Lo racional y lo experiencial, la ciencia llega al espíritu

Lo racional y lo experiencial, la ciencia llega al espíritu

Describo cómo mi experiencia me llevó, por vía racional, a la comprensión de la no-dualidad, en contra de lo que afirman la mayoría de los místicos. Cuestiono, pues, la primacía de la experiencia. En una segunda parte describo cómo la ciencia está llegando al concepto de unidad intentando comprender la dualidad onda-partícula.

Sinesio Madrona

La fe es un carisma para quien la posee; pero no es un camino para quien necesita entender algo antes de creerlo.

C. G. Jung

 

Lo racional y lo experiencial

 

            Tenía alrededor de 25 años cuando pasé por mi época de tratar de conciliar los opuestos (bien-mal, amor-odio, espíritu-materia, mente-cuerpo, interior-exterior...). Me costó algún tiempo encontrar razones para encajar la dualidad bien-mal; pero la que verdaderamente me dio trabajo, más de dos años dando vueltas por mi cabeza, fue la dualidad determinismo-libertad. Mi experiencia y mis conversaciones posteriores con otras personas me dice que es la dualidad más difícil de resolver para el pensamiento occidental. Aunque el tema de este artículo no va específicamente sobre ese asunto, diré simplemente para los curiosos que una respuesta sencilla al tema es que la libertad es una experiencia que tiene el hemisferio derecho del cerebro acerca de la vida y de la realidad, y el determinismo procede de la experiencia que tiene acerca de la realidad el hemisferio izquierdo (o, según otros esquemas neurofisiológicos, las vías inferior y superior respectivamente). Su solución tiene que ver con la unidad sentimiento-pensamiento que a niveles profundos se percibe como un único flujo de conciencia en el que ya no se distingue el pensamiento del sentimiento porque en ese nivel uno se percata de que son una y la misma cosa (Pensar y sentir en esta misma página web). Determinismo y libertad forman una de las experiencias polares de la realidad y hay que trascender tanto las explicaciones de unos como las vivencias de otros para encontrar la respuesta y la conciencia que está más allá de esta división.

            El cerebro humano es una unidad y la experiencia que tendríamos que extraer de ambos hemisferios debería ser única, debería formar una realidad única que superase cualquiera de las dualidades que nos presenta la vida, incluida la de determinismo-libertad. Así es como vivimos en el seno materno y como nacemos: unidos con el Todo. Pero, como sabemos, nuestra educación y nuestro crecimiento y maduración requiere que pasemos por una fase en la cual nos identificamos con una parte de cualquier dualidad, empezando por la identificación con el propio sexo. La experiencia consciente de unidad es un proceso evolutivo posterior que requiere un trabajo con las polaridades (tan caro a Perls) y una superación de las dicotomías que nos angustian.

            Tener en la vida una orientación espiritual no lo hace todo al respecto. He podido observar en los grupos espirituales que hay mucho interés humanista e integrador; pero sin una verdadera comprensión de las dimensiones de la conciencia de unidad que implica el término espiritual o transpersonal y, en el fondo, una actitud básicamente racionalista enmascarada tras la presunción de muchas experiencias numinosas.             Después de leer acerca del rechazo que Perls sentía hacia la espiritualidad, no se me hace tan raro si encontró lo que yo he encontrado a largo de más de 30 años de contacto con todo tipo de movimientos de esta naturaleza y otros similares: una muy clara motivación ideológica a pesar de vivir en un mundo mayormente emocional y experiencial, muy poco interés en la introspección y un muy escaso autoconocimiento; hasta situaciones de chiste, como aquél chamán, que si bien es cierto que tenía un gran carisma e irradiaba una beatitud de la que nos hacía participar (me embargaba una gran felicidad en su presencia), decía que podía curar todas las enfermedades, cáncer incluido, menos el reuma, ¡que era la suya! Pero es que la espiritualidad, la unidad de la conciencia, no tiene nada que ver con la ‘beatitud’ —cristiana o budista— y sí mucho que ver con el ‘demonio’, sobre todo en una cultura como la nuestra en la que este arquetipo se ha apartado de la conciencia. Si lo beatifico y lo demoníaco no se unen, no hay verdadera espiritualidad. Creo que más que la felicidad y el bienestar me interesa la VERDAD y eso no siempre hace feliz. Me interesa, incluso, más que el “amor” (como sensación o sentimiento desvinculado del conocimiento); otra cosa es el AMOR, donde se unen sentimiento y conocimiento; pero esta ecuación: AMOR = felicidad, no siempre es cierta, sino más bien lo es esta otra AMOR ≠ felicidad. Sí es siempre cierta, hasta donde se me alcanza, esta otra: AMOR = SERENIDAD).

