El terapeuta Gestalt: herramientas para el psicodiagnóstico

El terapeuta Gestalt: herramientas para el psicodiagnóstico

Presentación de la tesina "El terapeuta Gestalt: herramientas para el psicodiagnóstico".

Mariano Cruz Zamora

Formación:
IPETG de Alicante

Directora:
Elena Revenga Arranz

(Para conseguir el texto completo de la tesina, hay que ponerse en contacto con el autor. Lo que se ofrece a continuación es un resumen de la misma.)

Presentación de la tesina

Conforme han ido gestándose estas reflexiones sobre algunas herramientas para el psicodiagnóstico al servicio del Terapeuta Gestalt, he advertido que decantarme por este tema tenía sus antecedentes.

De un lado, me atraía mucho la idea de elaborar una síntesis de lo que ha sido mi proceso personal, formativo y laboral durante los últimos 15 años. Estos tres elementos configuran de alguna manera una Gestalt importante que ahora se cierra en mí, en la que puedo descubrir, si lo expreso en lenguaje axiológico, la interrelación entre lo intrínseco (mi proceso terapéutico personal) lo sistémico (la formación en Gestalt, Psicoterapia Clínica Integrativa y Axiología) y lo extrínseco (mi trabajo como educador social y terapeuta en diversos espacios). Expresado en términos energéticos, una Gestalt durante la cual he ido aprendiendo a tomar contacto y a gestionar de una manera más saludable mi propia capacidad de ternura y agresión.

Por otro lado, el tema del diagnóstico me resultó muy propicio como cauce integrador para elaborar esta recapitulación: destacar la importancia del esclarecimiento diagnóstico para un posicionamiento más eficaz del terapeuta clínico en el encuentro con los pacientes.

Desde el enfoque gestáltico, encuadrado dentro del movimiento de la psicología humanista, hacemos una opción por contemplar al ser humano desde una perspectiva fenomenológica, donde somos mucho más que una suma de partes y apostamos por la superación de visiones reduccionistas. Expresado en términos axiológicos, nuestro valor intrínseco otorga matices infinitos a nuestra particularidad de ser.

Enraizados en este punto de vista, podemos abrirnos a considerar que, como terapeutas, el diagnóstico no tiene por qué significar el encorsetamiento del paciente en una u otra ordenación sistémica. Más bien, puede suponer una guía abierta y susceptible de reformulación que acompañe y se supedite al proceso dinámico de la persona, que es lo que realmente nos importa. En nuestro quehacer terapéutico, el diagnóstico puede ayudarnos a vislumbrar las coordenadas del conflicto que trae la persona. En el marco de la supervisión, puede servirnos como mapa de referencia que nos permita seleccionar las figuras más relevantes, las distorsiones que están a la base del conflicto neurótico.

Cuando una persona llega a nuestra consulta, al igual que nosotros en su momento, lo hace por la vivencia de angustia, sufrimiento, insatisfacción, etc., que ha irrumpido en su existencia, como figura, de tal manera que siente la necesidad de pedir ayuda.

Este momento de crisis desvela un conflicto ocurrido en el contacto de la persona consigo misma y con el mundo. La manera como hasta ahora ha funcionado (el carácter que ha forjado) deja de ser útil y nos vemos envueltos en el conflicto neurótico. Se produce la fricción entre el organismo y el medio en el que vive.

Es entonces cuando se produce el encuentro paciente – terapeuta. En este encuentro no somos, como terapeutas, un papel en blanco. También nosotros, en un momento de nuestra vida, experimentamos esta situación crítica de nuestra existencia desajustada; como pacientes, transitamos nuestro propio camino de conocimiento y crecimiento personal. Como terapeutas gestalt, además, vamos recorriendo itinerarios formativos que nos proporcionan y facilitan herramientas para nuestro trabajo. Desde la perspectiva gestáltica, consideramos que el terapeuta es la principal herramienta para el acompañamiento del proceso terapéutico. Estimo que esta herramienta que somos se va configurando a través de nuestra propia experiencia y de nuestra formación. Y en el aquí y ahora del encuentro terapéutico desarrollamos nuestra escucha, siendo éste el marco donde nosotros somos, estamos presentes y prestamos atención a otra persona que es y está presente.

