¿Un mundo feliz?

¿Un mundo feliz?

Imagen cedida por: 

No es bueno que nos hayan robado la infancia cuando éramos pequeños pero es casi igual de imperdonable cuando, siendo adultos, la sociedad e incluso los terapeutas a los que acudimos nos niegan el derecho a recuperarla. ¿Cómo se puede sostener un edificio si le quitamos los cimientos?

Somos, en gran medida, el resultado de la relación con nuestros padres y con el entorno que nos rodeaba cuando éramos pequeños, y nuestra tarea como seres humanos adultos es transformar y actualizar ese potencial en cada aquí-y-ahora de nuestra relación mediante ajustes creativos.
 

 

Introducción

En una sociedad como la actual en donde se han perdido la mayor parte de los valores que definen la naturaleza humana es impensable que la educación que se brinda a los niños pueda permitir que estos se desarrollen manteniendo sus potencialidades. No cabe ninguna duda que tenemos una sociedad interesada por la psicología, pero por una psicología que ofrece recetas, normas y claves para una felicidad ficticia y “envasada al vacío”. “Sé feliz” y “sé tú mismo” son imperativos que encontramos en todas partes: libros, publicidad, cursos y cursillos de fin de semana pero esto no deja de ser una perversión ya que no se puede acatar como una orden lo que es una consecuencia de vivir y experimentar la vida.

Este interés por la psicología tiene su especial enfoque en los niños y en la familia, pero este interés, en sí mismo, es también un síntoma de la desafortunada situación social que padecemos. Los que nos llamamos adultos, ya seamos padres, profesores, terapeutas o “jefes” nos dedicamos a fomentar las relaciones de desigualdad como una manera de no ocuparnos de nosotros mismos y de nuestras insatisfacciones, proyectando en nuestros hijos, alumnos, pacientes o “subordinados” un falso interés, una falsa devoción que les incapacita para cualquier acción creativa y genuina.

Como seres “individuales”, suponiendo que se pueda hablar de tal concepto y que pueda ser aceptado como realidad ya que no existe ningún organismo sin entorno, tratamos de conseguir la felicidad siguiendo los consejos sociales. Y como seres sociales nos hallamos igualmente distanciados de la “sociedad” porque no podemos tocar nada, ni participar activamente en nada. Paul Goodman, en 1960, decía: “No consigo imaginarme integrado en grupos que no puedo tratar de alterar inmediatamente gracias a mi decisión y a mi esfuerzo personales”.

 

Qué nos ofrece la sociedad 

¿Cuáles son las características que nos ofrece la sociedad actual?

Padres “responsables”. Por todas partes encontramos revistas y libros dedicados a “cómo ser padres”. Nunca como hasta ahora se ha prestado tanta atención a los niños pero no podemos decir que los resultados sean muy satisfactorios. Nunca como hasta ahora niños de 12 años, da igual del país que sean pero con un contexto social “aceptable”, asesinan con total sangre fría a otro menor que él, o incluso a sus propios padres y hermanos. Nunca ha habido tanto problema de drogas, de delincuencia, de problemas mentales y violencia entre los niños, los jóvenes y los adolescentes. Pero, una vez más, equivocamos el enfoque de nuestro análisis y con ello la posibilidad de encontrar una solución adecuada. Afirmamos rotundamente que los niños, los jóvenes, los adolescentes son el problema. Ellos son los que supuestamente desequilibran la situación familiar, los que alteran el equilibrio psicológico de unos padres sacrificados que solo viven pensando en ellos y para ellos: para brindarles una educación, para ampliarles las posibilidades, para que sean felices, para que tengan un futuro de éxito en este mundo difícil… Pero no es así, padres e hijos forman una totalidad inseparable y es en la relación, en el modo de relación donde debemos buscar las claves y las soluciones a cualquier problema de la sociedad en general.