            No hace tanto, repasando mis lecturas transpersonales (Ken Wilber y otros), ‘volví a enterarme’ de que la solución o la trascendencia del problema de la dualidad se considera lo más de lo más en el terreno de la espiritualidad. Fue entonces cuando me dio por reflexionar acerca del significado de la experiencia frente a la racionalidad por lo siguiente: cuando yo tenía 25 años no había tenido aún ninguna experiencia cumbre, mística, inefable..., y casi tampoco ninguna experiencia afectiva humana normal, pues mis ‘ena­mo­ramientos’ habían sido hasta ese entonces mayormente ideales. Cuando ingresé muchos años después en un grupo transpersonal ya había tenido alguna experiencia no dual; pero entonces me enteré que la mayoría de las personas con las que estuve en contacto cotidiano hablaban de sus numerosas experiencias numinosas como algo habitual y corriente, incluso tuve un cliente que, según me contaba, tenía más experiencias de ese tipo en una semana de las que yo había tenido en toda mi vida, y, sin embargo, o quizá debido a ello, se dolía de problemas de autovaloración y asertividad bastante elementales.

            Obviamente esto no es lo que se cree ni maneja dentro de ese ambiente (basándose en la indudable e intensa experiencia y sensación de ‘amor’ tras ese tipo de experiencias, que no voy a negar aquí); había, entonces, aquí muchas preguntas sin respuesta. En esta ecuación también tengo que contar que había hecho recientemente unos cursos en la Facultad de Filosofía y allí había conocido a la racionalidad ‘cociéndose en su propia salsa’ (fue una experiencia fascinante). Y, cómo no, había vivido la experiencia de la formación en gestalt en la cual se prima la experiencia y en la que sufrí en diversas ocasiones el rechazo por ser ‘tan racional’ (tendríais que haber oído a los filósofos, compañeros y profesores, eran como un disco rayado).

            Ahora sé, gracias a estas experiencias, que tenía que comprender más profundamente la dualidad que opone experiencia a razón. Ello me llevó a darme cuenta que la teoría del desarrollo de la conciencia en la que vengo trabajando desde hace años (1994) es una posible respuesta, desde el lado racional, a la vivencia de unidad que se tiene tras la experiencia mística o cumbre: si aceptamos la unidad como guía última del desarrollo de la conciencia, no se puede admitir que la experiencia mística no pueda ser descrita racionalmente o no tenga alguna manera de reflejarla el hemisferio izquierdo del cerebro. Esto sería una contradicción sustancial a lo que supone la vivencia de unidad tras la experiencia cumbre.

            Para aquellos a los que os suenen raras tales afirmaciones os diré que, tal como lo entiendo y percibo, el darse cuenta (awareness) es una micro-experiencia mística (un mini-satori, según dice Perls, 1973), cuando tenemos un awareness masivo nuestras creencias descolocan el ego con la amplitud suficiente para que veamos más allá del mismo, más allá de la propia creencia acerca de nosotros mismos, de nuestra propia personalidad (según el concepto de Perls, Heferline y Goodman, 1951, [PHG en adelante], eneatipo en concepto de Naranjo,  1994). Es decir, un atisbo de lo que puede ser una experiencia mística lo hemos tenido todos en el momento de awareness, incluso esos filósofos racionalistas a los que me he referido. Ciertos grados de intensidad del awareness pueden hacer que se fundan todas nuestras barreras egoicas o algunas de las más importantes, proporcionándonos una experiencia muy intensa de unidad y de amor, diferente cualitativamente del sentimiento habitual de amor y que lo trasciende. Más de la mitad de mis experiencias al respecto han sido en terapia, en grupo de trabajo o en formación de psicología gestalt. No soy de las personas a las que le resulta fácil meditar y vaciar su mente. No es condición sine qua non estar en la ‘vía espiritual’ para tener experiencias cumbre.

            Wilber (1977, 1980) está errado en este punto cuando considera que para comprender la experiencia de la conciencia superior uno ha de ser poco menos que un dios milagrero. Asimismo, para los orientales, los filósofos presocráticos y los espiritualistas de siempre esto es imposible (David Loy, 1988). Pero con ello abren la puerta a una dualidad, la de razón-experiencia, y se ponen a sí mismos en evidencia. Al fin y al cabo todos estos sistemas y personas han llegado a la unidad a través del camino experiencial. Entonces ¿por qué creen que no se puede hacer nada por el camino de la razón, de la mente, de la ciencia en definitiva, si ellos no lo han explorado nunca suficientemente? Son este tipo de presunciones las que denuncia J. Ferrer (2003) en Espiritualidad creativa. Mi descripción del proceso evolutivo de la conciencia humana supera esos inconvenientes y propone otras explicaciones para los mismos (más racionales y menos numinosas) y no exige que uno sea algo así como un ‘gurú transparente’ (de puro espiritual) tal como requiere Wilber. Estoy más de acuerdo con la crítica que hace Ferrer de la estructura cartesiano-kantiana de Wilber.