Pues bien, los diversos grados de inquietud, malestar, insatisfacción o angustia con que una persona viene al encuentro terapéutico nos anuncia, al menos, tres posibles realidades. Puede ser que exprese un interés en avanzar en su proceso de maduración o de desarrollo de un mayor grado de conciencia. Puede ocurrir que esté atravesando un momento de crisis en su vida para el que necesita acompañamiento cualificado. Y, por último, puede presentarse con una patología evidente, donde la angustia adquiere un nivel tal que cursa con síntomas clínicos incapacitantes y la persona queda inhabilitada para una contención suficiente y necesaria.

En este sentido, el diagnóstico nos permite poder discriminar una u otra situación, nos posibilita tener capacidad para diferenciar cuándo el paciente cuenta con los recursos necesarios para contenerse durante el proceso terapéutico o cuando precisa, por ejemplo, de medicación para poder contener lo que él solo no puede.

Así mismo, el establecimiento de hipótesis diagnósticas abiertas y flexibles no resulta contradictorio, sino necesario, en la consideración de los procesos terapéuticos como procesos dinámicos, donde cada individuo, lejos de constreñirse a condiciones inalterables de su existencia, va descubriéndose en sus múltiples potencialidades. En este sentido podemos observar que, si bien el diagnóstico nos permite discriminar, el pronóstico no está en función del diagnóstico, sino de la propia dinámica personal en el transcurrir del proceso terapéutico.

En Gestalt nos importa de manera especial y prioritaria la dinámica con que la persona establece contacto consigo misma y con su entorno, así como escudriñar los modos en que interrumpe una regulación saludable de sí mismo como organismo vivo. El diagnóstico nos posibilitará tomar en cuenta a la persona en su globalidad y poder elegir las propuestas terapéuticas que nos resulten más adecuadas en cada momento y que promuevan el restablecimiento de la salud.

La tesis que planteo es, pues, que, como terapeutas gestalt, somos instrumentos y tenemos herramientas para ofrecer a la persona que viene a consulta la mejor ayuda posible en el acompañamiento de su proceso vital. En la polaridad “diagnóstico sí”  - “diagnóstico no”, enmarco mi posición entre aquellos que tratan de encontrar un enfoque de síntesis e integración, donde las herramientas diagnósticas están imbricadas en la actitud gestáltica de un encuentro terapéutico.

En este sentido, y teniendo en cuenta mi propia experiencia, desarrollo este trabajo considerando cuatro capítulos que, a continuación, expongo de manera resumida.

Parte primera: teoría energética

Esta primera parte es una exposición resumida del aprendizaje sobre la gestión del Impulso de Vida en los diferentes caracteres desarrollada por Juanjo Albert (IPETG) en la Formación en Psicoterapia Clínica Integrativa.

Partimos de la consideración de que el temperamento es la base energética que nos es dada en la concepción y con la que venimos al mundo. Esta energía es congénita, es decir, se configura por la conjunción de la parte hereditaria (dotación genética) y las experiencias intrauterinas y se irá asentando en la estructura corporal que, hereditariamente, distinga a cada persona. De tal forma que esta energía es potencial, desarrollándose psicológica, emocional y corporalmente sus cualidades y capacidades en el transcurso de nuestra vida.

Desde la teoría energética (inspirada en Reich y Lowen) podremos ir observando cual es la manera en que la persona ha aprendido a gestionar el Impulso Unitario con el que venimos al mundo (con sus componentes tierno y agresivo). Esta energía original se moviliza de manera que por el subimpulso tierno contactamos con nuestra necesidad y por el subimpulso agresivo vehiculizamos la expresión de la misma, estableciéndonos en la dinámica natural desde el displacer al placer.

Con el nacimiento, provistos con esta energía vital de ternura y agresión que se encarna en nuestro cuerpo, entramos en contacto con la realidad, con nuestro medio que, por lo general, aporta mayor dosis de hostilidad y frustración que la vivencia intrauterina. De esta manera, la angustia como expresión de la estasis energética, surge al perturbarse la alternancia natural entre relajación y tensión, es decir, al interrumpirse el libre flujo del instinto.