No existe ningún ser vivo que pueda vivir aislado, separado de su entorno. Ambos forman una unidad indivisible influyéndose y modelándose entre sí. Una planta no puede existir sin la tierra que la sostiene, sin agua y sin cuidados; la tierra y el agua, con respecto a la planta, no tendrían sentido salvo el de sostenerla y alimentarla; y por lo que respecta a los cuidados, es la flexibilidad, la dedicación y la relación que mantengan planta y cuidador.

Un niño, un joven, un adolescente no es “bueno” o “malo” porque sí, como algo propio e individual; siempre hay algo en su relación con el entorno que aporta la clave de dónde está la disfunción en la relación, no en cada una de las partes aisladamente.

Pero si miramos de cerca las relaciones familiares, rápidamente podemos ver que se tienen hijos más como un modo de satisfacción personal, más como una forma de realización individual de los padres que como un desafío, como una novedad de relación única en donde la flexibilidad, la dedicación y el saber cuidar son elementos clave.

Pero del mismo modo que los niños son frustrados, presionados, “domados”, heridos, engañados, desvitalizados por sus devotos padres, hay que reconocer también que los padres, a su vez, están chantajeados, amenazados, atados, frustrados y tiranizados por sus propios hijos. En cada uno de los lados podemos ver el resultado de la relación. Ninguno de ellos quiere sentirse “por debajo”, cada uno de ellos quiere sentirse “por encima”.

La tarea de un padre es cuidar, la tarea de un hijo es ser cuidado. Goodman dice: “cuidar bien a un niño es: dejarle solo y estar cerca. En donde ‘estar cerca’ significa proporcionarle seguridad, audiencia para las proezas, consuelo para las heridas, sugerencias y equipamiento material para el paso siguiente, y respuestas cuando pregunta”.[2]

Ni las conferencias sobre ser padres, ni los seminarios sobre psicología infantil, ni los proyectos de educación familiar y social producirán el más mínimo resultado mientras, como adultos, no estemos dispuestos a hacernos cargo de la vitalidad y la energía disponibles al recuperar nuestros poderes infantiles para utilizarlos de una manera flexible en la relación con nuestros hijos que, de esta forma, van a poder seguir manteniendo su vitalidad y su energía sin que por eso nos sintamos amenazados.

 

Educación “integral”. Dice Goodman: “Los padres amorosamente bien intencionados y resentidos convierten a sus hijos en una vocación hasta que, finalmente, pueden depositarlos, y es algo que se ha incrementado ya desde la primera infancia, en las guarderías o en las escuelas”.[3] Están convencidos que va a ser allí donde sus hijos verdaderamente van a aprender a manejarse en la vida. Y los profesores, tristemente, también lo creen. Y ¿qué es lo que se enseña en las escuelas? ¿Vale para algo? ¿Qué es lo que se entiende por “integral”? Los programas escolares están llenos de buenos propósitos. Los conocimientos técnicos, culturales, cívicos, sociales llenan las horas de escolarización. Pero falta lo más importante: coherencia, experimentación y pasión. Los contenidos no se corresponden con lo que se vive y se practica durante las horas de escuela. Los contenidos solo sirven para saber contenidos, son inaplicables. Se enseña respeto y cada día se falta al respeto montones de veces a los mismos alumnos a los que se les enseña respeto. La experimentación no existe aunque, como dice Goodman: “Sólo existe un programa, independiente del método educativo: el programa básico y universal, basado en la práctica y la experiencia humana”[4]. Y a la mayor parte de los profesores les falta pasión, fascinación, compromiso, en definitiva, les falta vocación[5].