            Groff dice (1985) que 1/3 de la población de EE.UU. tiene diversos tipos de esta experiencia pero la rechaza por miedo, temor a la locura o a que los tachen por tales; y que la mitad de la población psiquiátrica que está confinada se debe a que la cultura actual es incapaz de explicar un proceso transpersonal[2] (que con frecuencia se parece mucho al proceso psicótico), con lo cual se coarta un movimiento de transformación de la conciencia que está teniendo lugar en la especie humana a un nivel mucho más amplio de lo que le pueda parecer al paradigma imperante, la cultura y las costumbres aceptadas por nuestra sociedad.

            La experiencia cumbre —cualquier experiencia intensa, sin más— tiene una característica que también tiene el sexo o las drogas (o el trabajo, el poder, el dinero, el éxito...): engancha. Algo que he visto de una manera tan reiterada que estoy abrumado por lo que, en este momento, significa en nuestra cultura. Yo tuve mi experiencia más intensa de unidad (que no la más sutil) el 8/4/93 (todavía estaba realizando la formación gestalt con Antonio Guijarro), quizá algún día os la cuente, pues tengo un análisis bastante detallado de la misma. La intensidad de la energía que me proporcionó duró, con algunos altibajos, aproximadamente 9 ó 10 meses. Esa etapa la viví, por decirlo de alguna manera, como si hubiera estado subido de coca todo el tiempo. Trabajaba el doble, tenía el doble de alumnos..., etc. Pero tal como dice Assaglioli (1996) después de una experiencia de esta naturaleza viene la noche obscura del alma. En 1994 (creo que en enero) había comenzado una nueva formación de gestalt en la EMTG y para cuando volví a retomarla en septiembre había vuelto diciéndome que iba a hacer un sin fin de cursos (intentando recuperar ese estado sublime que había perdido). Semanas después me di cuenta de la falacia que esto suponía. Con los años he aprendido a observar este enganche en numerosas personas que están en un proceso o entorno transpersonal y también en otras personas que hacen de la experiencia (típica en la gestalt) la única guía de sus vidas; como ‘enganchados’ están también los filósofos que hacen de la vía racional la única orientación de su camino.

            Aquí la conclusión que surge es la siguiente: si yo había resuelto, vía racional, un estado de conciencia que se supone sólo es posible tras la experiencia mística, algo fallaba en la concepción acerca de la importancia de tal experiencia. Algo fallaba, en general, a la importancia que se da a la experiencia y en el menosprecio de la vía racional. Fallo que apunta al divorcio de la conciencia en la concepción dual de la realidad. Y este fallo implica una brecha sutil entre razón y experiencia incluso en los movimientos más comprometidos con la unidad de la conciencia, gestalt incluida, así como, paradójicamente al mismo tiempo, una adhesión confluente de la razón (la mente, el pensamiento, la ideología) con la experiencia (con el cuerpo) en la que aquella se identifica ‘inconscientemente’ con el cuerpo y cede su ser a la primacía de aquél (es el cuento espiritual del neófito que se deja deslumbrar por las “joyas” que se encuentra en su camino y abandona su búsqueda); y ambos movimientos contradictorios no son perceptibles para las personas sumergidas en, adheridas a, una determinada visión-experiencia de la realidad. En el reino supuestamente integrado de la experiencia sigue habiendo un sutil dominio de lo racional, de la mente, en tanto en cuanto seguimos adoptando una dualidad: razón-experiencia, pues la descripción y mantenimiento de la dualidad es una facultad específica de la mente y de su poder de discriminar, de diferenciar. En la medida en que no integramos razón y experiencia y las oponemos, marginando la razón, seguimos bajo el dominio de ésta, de la mente. Muchos defensores de la experiencia a ultranza son así también pues, racionalistas a ultranza.

En unos intercambios que tuve en un foro de Internet llegué, como respuesta a los que insistían en la importancia de la experiencia (se trataba del tema de la reencarnación), a la siguiente reflexión: partiendo del hecho de la unidad, podemos razonar que experiencia y explicación de la misma son dos fases de un proceso dual. La explicación depende del contexto cultural, la información y las creencias de la persona (del fondo según Wheeler, 1991). Esa explicación supone un punto de fijación en el proceso evolutivo del individuo que, al parecer, sólo es capaz de romper, habitualmente, una experiencia intensa (que también existe en un sencillo darse cuenta de la gestalt, o insight del psicoanálisis) que ponga en entredicho esas creencias o explicaciones. Pero también esa experiencia (por lo que supone la dualidad experiencia-razón) configura un punto de fijación en la percepción que tiene de la vida el individuo, y que una interpretación alternativa podría describir la misma experiencia. En el tema propuesto yo interpretaba la experiencia como una posible recuperación de una ‘memoria genética’ basada en el concepto de inconsciente colectivo de Jung, y mi conclusión no era tanto defender mi idea como mostrar que no había una única explicación al fenómeno; en Vida después de la muerte (Doore, 1990) varios autores cuestionan también el concepto de reencarnación. En este momento ese fenómeno podría también interpretarse a través del concepto de campo Ψ de Laszlo (1993, 2007).