Es en este momento donde va a comenzar la tarea de gestión (conteniendo o dejando fluir) de nuestro impulso de tal manera que nos permita acomodarnos en la dinámica placer – displacer. Y en ese proceso de gestión ocurrirán los ajustes y desajustes que, con el desarrollo, irán tornándose en distorsiones cognitivas, emocionales y corporales que darán lugar a cada estructura caracterológica. Esta reorganización del impulso original que constituye el carácter, va a cumplir una función defensiva de los intolerables efectos internos de la frustración.

La frustración puede proceder tanto del mundo externo como del mundo interno. Pero la contención del impulso la realiza el propio impulso unitario que pierde, de esta manera, su natural discurrir.

Desde estos presupuestos, expongo el desarrollo de la dinámica energética en las estructuras caracteriales:

 

  1. Carácter esquizoide
  2. Carácter oral
  3. Carácter masoquista
  4. Carácter psicopático (en su vertientes obsesiva e histérica)
  5. Carácter rígido:
  • Histérico
  • Pasivo – femenino
  • Fálico – narcisista obsesivo
  • Fálico – narcisista compulsivo

 

La presentación de cada configuración caracterial queda desarrollada atendiendo a los siguientes aspectos:

 

  • ¿Qué le pasa al niño en esta fase del desarrollo?
  • La madre y el padre
  • Gestión del impulso y del sentimiento básico de confianza
  • Expresión y mecanismos de defensa corporales
  • Dinámica emocional

 

  

Parte segunda: teoría axiológica

Esta segunda parte comienza con una breve exposición de lo que es la axiología formal de Robert S. Hartman.

Considerando que el conocimiento del valor es el problema de la axiología, el acercamiento a esta cuestión se ha ido abordando desde diferentes perspectivas a lo largo de la historia de la filosofía. Estos acercamientos, que se remontan a los autores de la época clásica, han sido reformulados a partir del siglo XIX con el surgimiento de dos grandes perspectivas axiológicas: el subjetivismo y el objetivismo de los valores.

Podemos considerar que lo que Robert S. Hartman pretende con su aportación de la axiología formal es realizar un tránsito del campo de la filosofía al campo de la ciencia, en lo concerniente a la axiología, otorgándole la consideración de “ciencia del valor”. La axiología formal, por tanto, está asentada en el pensamiento lógico del valor, en el análisis del significado de los conceptos con los que nominamos la realidad y la mayor o menor gradación de correspondencia entre el concepto y la cosa. De esta manera, Hartman propone como piedra angular de su axiología formal una definición lógica del valor: “una cosa tiene valor según el grado en que cumple la comprensión de su concepto” [1]

Desde este axioma central, Hartman, recurriendo a la clasificación tradicional que divide a los conceptos en tres clases (definitorios, expositivos y descriptivos) planteará las categorías o dimensiones axiológicas del valor clasificándolas en Sistémica, Extrínseca e Intrínseca, así como la jerarquía entre ellas.

Con el desarrollo de la Axiología Formal, lo que pretende Hartman es acercarse a descubrir la capacidad valorativa de la persona. Una de las herramientas que él diseñó para tal fin es el Perfil de Valores Hartman.

La aplicación en la psicoterapia y la práctica clínica de este perfil es desarrollada por Salvador Roquet, en colaboración con Hartman, y trasmitida y continuada por Alfonso Castro en la formación que desarrolla la AEARSH.

Tras presentar los parámetros que recoge el PVH expresados en sus partes Externa, Interna y Sistémica, aludo a la lectura del perfil desde la tradición iniciada por el Dr. Roquet.

En su aplicación clínica, desde una lectura psicodinámica, el PVH muestra un mapa caracterial de la persona, su presente experiencial, a través de la valoración subjetiva que ella elabora sobre un ordenamiento objetivo de los valores. Esta ordenación subjetiva recoge el grado o nivel de percepción, en el terreno individual o grupal, tanto en el ámbito interno como externo. De esta manera, el PVH es un instrumento para conocer nuestro presente a través de nuestra capacidad para valorar y, por ende, de nuestro ordenamiento de valores: lo que somos capaces de percibir acerca de lo que sentimos, pensamos y actuamos tiene una implicación axiológica.

