la temporalidad. Ambos, aunque de formas diferentes, intentan vivir fuera del pasado, presente y futuro. La ansiedad y la depresión como fijaciones quieren literalmente matar el tiempo para crear una certidumbre que reemplace al misterio inherente a la temporalidad de la vida misma.

Heidegger fue un pensador que comprendió que la ansiedad acompaña a toda vida auténtica. El dasein de Heidegger, su término para referir el ser de uno en el mundo, tiene una orientación hacia el futuro. Para él, vivir de forma completa y auténtica significa siempre ir un poco por delante de uno mismo, vivir en un momento presente pero girado hacia el futuro como la posibilidad de lo desconocido siguiente, que en último término incluye la propia muerte. Así, esto implica vivir en un estado de tensión perpetua. Si vivís lo que Heidegger llama una vida auténtica tendréis muy poco descanso. Viviréis con incertidumbre, y siempre con cierta tensión.

Merleau-Ponty hace hincapié en que el tiempo es siempre incompleto y está en un estado de flujo continuo. Nunca puedes acabar de vivir un momento presente porque ya está cambiando cuando entras en él, fluyendo para hacer que el pasado sea más largo y el futuro parezca más corto. Conforme envejeces aprendes en qué consiste esto. William James es otro pensador que dijo algo bastante parecido. Por tanto, vivir en el tiempo nos hace inevitablemente ansiosos porque es vivir en una tensión irresoluble. Pero también es la aventura de la vida. ¿Qué es una aventura? Una aventura es un cocktail de ansiedad y excitación. La primera vez que haces algo nuevo, estás al mismo tiempo ansioso y excitado. Si vas a vivir la vida como una aventura no tendrás excitación sin ansiedad y viceversa. La curiosidad nos puede poner ansiosos: ¿Me dejará de amar él o ella, me abandonará, me devorará? ¿Me atrevo a amar? La ansiedad acompaña a toda asunción de un riesgo. ¿Conducir esta motocicleta por primera vez me romperá los huesos o me proporcionará una profunda emoción? ¿O ambas?

Bien, en todas estas formulaciones hay buenas y malas noticias. Un trastorno de ansiedad sustituye las posibles buenas noticias por sólo malas. La ansiedad patológica anticipa las malas noticias. És más: colapsa el futuro dentro del presente. La persona patológicamente ansiosa está ya movilizada con cuerpo y mente para una emergencia que aún no existe. Él o ella viven como si existiera, como si él o ella supieran con certeza que hay un desastre tras la siguiente curva de la carretera. El desastre inexistente, aunque posible, da forma a la vida de la persona ansiosa en una farsa de emergencia. De esta manera, la persona con un trastorno de ansiedad no tiene futuro, porque el auténtico futuro es desconocido. Los trastornos de ansiedad no viven lo que Heidegger llama un posible futuro, sino un futuro ya conocido, que resulta ser catastrófico. Es una forma de crear una ilusión que, aunque sea desalentadora, ve certeza donde no puede haberla. Todos los músculos están tensos, la adrenalina corre, y el organismo está ya al encuentro de una emergencia inexistente. El misterio central del tiempo, por tanto, se ha eliminado.

Si estás ansioso no puedes tolerar esperar. Esperar, para las personas muy ansiosas, es horrible. Esta es una razón por la que siempre van apurados a las citas y al mismo tiempo llegan tarde a ellas a menudo. No quieren lidiar con el tiempo. Ni siquiera quieren que exista. Sospechas que tu amante está con otro hombre u otra mujer; no estás seguro, pero lo sospechas. Él o ella se iba a encontrar supuestamente contigo hace una hora. Pasa otra hora y no tienes idea de dónde puede estar, pero crees que puede estar con alguien. ¿Has intentado alguna vez sentarte a leer una novela o escuchar música bajo estas circunstancias? Apenas te puedes concentrar porque estás lleno de futuro desconocido. Las personas con desórdenes de ansiedad están así todo el tiempo. De hecho, están seguros de que su amante está con alguien, de que ya les ha engañado, y se dirigen ya hacia el pánico. Su amante es culpable hasta que no se demuestre lo contrario. Porque si no sabes qué está pasando, si realmente pudieras creer en el no saber, ¿por qué te palpitaría el corazón, por qué te correría la adrenalina? La persona ansiosa vive como si condujera un coche y un enorme camión fuera de control se dirigiera directamente hacia ella.