            Es lo mismo que lo que ocurre con la ‘experiencia de Dios’, cuando tienes una experiencia de este tipo y eres ‘ateo’ le das una explicación diferente. Por ejemplo, Moisés tuvo una experiencia mística con una zarza ardiente[3] y creó la religión judía; Mc Clintok (Fox Keller, 1989) tuvo una experiencia semejante con una mazorca de maíz mientras estudiaba unas anomalías que la llevarían al descubrimiento de la transposición genética y recibió el Premio Nobel por ello. Evidentemente los entornos culturales y las creencias de ambos eran absolutamente distintos.

            Volvamos al tema: ¿cómo es posible dar una respuesta por el camino racional a una cuestión que, se supone, sólo es viable percibir tras la experiencia mística o cumbre? La respuesta es evidente: el camino racional que nos ha propuesto nuestra cultura está completamente manco, cojo y quién sabe qué más cosas. De hecho hay un libro maravilloso: Las artimañas de la inteligencia (1974) en el que M. Detienne y J. P. Vernant (algo saqué de positivo tras mi paso por filosofía) nos cuentan que hay dos tipos de inteligencia en la literatura griega: el conocimiento racional y ‘serio’ de Aristóteles y Platón, y el conocimiento intuitivo y astuto, lleno de artimañas de cazadores, aventureros, médicos, retóricos y un largo etc. (que hoy en día incluiría también a los psicólogos) y que muestra, por ejemplo, el personaje Ulises de Homero. La metis griega, un tipo de inteligencia más próxima a la del psicólogo humanista que a la del racionalista clásico y de la cual hacen uso muchos científicos, aunque no lo admitan conscientemente (Fox Keller, 1989).

            Nuestro desarrollo cultural sólo ha valorado una parte de esa racionalidad, la que convierte a las personas en objetos como les pasa a los autistas (Goleman, 2006); es decir, una racionalidad autista. Es ahora, después de más de 2000 años, cuando se vuelve a hablar de ‘inteligencia emocional’, ‘inteligencia intuitiva’, etc., etc. Es decir, la mente, la inteligencia, la capacidad racional, es algo más que lo que creemos saber acerca de ella. Confundidos por el uso tan parcial que ha hecho de la racionalidad nuestra cultura la rechazamos de plano, como así debe ser. En El error de Descartes (1994), Damasio nos cuenta que la razón pura kantiana sólo es posible con una lesión prefrontal en el cerebro (¡toma ya!). Evidentemente nuestra cultura también está descerebrada.

            Tal rechazo a ‘esa’ racionalidad es frecuente y va en aumento, y con motivo, en nuestro tiempo. Pero si la dualidad razón-experiencia o razón-sentimiento es un fenómeno unitario a nivel profundo (Madrona: Pensar y sentir en esta misma página web), y nuestro crecimiento como seres humanos exige, al menos en este momento evolutivo de la especie, que perdamos nuestra unidad original (experiencia en el seno materno y durante los primeros meses) para definir y elegir un camino en la vida (desarrollar una personalidad en términos de PHG), posteriormente tenemos, necesariamente, que acceder y volver a la unidad tratando de ir más allá de esa dualidad en la que estamos inmersos y que sólo nos permite ver la mitad o menos de la realidad. Y, ésa es la cuestión, al inicio esa búsqueda tendrá que ser hecha a través de la razón (cerebro izquierdo) o del sentimiento (cerebro derecho). Evidentemente al final llegaremos a la unidad de ambos. La polaridad exige tomar conciencia de ella y ese conocimiento nos lleva a la conciencia de unidad.

            Tal como lo quería Perls, la polaridad es un aspecto en el que se debería insistir más —a nivel tanto vivencial como racional— en la formación gestalt, pues es una puerta, difícil de manejar al principio; pero que abre una ancha avenida al proceso vívido de nuestra conscienciación. Pienso que sería oportuno también trabajar el tema desde el arquetipo junguiano de la sombra.

            Parece que esa es mi habilidad, mi capacidad de encontrar, vía racional, respuestas que otros encuentran por el camino experiencial, y sólo con un empujoncito de la experiencia puedo andar millas donde otros sólo dan traspiés tras muchas experiencias vivenciales y emocionales. Pero, lógicamente, no es fácil encontrar oídos que me escuchen, pues si para unos (los filósofos) soy un “gestaltista loco”, para otros (los terapeutas vivenciales) soy un racionalista al que hay que “sacudir” para que despierte, y no digo que no tengan algo de razón los dos; pero la cuestión está más allá de las percepciones parciales de ambas posturas.