Como sugerencia, todas las escuelas, independientemente de su orientación deberían tener en cuenta los siguientes elementos: 

  • enseñar la teoría mediante la experiencia y la práctica vivencial;
  • enseñar la integración social mediante la participación y la autogestión;
  • tolerancia hacia todos los comportamientos y la expresión interpersonal, apoyando la parte positiva de cada estudiante;
  • destacar las diferencias individuales;
  • despertar y formar la sensibilidad individual;
  • respeto a las razas, clases, sexos y culturas;
  • terapia de grupo como un medio de solidaridad individual y comunitaria;
  • tomar con toda seriedad a los jóvenes en tanto que grupo en sí y como categoría de edad;
  • crear una comunidad con los jóvenes y los adultos, minimizando el sentido de “autoridad clásica”;
  • estudiar los problemas concretos del conjunto de la sociedad, su geografía e historia, con la participación en las comunidades vecinales;
  • tratar por todos los medios de promover unas relaciones y actividades interhumanas de tipo  funcional.

 

Éxito a través de los logros. Al final de tanto esfuerzo por parte de los organismos escolares y educacionales por brindar a los jóvenes una “formación con fundamento”, la forma final de constatación de esta enseñanza sigue siendo el éxito a través de los logros. Sigue habiendo “buenas” y “malas” calificaciones, “buenas” y “malas” actitudes, “buenos” y “malos” comportamientos…

Este afán por el éxito empuja al ser humano hacia “lo que tiene que lograr”, cuando es mucho más importante “cómo poder ser un ser humano en el mundo”. Esta actitud lleva a los estudiantes al aburrimiento y a la competitividad. Porque podemos definir el aburrimiento como “el sufrimiento de una persona cuando no hace nada o está haciendo algo sin importancia, en lugar de una cosa que desearía hacer pero que no puede hacer o no se atreve”[6]. Y cuando este aburrimiento se hace crónico, se reprime la idea de lo que se quería y ya no se sabe mucho más sobre ella.

Una gran parte de la estupidez, del embotamiento y de la necedad dimanan precisamente de este aburrimiento crónico, ya que una persona en estas circunstancias es incapaz de saber qué es lo que le interesa, puesto que sus pensamientos reprimidos están en otro lugar.

Esto solo puede dar lugar a dos posibles elecciones, creando en cualquier caso una crisis psicológica:

  • si optan por conformarse con las expectativas de la sociedad y buscar sus recompensas y logros, se sumen en el fracaso al trabajar para ella. Casándose con ella, conformando su modo de vida según sus normas y sintiéndose cínicos en relación con sus actividades;
  • si, por el contrario, optan por ser unos desafectos, por repudiar la sociedad, entonces no actúan ni se esfuerzan por cambiar la situación social, las instituciones sino que se dedican al “pasotismo”, a tomar drogas, a convertirse en unos borrachos, a ser unos “eternos dependientes” de sus padres. Nada les motiva.

En cualquiera de las dos situaciones son jóvenes resignados que crecerán hasta convertirse en adultos resignados.

 

Psicología de la abundancia o el consumo por el consumo. Creo que esta frase de Goodman resume perfectamente el sentido de este apartado: “Las estaciones del año solo son meteorológicas, nada las distingue, ya que en el supermercado no hay ya ninguna diferencia por lo que se refiere a los alimentos o las flores”.[7]

Los niños, los jóvenes e incluso los adultos, en la sociedad actual, hemos perdido la capacidad de autorregulación organísmica, entendida como “el proceso por el cual cuando surgen las necesidades dominantes vienen al primer plano de la consciencia”[8] ya que la sociedad nos embota con sus incansables estímulos, anulándonos el proceso natural de descubrimiento, búsqueda y satisfacción de nuestras necesidades. Las necesidades, las sintamos o no, nos las imponen.

También, gracias a la sobreabundancia, se aturden la excitación de la búsqueda, la capacidad de riesgo, la orientación y la manipulación para conseguir lo que necesitamos. Todo está disponible, previsto, aséptico.

Solo hace falta esperar pasivamente, no ser especialmente original y rebelde y nuestros jóvenes consiguen primero una moto, después el coche, el dinero que necesitan, la ropa que quieren, … ¡y hasta el piso para cuando quieran independizarse! Pero el precio pagado es la falta de excitación, la pérdida de la capacidad de lucha y de gestión, el concepto de intercambio equitativo, la necesidad de superación personal y hasta la sensación de estar vivo que produce el instinto de “caza”.