El futuro es un horizonte que se aleja continuamente. Es una distancia infinita imposible de cruzar, como un vasto desierto sin fin, porque no podemos conocerlo, no podemos explorar sus límites, no podemos apropiárnoslo. Puedes vivirlo como una posibilidad, pero si no puedes tolerar vivirlo solamente como una posibilidad, es probable que desarrolles un trastorno de ansiedad. Creo que se puede decir que los trastornos de ansiedad, fenomenológicamente, son maneras de intentar vivir en el futuro acercándolo cada vez más hasta casi fundirlo con el presente. Es como si una emergencia estuviera siempre a punto de ocurrir, y tu cuerpo, tu latido del corazón, tu propio organismo actuara como si ya estuviese ocurriendo.

La gente dice a menudo "no tengo tiempo". Esta respuesta viene de una cultura dirigida por la ansiedad. Es una forma de vivir como si uno debiera constantemente reducir la brecha temporal entre el presente y el futuro, lo conocido y lo desconocido. La gente así no puede esperar. No pueden permanecer con nada durante mucho tiempo prestándole atención. No tienen curiosidad porque siempre están corriendo. La curiosidad requiere un cierto tipo de paciencia, una disposición a esperar ante lo desconocido. Os daré un ejemplo de la relación entre la ansiedad, el tomarse el tiempo y el ser curioso: Edward Shapiro, un productivo psicoanalista americano, describió un fenómeno en las familias al que llamó "certeza patológica", que implica específicamente una ausencia de curiosidad. En ciertas familias, cuando un bebé llora, los padres que están demasiado ansiosos, padres "sin tiempo", no pueden esperar pacientemente con atención curiosa hasta descubrir qué necesidad puede estar expresando el bebé con su llanto. Dicen: "Oh, tiene hambre", y lo ceban metiéndole una botella en la boca. Este bebé puede que crezca con la sensación de que todas las necesidades se han de satisfacer con comida, lo que puede ser el inicio de un serio trastorno alimentario.

IV

Como la ansiedad, la depresión también quiere zafarse de un futuro desconocido e indeterminado. En términos de frontera de contacto, entendida como un encuentro entre lo conocido y lo desconocido, tanto la ansiedad como la depresión tratan a lo desconocido como ya conocido. En este sentido ambas están desprovistas de contacto. Como la ansiedad, la depresión intenta ejercer un control sobre el futuro, pero lo hace de otra forma: dicho en términos temporales, se gira hacia el pasado. Por esto la depresión está conectada a la pena, la retirada, la nostalgia, el remordimiento y la pérdida. Tanto la ansiedad como la depresión nos sacan de estar absortos en el momento presente, lo cual conforma nuestra experiencia del tiempo: un presente coloreado por el pasado y por el futuro.

La depresión está tan orientada hacia el pasado que llega a tratar el futuro, no solo como algo conocido, sino como algo que es ya parte del pasado. Mientras que alguien que sufre ansiedad o ataques de pánico responde al futuro como a un camión fuera de control, la persona deprimida trata el futuro únicamente como pérdida. Habitualmente concebimos la pérdida como algo que está detrás de nosotros, y vivimos su duelo, que nos sirve para seguir adelante. Pero para la persona deprimida no hay ningún adelante por el que valga la pena seguir adelante. Y así es como la persona deprimida permanece en un estado de tristeza perpetua, un estado de duelo interminable. Hace no solo el duelo de las pérdidas pasadas, sino de las futuras, que aún no existen. Así que, al igual que la persona ansiosa, la persona deprimida vive también en un estado de certeza sin curiosidad. Sabe, sin duda, que el futuro ya se ha perdido.

En su pequeño y maravilloso libro titulado "Repetición", un trabajo filosófico escrito como una novela, el filósofo Kierkegaard da un ejemplo perfecto de lo que quiero decir. La historia que cuenta en su libro es sobre un hombre joven en una pequeña ciudad sueca que se enamora profundamente de una hermosa y joven mujer, una chica de unos 16 años. Ella no sabe nada de su existencia, pero empieza a enamorarse de él. Pero en cuanto ella se enamora de él, él se hunde en una depresión severa, ignora a la chica totalmente, deja de tener interés en ella y empieza a no hacer otra cosa que quedarse en casa y escribir poesía. Como sabemos, todos los poetas están deprimidos; parece ser un ingrediente fundamental de la poesía.