            La mía no es una experiencia fácil de trasmitir, pues por la vía de la discusión racional no se llega a ninguna parte; aunque, visto lo visto, por la vía de la meditación, experiencia, terapia y otras tampoco se accede plenamente a ella si no está adecuadamente complementada con un proceso de reflexión y de globalización y relativización de la experiencia más allá de los intereses y circunstancias personales, del fondo cultural y personal (Wheeler, 1991), y siempre hay detrás de cada profesor de meditación o de cada terapeuta una ideología —inconsciente y ligada a los límites personales— que sólo responde a aspectos parciales de lo que se experimenta o no se abre a percibir niveles de experiencia más sutiles que acompañan al momento.

            Confío sobre todo en la ciencia (no en la oficial), siempre lo he hecho, el libro de Laszlo (1993) es mi ‘biblia’. Siempre he pensado que la ciencia (entendiendo por ‘ciencia’ algo que está más allá del racionalismo imperante y que incluye en su comprensión de la realidad lo subjetivo unido a lo objetivo[4]), que es nuestro lenguaje actual para describir la realidad, tiene mucho que descubrir todavía sobre el tema. De hecho al ser un lenguaje único aceptado por la inmensa mayoría, llegará un día a explicar el fenómeno espiritual o de ‘campo global sin costuras’ como dice Latner (1983). Así las distintas posturas ideológicas y religiosas al respecto podrán discutir del tema en base a un lenguaje común, independientemente de que sigan o no teniendo sus propias creencias individuales y culturales. El Principio de particularidad de Parlett (1991) avala la posición subjetiva del campo individual, pero no impide la co-creación de un campo común desde distintas singularidades.

 

La física cuántica ‘describe a Dios’. La gestalt cuántica.

 

La unidad del Ser que busca la gestalt principalmente a través de la experiencia, es la misma unidad que buscan actualmente la ciencias a través de una comprensión racional de la realidad. Desde que la física está buscando una teoría unificada y desde que descubrió la unidad sujeto-objeto en el nivel cuántico de la realidad no se ha dejado de andar camino. La teoría sistémica (Bertalanffy, 1979), las ciencias de la complejidad (teoría del caos, fractales, ), etc., sin olvidar la psicología junguiana y la transpersonal, y el concepto de campo y la experiencia de awareness[5] de la gestalt como algo cotidiano, todo está a punto para encontrar esa respuesta unitaria desde el camino racional.

Los nuevos avances de la ciencia clásica apuntan en la dirección correcta; y, aunque aún están muy lejos de concebir un camino hacia la unidad, al menos se plantean la dualidad y la discontinuidad en lugares en los que hasta ahora era impensable. Por ejemplo en la teoría del caos se abre una puerta al concepto de libertad en la concepción científica de la realidad, cosa inimaginable hasta ahora, pues uno de los supuestos básicos de la ciencia era el postulado de determinismo. Si bien esto es un paso de gigante con respecto al anterior concepción científica, no obstante la libertad y el determinismo se presentan todavía como dos fuerzas polares irreductibles (Prigogine, 1988; Prigogine y Stengers, 1979; M. Almendro, 2002); pero la aparición de esta cuña en el edificio de la ciencia es simplemente fantástica. La teoría del caos abre la puerta a una ‘libertad’ que niega la ciencia clásica y, en este sentido, es parte de un camino (junto con el resto de las llamadas ciencias de la complejidad) que, estoy convencido, acabará comprendiendo el concepto de no dualidad, pues ya ha empezado a hincarle el diente a la dualidad onda-partícula y a verlo como una unidad. Este concepto-experiencia de no-dualidad es la esencia del concepto de punto cero de Friedlander (Perls, 1947).

En general, todavía estamos muy lejos de alcanzar la comprensión necesaria para entender hacia dónde nos dirigimos; pero la puerta está abierta. Actualmente para una gran mayoría de personas son incomprensibles estos nuevos descubrimientos y tratan de dar una explicación reduccionista (polar dicotómica) de los mismos retrotrayéndose a los parámetros clásicos. He descubierto personalmente en mi paso por la facultad de Filosofía hasta qué punto es intenso este conflicto en algun@s individu@s, empeñad@s en resolver, con los esquemas clásicos, la unidad sujeto-objeto de la física cuántica y la discontinuidad que se da en este nivel de la realidad (algo que es contrario al postulado de la ciencia clásica y que ésta no puede aceptar ni entender), dan vueltas y más vueltas de una manera obsesiva (como en una neurosis: compulsión a la repetición o gestalt inconclusa) en torno al tema sin darse cuenta de que para resolver la cuestión tienen que romper su atadura con la noria (gestalt fija); pero la intensidad con que se dedican a la tarea es tal que no me extrañaría que algún día tuvieran una ‘revelación’ (insight psicoanalítico, darse cuentagestáltico), lo cual, probablemente, sería muy malo para sus carreras profesionales, y esa es una no pequeña resistencia.