De este modo desarrollan mecanismos de seguridad como la represión, la alucinación, el desplazamiento, el aislamiento, la huida y la regresión.

 

Bienestar social y desarrollo e investigación tecnológica. A todas horas oímos hablar a nuestros políticos, en la TV, en los periódicos, … de los esfuerzos, de todos los grupos sociales, encaminados al bienestar social, a la cultura del bienestar. ¿Qué entendemos por esto? ¿Qué les estamos ofreciendo a nuestros niños?

Una forma de vida basada en la comodidad, en la facilidad, en donde todo esté al alcance de la mano y en donde la tecnología es una demostración de bienestar.

No estoy abogando por el retroceso a un mundo sin máquinas y sin tecnología. Estoy hablando del uso adecuado y razonable de esta tecnología; en la utilidad de la tecnología como algo al servicio del ser humano entendido como un “animal social” y no como un robot al servicio de las máquinas.

Parece como si el bienestar social supusiera adquisición de cosas, descartando la adquisición y el desarrollo de cualidades humanas. El error es que hemos sustituido el “además de” por “en lugar de”.

La creatividad como algo a aplicar en el medio social, no como un ejercicio abstracto sin utilidad, las emociones, los sentimientos, la sensibilidad, la capacidad de comunicación humana más allá de las palabras.

Por ejemplo, las casas, en donde ahora todas son con jardín, o los parques que “embellecen” nuestras ciudades, ¿para qué le valen a un niño? ¡para bajar con sus propios juguetes! Porque está excluida cualquier posibilidad de jugar con la tierra, con los árboles, … Los jardines “no se tocan”, y él se puede ensuciar y hacer daño.

¿Cuántos de nosotros tenemos la experiencia de saltar en los charcos, o de bailar bajo la lluvia?

Estas consignas de bienestar social han aportado principios sociales fundamentales relacionados con los niños y los adolescentes como la prohibición del trabajo infantil, la educación obligatoria, la revolución sexual, la tolerancia, la educación progresiva pero como dicen PHG: “existe actualmente un conflicto irresoluble entre el deseo de armonía social y la expresión individual, no menos deseable”.[9]

Es claro que cada nueva y profunda proposición formulada por los medios culturales, institucionales o sociales inventa y descubre nuevas propiedades con respecto a la “naturaleza humana”. Pero la educación no es la vida. La situación que se le plantea a un individuo en pleno desarrollo es la de confrontar un presente no inventado ni descubierto aún. Desgraciadamente, en el presente, debe también esforzarse por perfeccionar su pasado indefinido: esta mala herencia forma parte de la situación existente y debe abrirse paso estoicamente a través de ella.

Con estas características, entre otras muchas, la sociedad ofrece a nuestros niños y adolescentes muy pocos recursos para convertirse en adultos, y para que sean capaces de vivir plenamente la vida desarrollando y potenciando todos sus aspectos de “animal humano social”, de una forma integrada. En sus intentos y esfuerzos siempre hay una disociación y prima, siempre o a etapas, un aspecto más que otro. Esto solo puede producir frustración, infelicidad, embotamiento, pasividad, falta de creatividad, aturdimiento, aislamiento, sumisión (o inconformismo improductivo), ejercicio de la desigualdad, autoconquista.

 

 

Características del “adulto” según la sociedad

Los seres humanos son intrínsecamente sociales y comparten la acción y el sentimiento, y son capaces de sentir afecto unos por otros. Pero los adultos actuales no están en contacto con su propia inventiva, de modo que se amoldan a los demás, al igual que lo hacen los borregos, porque uno debe de estructurar de algún modo sus experiencias. Y de este modo tuercen sus potencialidades, deforman su visión de la realidad y se vuelven ineficaces.