El cuento de Kierkegaard proporciona un buen ejemplo de cómo la depresión trata el futuro. Cuando la chica responde con amor al cortejo del joven, podríamos pensar que él se debería alegrar hasta el delirio, pero no, porque él no puede permanecer en el presente. Cuando ella se enamora, la imaginación de él se precipita hacia el final de la historia, y sólo puede pensar en ellos dos, ahora muy viejos, viviendo juntos, completamente aburridos el uno del otro, odiando la vida, sentados enfrente de la chimenea, deseando morir. En cuanto el amor pasa a ser una posibilidad real para este joven, la historia se ha acabado. A partir de ahí todo lo que pueda venir será pérdida, vacío, muerte.

Cuando llega la primavera y las plantas florecen y las hojas brotan en los árboles, la persona deprimida no experimenta la excitación del nuevo nacimiento. La persona deprimida mira a este mundo floreciente y ve ya las hojas secándose y marchitándose, las ve muriendo y cayendo la suelo. Si algo está naciendo, ya ha acabado y se ha perdido. Así es la existencia temporal de la depresión crónica. Para la persona deprimida, todo tiempo se ha gastado ya y no queda nada. La depresión es una negativa, aún mayor que la de la ansiedad, a habitar en el dominio del tiempo. El depresivo intenta crear un mundo en el que el tiempo ya no pasa, en el que el cambio ha llegado a su final. Jean Paul Sartre, en su pequeño libro sobre las emociones, describe la depresión como un tipo de encantamiento, que lanza un hechizo sobre el mundo para hacerlo uniformemente gris, sin color o diferencias, para convertirlo en algo totalmente carente de interés. Así, la depresión vive en una condición cercana a la muerte. Éste es un hecho muy importante sobre la depresión. La certeza de la depresión consiste en no tener que preocuparse por cuándo llegará la muerte, porque uno está ya casi muerto. Para qué emocionarse, para qué arriesgarse a nada, para qué trabajar por nada, no vale la pena. La vida no tiene nada que ofrecer. La forma última de esto, por supuesto, es el suicidio.

Extrañamente, podríamos decir que la persona deprimida desea vivir, no en la corriente del tiempo, sino en el final y en el principio del tiempo, en ambos. La muerte, por lo que sabemos, no tiene la experiencia de la temporalidad, pero tampoco el periodo anterior al nacimiento. Dije antes que el tiempo no existía en el Jardín del Edén. Nuestro castigo por comer la manzana, desobedeciendo a Dios, fue ser obligados a vivir en el tiempo, sabiendo que moriremos. Para la persona deprimida, vivir en el tiempo es una vida que no vale la pena vivir. Lo que la persona deprimida nos está diciendo es: para mí, el paraíso o nada. Tengo derecho al paraíso, considerando todo lo que he pasado.  Cualquier cosa que me deis, como no sea el paraíso, me hará infeliz. Si no puedo tener el paraíso preferiré suicidarme. Ser el padre o el hijo, el marido o la mujer, o el terapeuta de una persona así es sentirse continuamente castigado por no proporcionar un paraíso perfecto. Por supuesto, este mirar atrás hacia el paraíso y su pérdida, una edad dorada que se fue para siempre, es el último giro posible hacia el pasado, al igual que la muerte es nuestro último futuro.

 

Traducción: David Picó Vila

 

Comentarios

El paso del tiempo

Enviado por Mª Cruz García de Enterría Mz.Carande 

Como todo lo que he leído de M.V.Miller, este artículo me parece espléndido. Todos sabemos lo difícil que es hablar del tiempo y de su paso, y más desde la T.G. en la que el "aquí-y-ahora" es fundamental y hay empeño en tomarlo literalmente. Por esta razón, leer lo que el autor dice en el folio 4 de este trabajo (¿"Ahora" comparado con qué?), me ha parecido lúcido y liberador. Y luego aparece el "poeta" que yo creo es M.V.Miller.¿Conocéis su "La poètique de la Gestalt-Thérapie"? Está publicado en la ed. L´exprimerie, dirigida por JM Robine.

 

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