En este camino una respuesta a la cuestión de la unidad especialmente querida por mí está en los estudios y teorías que E. Laszlo (1993, 2004, 2007) da a través de la Física Cuántica. Se da la circunstancia de que cuando era joven, iluso e idealista empecé estudiando Físicas porque “quería seguir el curso de la energía desde sus bases materiales hasta sus manifestaciones psíquicas”. Tuve que cambiarme al extremo opuesto y estudiar Psicología porque circunstancias económicas personales me impedían cursar una carrera tan difícil. Así he encontrado que Laszlo ha hecho ese trabajo por mí, ha desarrollado la teoría que a mí me habría gustado hacer al respecto, por lo que se ha convertido en mi ‘biblia’. La cuestión no está tanto en el hecho de que la teoría de Laszlo sea correcta (que para mí sí lo es hasta donde soy capaz de entenderla) como en el hecho de que es una teoría que apunta en la dirección adecuada de todo lo que se ha dicho aquí hasta ahora. No importaría que esta teoría tuviera sus fallos, pues cualquier otra que la sustituyese tendría que andar por caminos semejantes.

Como aquí no se trata de daros un curso de física cuántica, ni soy quien para ello, intentaré explicar su postura de la manera más sencilla posible tal como yo la he entendido. Tengo, no obstante, que hablaros antes de dos fenómenos de la realidad que estudia la física, uno clásico y otro cuántico.

El concepto de campo es algo que acepta la física clásica pero que ya contradice la postura newtoniana de nuestra ciencia clásica en la que un punto es sometido a una fuerza lineal; es decir, el desarrollo de la realidad según un proceso lineal causa-efecto. Un campo no se puede ver ni percibir en una observación simple (como el self [6] co-creado en el campo organismo-entorno, PHG, 1951, que sería la expresión genuina de ese campo), es algo de lo que ni siquiera se puede decir que tenga una existencia material (pues su naturaleza es ondulatoria). Por ejemplo, el campo magnético sólo se descubre cuando echamos unas limaduras de hierro sobre el papel que cubre un imán. La separación del papel (lo más sutil, quizá, de lo material) es esencial pues, de lo contrario, las limaduras se apegotonan en los polos del imán y no vemos nada. Asimismo, para ver el self del campo organismo-entorno tiene que intervenir cierta distancia, mental en este caso (en el rol del ‘papel’ en el campo magnético), sobre las percepciones intrapsíquicas e individualistas de la orientación egocentrada, pues este self sólo se percibe desde una posición exocentrada que nos permita distanciarnos de lo corporal-emocional-motor, cuyo papel en este paralelismo es el mismo que el de las limadoras apegotonadas en los polos del imán (Madrona, 2009).

En fin, ya sólo si pensamos en el campo magnético, su intangibilidad, no me diréis que no es algo bastante misterioso, aunque estemos acostumbrados a verlo al ser de naturaleza material (más difícil es ver y experimentar el self organismo-entorno dada su naturaleza no obvia a la percepción egocentrada). Pues bien cualquier perturbación —cambio— en el campo se trasmite instantáneamente a toda su extensión (si movemos el imán se mueve —con las limitaciones del rozamiento— todo el campo de limaduras). No hay una transmisión lineal causa-efecto (tampoco en el campo gestalt), sino un proceso global e instantáneo (dentro de los límites de la velocidad de la luz que es el confín de la realidad compuesta por materia-energía). ¿No les suena esto, un poco, en otro contexto, a una experiencia de nirvana o, sin ir tan lejos, de simple darse cuenta? A estas alturas del escrito no creo que ya nadie dude que la dualidad espíritu-materia se contempla también aquí desde la unidad última.

En base a la visión de la realidad global como un campo y no como un proceso lineal causa-efecto actualmente el ‘diseño’ del mundo se ve como una red o malla de interrelaciones en las que ningún aspecto del sistema está definido para siempre, pues toda la información posible existe en el campo (el fondo gestalt) y se puede mostrar y aparecer como cualquier contingencia (figura) cuando se muestra en el plano de la materia-energía. Dicho de otra manera: una representación gráfica de las nuevas teorías basa la descripción de la realidad no en el ‘punto newtoniano’ (no en la percepción egocentrada), sino en la malla de interrelaciones que existe entre todos los ‘puntos’ del universo (en una percepción exocentrada). Es decir, en estas concepciones no existen puntos aislados sometidos a una fuerza y velocidad vectoriales (individualizados), sino un complejo campo de interrelaciones en las que cada ‘punto’ está conectado por una información que comparte con todos los otros ‘puntos’, siendo, al mismo tiempo, cada uno de esos otros ‘puntos’ (la visión dialógica, Buber, 1959). En realidad, hablar de ‘punto’ en estas concepciones carece de sentido, pues en ellas no existe lo que en términos newtonianos entendemos por ‘punto’.