Abuso inevitable de la inteligencia y de la comprensión. Cuando nos vemos obligados, en la infancia, a bloquear, a amortiguar nuestros sentimientos y nuestras emociones solo nos queda el abusar de la inteligencia y de la comprensión como una manera de tratar de dar sentido y significado a nuestra experiencia. Aprendemos a buscar las explicaciones causales de los acontecimientos como una manera de intentar controlar dicha experiencia. Es a través de las emociones y de los sentimientos como podemos asimilar las experiencias, y este es el único modo de aprendizaje posible. Al anular la afectividad, nos vemos obligados a razonar, prever y controlar por anticipado los acontecimientos ya que no hemos hecho ningún aprendizaje anteriormente. De este modo evitamos también las sorpresas, ya que esto supondría una novedad que desencadenaría naturalmente la afectividad y volveríamos a sentirnos perdidos y desbordados por ella.

Necesidad de conocimientos, de un “saber general”. En un mundo en el que gana quien más sabe y quien mejor controla a los demás y a los acontecimientos, hay una necesidad de saber de todo, no tanto por el placer de aprender y saber sino como una manera de evitar mejor las sorpresas y de mantener a raya a los otros que, de este modo, no van a establecer nunca una relación de equidad basada en la persona, ni mostraran sus afectos sino que se va a mantener una relación basada en la desigualdad y en la comparación (“Se más que tú, luego soy más que tú”).

Estado de estoica apatía, “Amor Intelectual”, aferramiento a la seguridad. Aunque parezca increíble, confundimos los sentimientos con los pensamientos. De las sensaciones ni nos damos cuenta. La mente predomina y marca nuestro modo de vivir y de relacionarnos. Huimos de la novedad, de lo desconcertante, de lo sorprendente, de lo no conocido. Justificamos que la rutina es seguridad, es equilibrio. Somos “tibios”, emocionalmente hablando. No hemos entendido todavía que solo aceptando la afectividad y con la espontaneidad producida por la fe podemos ser plenamente humanos en un mundo con relaciones humanas satisfactorias. Es como si el único sentimiento que nos permitiéramos fuese la compasión. Compasión movida por una proyección intelectualizada de nuestra propia realidad. De este modo “salvamos” a los demás, los “protegemos”, … ¡poniéndonos por encima!

Evitación de la sorpresa; aburrimiento; carencia de satisfacción. Goodman dice: “el aburrimiento es el resultado de fijar la atención en algo que verdaderamente no resulta interesante ya que el entusiasmo está encariñado con algo que queda fuera de esta atención”.[10] La falta de satisfacción habitual o crónica está relacionada con las normas de conducta de la persona, consideradas en conjunto, con el propio individuo. Consiste en considerarse únicamente competente cuando, de hecho, las propias cualidades exceden en mucho de esa ilimitada idoneidad; en dejar de ejercer, de utilizar los propios poderes por considerarlos peligrosos o destructivos; en dejar de anhelar imposibles para evitarse desilusiones; en dejar de ahondar en nuestra infelicidad hasta que uno se siente sorprendentemente desgraciado, vacío y aburrido.

Proyección de la pena y la rabia; impaciencia crónica. El adulto actual es una persona que deja que sus pasiones se desvanezcan. Su pena se diluye en un mar de explicaciones consoladoras, y su rabia se agota en impacientes aproximaciones. Crónicamente aburrido y crónicamente impaciente, se muestra inflexible consigo mismo, y estúpido con relación a sus semejantes. Siendo como es el mundo que tiene a su alcance, pues la mayor parte de sus deducciones son acertadas, hace acopio de todas sus fuerzas para utilizarlas contraesas excitaciones, que tienden a aumentar y a subir, a consecuencia de lo cual se siente cansado, impaciente, aburrido.