Otro asunto es que en la física cuántica se habla de la existencia de un vacío cuántico (¿el vacío fértil?) que es algo así como un ‘lugar’ que existe previo a la formación de materia-energía (el ajuste creativo del self con energía procedente del vacío fértil se volcaría a través del yo en la materialidad de una decisión concreta). La existencia de un substrato de esta naturaleza es necesaria para la explicación de ciertos fenómenos que tienen lugar en el nivel cuántico de la realidad y sólo se ha podido llegar a ella a través de desarrollos matemáticos que, no obstante, son incuestionables para la generalidad de la comunidad de físicos. Se ha podido incluso calcular la energía potencial de este vacío cuántico y es tal que no hay —presumiblemente— en todo el universo material conocido energía cinética suficiente para mover un solo centímetro cuadrado (cm²) de este vacío cuántico (¿cuál es la ‘energía’ del vacío fértil cabría preguntarse aquí?). Algo verdaderamente asombroso e impactante.

La energía potencial es algo también, en cierta medida, misterioso, por sí misma no hace nada y no es inmediatamente perceptible (la ‘energía potencial’ del fondo gestalt). Imagínense un objeto situado en lo alto de un armario. Sólo hará algo si lo empuja para que caiga (probablemente romperse si no ha organizado una cadena que trasmita el golpe para hacer algo, como por ejemplo en una caída de agua que mueve una dínamo que produce electricidad). La fuerza con la que ha empujado ese objeto es lo que se llama energía cinética (la atención prestada a ese fondo sería la ‘energía cinética’ que lo pone en movimiento).

Hay otra particularidad en los campos y es que son fenómenos ondulatorios (como lo que ocurre cuando lanzas una piedra al agua). La transmisión de información en un campo no se produce en su base material (partícula), sino que se sustenta en, o acompaña a, su naturaleza ondulatoria; es decir, es una información que no se transmite ‘materialmente’, aunque se apoya en la materia (el self —inmaterial— del campo organismo-entorno se apoya en la ‘materia’ de los organismos que intervienen en el campo). Es esa dualidad onda-partícula que tan de cabeza trae a los físicos (paralela, según lo veo yo, en otra dimensión sistémica, a la de mente-cuerpo y self-organismos en el ser humano). Por otra parte, los fenómenos ondulatorios operan entre sí sumándose o restándose y formando nuevos conjuntos ondulatorios (como en la ‘mente’). En teoría sería posible seguir la trayectoria de un barco después de horas de que haya pasado por un lugar descomponiendo las sucesivas imágenes ondulatorias formadas a través del tiempo. Es decir, la información queda registrada en el campo a través de su naturaleza ondulatoria.

Pues bien, Laszlo postula la existencia, en el vacío cuántico, de lo que llama un campo j (1903), o campo akásico (2004, 2007). Dado que este campo existiría en un estado físico previo a la formación de materia-energía no estaría limitado por la velocidad de la luz, así la transmisión de información a través de él sería prácticamente infinita (mayor incluso en zonas de materia densa —cuerpos celestes— que en zonas vacías del universo). Esta no limitación hace que este campo se extienda a través de todo el universo. Y, tratándose de un medio ‘inmaterial’ (en cualquier caso, anterior a la formación de lo que conocemos por ‘materia’) como el campo j esa información no desaparece con el tiempo (por el ‘desgaste’ debido al rozamiento como en el anterior ejemplo marino) sino que permanece en él eternamente. Por eso Laszlo llama a este fenómeno en otro lugar campo akásico. La física estaría dando crédito, así, al llamado registro akásico del que se habla en algunos medios espirituales. Sería el concepto cristiano del ‘ojo de Dios’ que lo ve y lo sabe todo.

La existencia de este campo explicaría el fenómeno, comprobado experimentalmente, de que una partícula se ‘entere’ de lo que le están haciendo a otra asociada a ella al instante (vía campo j ), aunque se encuentre a miles o millones de kilómetros de distancia. Y, asimismo, explicaría los fenómenos paranormales de la mente humana (precognición, telepatía, clarividencia...). Laszlo nos cuenta que en nuestro cerebro se forma un campo bioeléctrico que puede conectar con la información que existe en el campo Ψy conocer instantáneamente cualquier cosa que ocurra en el Universo. Y es este tipo de conexión la que se realiza cuando se tiene una experiencia cumbre, mística, nirvana, satori, etc., o un simple awareness. De hecho una de las frases que describen este fenómeno: ‘ser uno con el Universo’, sería completamente literal.