La impaciencia crónica, en general, equivale a deseo frustrado que a consecuencia de esa misma frustración se transforma en el deseo de encontrar un objeto intangible mediante el tiempo, la aplicación, la aptitud y la disponibilidad. El deseo prematuro propio de la impaciencia crónica es una de las causas de la frustración actual del sujeto, pues toma al objeto, no como es en realidad, sino como su imaginación lo concibe –y también como lo teme- porque fracasar, excepto dentro de sus propias y limitadas condiciones, es uno de los propósitos más importantes de la impaciencia crónica. Sus demandas están de acuerdo con aquella idea preconcebida. Y, entretanto, desestima las nuevas posibilidades del objeto real.

Necesidad de ganar. Bajo la necesidad superficial de ganar y de aferrarse a la seguridad se esconden una notable arrogancia y una inmensa suficiencia. En un nivel más profundo se encuentra la insuficiencia y la resignación. Esto encierra una profunda paradoja, por una parte, se engrandece al rival, ya que de lo contrario la victoria no tendría mérito, pero al mismo tiempo esto hace que la victoria sea imposible. En el caso de ganar, la satisfacción que se obtiene es momentánea ya que, más tarde, la persona no está tan segura de su victoria, de la permanencia de esta victoria (pues ahora tiene “un enemigo” ante el que debe estar atento para seguir ganando), ni de la permanencia de los recursos que ha utilizado. Entonces, deja de proyectar, y empieza a perseguirse a sí mismo, a exigirse a sí mismo, a “ganarse” a sí mismo, tratando de mantener el control sobre sus deseos, necesidades, afectos y pasiones. Va de la conquista de sí mismo a la conquista de cualquiera que pueda considerarse un buen rival. Y en ello gasta toda su energía evitando que el esfuerzo real y el deseo experimentado, que son verdaderamente su presente, le lleven hacia la novedad, hacia lo sorprendente y lo desestabilizador que supone el proceso de asimilación de lo que busca en la novedad.

 

 

La Solución

La teoría de la Terapia Gestalt nos ofrece la solución. La rutina debe convertirse de nuevo en una necesidad plenamente consciente, nueva y excitante, para recuperar la capacidad de gestionar las situaciones inacabadas. La excitación es la evidencia de la realidad. Y esto solo puede darse recuperando lo infantil.

“Los sentimientos de la infancia son importantes no porque constituyan un pasado que sea necesario deshacer, sino porque constituyen algunos de los más maravillosos poderes de la vida adulta que deberíamos recuperar”.[11]

Y entre estos poderes a recuperar están:

La imaginación que es la mediadora entre el deseo y su realización. Es un elemento fundamental del presente. Cuando hay una fijación a una abstracción o “conocimiento”, la imaginación ha perdido su subordinación al uso, a la acción, y queda ahogada, y con ella, cualquier iniciativa, experimento, perspectiva, apertura a la novedad, y por lo tanto el acrecentamiento de la eficacia.

El carácter directo de la consciencia y de la manipulación“el centro de la realidad está, en todos los casos, en la acción”.[12] Podremos planear las cosas pero nunca son, ni serán la realidad. Y solo somos capaces de asimilar aquello que hemos vivido. Así se da el aprendizaje y la experiencia. Esta cualidad nos da la habilidad de “esperar el momento oportuno”.

La fe, entendida como “saber, más allá de la simple consciencia, que si se da un paso más, seguirá habiendo un suelo bajo nuestros pies.”[13] Solo es posible la fe cuando se vive habiendo asimilado la idea de campo, sabiendo que no es posible ninguna acción sin que exista un entorno. Con la fe, que es un concepto de campo, la espontaneidad es una de sus consecuencias.[14]

La fascinación, que supone comprometerse en una tarea que no se puede abandonar porque uno se encuentra completamente implicado hasta completarla. Estaría en oposición a la responsabilidad neurótica que consistiría en forzar la voluntad para hacer algo en lo que uno no se siente implicado y que se vive como una obligación impuesta.

La impaciencia en el presente y la espontaneidad[15] que nos llevan a hacer las cosas “en el momento oportuno”. Ya que ambas son la excitación transformada en necesidad de una respuesta motora que nos da la orientación y la manipulación en el aquí y ahora de la situación real. PHG dicen: “La espontaneidad es la capacidad de captar, de entusiasmarse y de crecer con lo que es interesante y nutritivo en el entorno”.[16] Hay una unidad perceptivo-motórico-afectiva que hace que no se puedan separar planes, medios, objetivos y acción.

“La espontaneidad es el sentimiento de poner en acción la relación organismo/entorno en curso, no siendo meramente su artífice ni su objetivo sino desarrollándose en él”.[17]

“La espontaneidad es la unidad concreta flexible del crecimiento, del compromiso y de la aceptación tanto de las distracciones como de las atracciones posibles”.[18]

La simetría en las relaciones, que derivaría del concepto de campo, en donde el poder estaría en dicho campo, no en una sola de sus partes. La consecuencia de esto serían relaciones igualitarias en donde las diferencias personales son posibles y cuya consecuencia es el crecimiento, la asimilación. Supondría saber matizar entre promesa y realización, intención y compromiso, elección y consecuencias.

Dice PHG: “Una actitud deliberada, una pseudo-objetividad, el no compromiso, la responsabilidad excesiva que caracterizan a la mayor parte de los adultos son neuróticas; mientras que la espontaneidad, la imaginación, la fascinación y lo lúdico, la expresión directa de los sentimientos, son sanas.”[19]
 

 

Conclusiones

El modelo educativo actual es tan poco acertado que al bloquear, disminuir y sesgar la excitación de los niños, de los jóvenes y de los adolescentes les lleva inexorablemente a ser adultos neuróticos, rígidamente dedicados a tener a raya, a controlar, a mantener y a ocuparse constantemente de una urgencia crónica de baja intensidad que le impide utilizar sus recursos sanos y naturales para vivir plenamente la vida y de ese modo crecer y desarrollar su potencial, transformar de una manera creativa y enriquecedora su entorno, y ser el poso, el fondo mediante el cual la naturaleza humana pueda desarrollarse creativamente como futuro. Como dice PHG: “La ‘naturaleza humana’ es una potencialidad. Solo puede ser conocida cuando se actualiza en sus consecuciones y su historia.”[20]“Todo el mundo observa la proximidad de la catástrofe. Escuchan las advertencias racionales y elaboran todo tipo de políticas juiciosas. […] La gente está ávida de acabar con sus situaciones inacabadas.”[21] Todos queremos sentirnos satisfechos, vivir en un mundo mejor, el bienestar social, … Como terapeutas gestálticos ¿qué hacemos para colaborar a que el mundo sea como queremos? Y esta contribución no está en “curar” a nuestros pacientes, ni en “formar” a nuestros estudiantes sino en arriesgarnos, cada uno de nosotros, a subir la intensidad de nuestra “urgencia crónica” y empezar por recuperar nosotros mismos nuestros “maravillosos poderes infantiles”.   

 

Carmen Vázquez Bandín

 

 

 

Bibliografia 

  • PERLS, F.S., HEFFERLINE, R. y GOODMAN; P.: Terapia Gestalt: Excitación y crecimiento de la personalidad humana, Ed. Sociedad de cultura Valle-Inclán, Colección Los Libros del CTP, Madrid/Ferrol, 2002.
  • GOODMAN, Paul: Problemas de la juventud en la sociedad organizada, Ed. Península, Barcelona, 1975 (fuera de catálogo)
  • GOODMAN, Paul: The Children and Psychology, en Nature Heals: Psychological Essays; Edited by Taylor Stoehr, The Gestalt Journal Press, New York, 1991.
  • GOODMAN, Paul: Ensayos Utópicos, Ed. Península, Barcelona, 1973 (fuera de catálogo).
  • GOODMAN, Paul: La nueva reforma, Ed Kairós, Barcelona, 1972 (fuera de catálogo).
  • VAZQUEZ BANDIN, Carmen: La Vocación de terapeuta gestáltico, Madrid, 2003, artículo pendiente de publicación.
  • VAZQUEZ BANDIN, Carmen: La Espontaneidad, Madrid, 2000.