Para que la ‘ciencia’ llegase algún día a poder ‘leer’ esta información tendría que ‘volverse inmaterial’, cosa que suena a ciencia-ficción loca (aunque cosas ‘locas’ ha dicho siempre la ciencia-ficción). Pero sí hay cerebros —personas— con la capacidad de ‘leer’ esta información y, de hecho, es seguro, para mí, que ese tanto por ciento tan elevado de cerebro que no utilizamos está preparado para ello, sólo es cuestión de evolución y de tiempo. La evolución, por mor del desarrollo de la mente, ha hecho que perdamos la conexión con el campo Ψ que existe en toda la naturaleza, en toda la realidad. Como sabemos son innumerables los casos que nos dicen que la capacidad perceptiva animal está más allá de las barreras espacio-temporales, que son barreras de la materia-energía; es decir, constantemente nos están mostrando la existencia de un fenómeno que el campo Ψ explica coherentemente en base a los postulados de la física cuántica.

Hay otra particularidad en el campo Ψ y es que su evolución no está absolutamente determinada como querría una visión científica clásica. Laszlo nos cuenta, y de ahí el título de su libro El cosmos creativo (1997), precisamente eso, que el cosmos no evoluciona de una manera absolutamente predecible. Viene a decir que ‘aprende sobre la marcha’ y lo que aprende introduce variaciones y cambios en su desarrollo que no están programados previamente (se producen ajustes creativos en el sentido que los entiende el PHG). La información que se va añadiendo al campo Ψ (en la forma ondulatoria en que se urde toda la trama del universo) de todos los nuevos acontecimientos que van sucediendo en el universo y en la vida le permite acumular ‘sabiduría’ y responder creativamente a los nuevos retos y relaciones que la realidad le plantea. Es posible que el universo esté buscando la ‘perfección’ (o lo que nosotros en nuestra limitada conciencia llamamos perfección) y en ese empeño nosotros seamos la punta de lanza que intuye, un poco en las sombras, la claridad de cada nuevo amanecer.

Por otra parte, esta información que acumula el Universo hace que la evolución no sea completamente ciega al azar como quería la primera teoría de Darwin. Laszlo afirma que el ‘conocimiento’ que tiene el universo —la vida— tanto del pasado acumulado como del futuro al que apunta el previsible desarrollo de sus campos de ondas, le permite elecciones y cambios ajustados a las necesidades reales y no una experimentación al azar, pues se ha demostrado que el simple azar no habría sido capaz de guiar la evolución con la coherencia que podemos observar. Las mismas leyes básicas que rigen el Universo condicionan su desarrollo según determinadas líneas (como condicionan las ‘órbitas’ en las que pueden estar los electrones alrededor del átomo). Introduce coherencia en el proceso; es decir, la evolución no está definida por las rígidas leyes deterministas de la ciencia, pero tampoco ligada al puro azar. El proceso es mucho más complejo y eso lo está descubriendo actualmente el nuevo paradigma de la ciencia a través de lo que se llaman, precisamente, las ciencias de la complejidad.

Laszlo está ‘describiendo a Dios’ o lo que para él es: el Universo in-formado. Si la teoría de Laszlo no es llegar al concepto de unidad, de no dualidad (y todo lo que eso implica de apertura y posibilidades), a través de la mente, de la ciencia... “que venga Dios y lo vea” o, como dice Jung (1940), “La fe es un carisma para quien la posee; pero no es un camino para quien necesita entender algo antes de creerlo” (1991, pág. 244). Psicología y religión.

 

 

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[1] Esta es una versión modificada del mismo artículo publicado en el Boletín de la EMTG de 2008 y refundida y ampliada con otro sobre el mismo tema publicado en la extinta:www.fcgjung.com.es

[2] Me han referido recientemente un caso sangrante que ni siquiera pertenece a este ámbito, es mucho más cotidiano, pues se trata de un diagnóstico de esquizofrenia dado a un emigrante negro por no entender la cultura de la que procede y juzgarlo con la nuestra.

[3] D. Santos (2003) la explica como brillo debido a la electricidad estática, fenómeno muy intenso, al parecer, en aquél lugar y época, según registros geológicos, otra cosa es la experiencia e interpretación que dio Moisés al fenómeno.

[4] El título de mi tesis doctoral en filosofía, que nunca llegue a realizar, era: La interpretación de la realidad como unidad sujeto-objeto.

[5] Según esta apreciación de lo que significa awarenessdarse cuenta, que Müller-Granzotto, fieles a la fenomenología del PHG y de Husserl, reflejan en su libroFenomenología y terapia gestalt (2007): awareness es “...el sistema awareness (que incluye awareness sensorial, reflexión, comportamiento motor y deliberaciones verbales)...” (pág. 43/44, nota 1). El subrayado es mío.

[6] Los conceptos de self y yo que se utilizan en este texto se entienden tal como son usados en PHG.

 

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