 

 

 

Notas 

[1] .- GOODMAN, Paul: Mi psicología como “sociólogo utópico” en Ensayos Utópicos, Ediciones Península, Barcelona, 1973.

[2] .- GOODMAN, Paul: The Children and Psychology, en Nature Heals, Psychological Essays, The Gestalt Journal Press, New York, 1991, pág. 94 (traducción mía).

[3] .- GOODMAN, Paul: Ibid, pág. 97.

[4] .- GOODMAN, Paul: Idem, pág. 98.

[5] .- VAZQUEZ BANDIN, Carmen: La vocación de terapeuta (artículo pendiente de publicación)

[6] .- GOODMAN, Paul: Ibid, pág. 87.

[7] .- GOODMAN, Paul: Ibid, pág. 160.

[8] .- PHG II, 6, 4, 3.

[9] .- PHG II, 6, 11, 3.

[10] .- GOODMAN, Paul: Ensayos Utópicos, Ed. Península, Barcelona, 1973, pág. 127.

[11] .- PHG II, 5, 8, 3.

[12] .- PHG II, 5, 11, 4.

[13] .- PHG II, 8, 6,2.

[14] .- VAZQUEZ BANDIN, C.: La vocación de terapeuta gestáltico, Madrid, 2003.

[15] .- VAZQUEZ BANDIN, Carmen: La Espontaneidad, Madrid, 2000.

[16] .- PHG, II, 1, 5.

[17] .- PHG, II, 10, 4.

[18] .- PHG, II, 10, 7.

[19] .- PHG II, 5, 13, 3.

[20] .- PHG II, 6, 12, 1.

[21] .- PHG II, 8, 8, 11.

[22] .- GOODMAN, Paul: My Psychology as a “Utopian Sociologist” in Nature Heals; Psychological Essays, Ed. Taylor Stoehr, The Gestalt Journal, Highland, 1991, p. 227.

[23] .- GOODMAN, Paul: The Children and Psychology, in Nature Heals, Psychological Essays, The Gestalt Journal Press, New York, 1991, p. 94.

[24] .- GOODMAN, Paul: Ibid., p. 97.

[25] .- GOODMAN, Paul: Growing Up Absurd, p. 98

[26] .- VAZQUEZ BANDIN, Carmen: The vocation of Gestalt therapist, Madrid, 2003.

[27] .- GOODMAN, Paul: Ibid. p. 71.

[28] .- GOODMAN, Paul: Ibid., p. 144.

[29] .- PHG II, 6, 4, 3.

[30] .- PHG II, 6, 11, 3.

[31] .- GOODMAN, Paul: On Intellectual Inhibition of Explosive Grief and Anger, in Nature Heals, Psychological Essays, Edited by Taylor Stoehr, The Gestalt Journal, Highland, 1991, p. 187.

[32] .- PHG II, 5, 8, 3.

[33] .- PHG II, 5, 11, 4.

[34] .- PHG II, 8, 6,2.

[35] .- VAZQUEZ BANDIN, C.: The vocation as a Gestalt therapist, Madrid, 2003.

[36] .- VAZQUEZ BANDIN, C.: Spontaneity, Madrid, 2000, (in Spanish) .

[37] .- PHG II, 1, 5, 4.

[38] .- PHG II, 10, 4, 2.

[39] .- PHG II, 10, 7, 5.

[40] .- PHG II, 5, 13, 3.

[41] .- PHG II, 6, 12, 1.

[42] .- PHG II, 8, 8, 11.
 

 

 

Fuente:  web.jet.es/mcruzge/GestaltCTP/articulo2.htm

 

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