La ordenación axiológica subjetiva que realizamos al rellenar esta prueba muestra la particularidad de la vivencia personal y los factores que están incidiendo en la misma. En este sentido, pretendo hacer hincapié, en un acercamiento al PVH como un mapa fenomenológico, de manera que la percepción y la escucha del todo nos acercarán más a la realidad de la vivencia de la persona o grupo y nos proporcionará una información valiosa sobre lo que está percibiendo como figura y fondo en su momento actual.

Es por esto que considero este instrumento como gestáltico en la medida que, como continuadores de las intuiciones de Roquet, aprendemos a interpretarlo desde un punto de vista psicodinámico.

Por último, realizo una breve exposición de las fórmulas axiológicas de cada carácter. A partir de las intuiciones y la investigación desarrollada por Alfonso Castro, y recogida en el libro “Cómo somos” de Armando Molina[2], trato de apuntar la conexión entre las tipologías axiológicas, la caracterología eneagrámica y los caracteres bioenergéticos a partir de la estructura tridimensional que presenta el PVH.

 

Parte tercera: teoría gestáltica

Con esta tercera parte pretendo significar lo que, a mi entender y por mi experiencia, supone la aportación gestáltica para el diagnóstico y el trabajo terapéutico.

Estoy de acuerdo con que el enfoque gestáltico, aunque arropado por elementos teóricos, es más una práctica terapéutica, un arte, un oficio a través del cual expresamos una manera de afrontar nuestra vida. Y en este oficio, la vivencia del encuentro y el contacto cobra una relevancia particular como el mejor ingrediente para una existencia armónica con nosotros mismos y con el mundo.

Para ello, me propongo releer algunos de los elementos representativos de la teoría gestáltica desde el prisma de la información diagnóstica que nos ofrecen en el encuentro terapéutico, en el sentido que considera Yontef:

“El diagnóstico permite al terapeuta ser más preciso, discriminativo y coherente en la comprensión de la realidad particular y diferente de cada paciente individual y de cada tipo de paciente. Le permite hacer mejores conjeturas acerca de lo que el paciente esté experimentando, cómo reaccionaría frente a una intervención particular, qué otra conducta podría acompañar a aquella presentada al terapeuta en la sesión, reconocer eventos evolutivos claves que deben ser resueltos, etc.… El proceso diagnóstico es una búsqueda de significado. En la teoría de la terapia gestáltica, el significado es la relación entre figura y fondo” [3]

Los elementos  que he seleccionado son:

 

Aquí y Ahora

Cuando me encuentro en la sesión terapéutica puedo observar cómo es la presencia del paciente y la mía propia. Cómo habla, viste, se expresa, calla,… cual es su postura corporal, lo que enseña y lo que cubre, qué es lo que resalta como figura relevante en su discurso y en su estar. Cómo le pregunto, me siento ante él, le escucho. En principio somos dos desconocidos que nos encontramos. A lo largo de nuestro viaje en común ocurrirán otros momentos presentes en los que nos seguiremos desvelando, y el paciente hará emerger otras figuras como prioridades experienciales de su fondo existencial.

Dentro de lo que ocurre en el aquí y ahora terapéutico, también considero cómo el paciente cuenta su historia o lo que ocurre en su vida. En la dinámica figura – fondo, además de considerar lo que ocurre en el encuentro terapéutico, en el campo que constituye el fondo para el paciente, también están los componentes de su contexto más amplio: familiar, social, biográfico, caracterial, psicopatológico, etc.

Desde la óptica gestáltica resaltamos la importancia fenomenológico – existencial del presente y de lo que ocurre como experiencia en el aquí y el ahora, incluyendo las referencias al pasado o al futuro.

 

El darse cuenta

La insatisfacción o angustia que experimentamos irrumpe como figura en nosotros, a veces con tal brusquedad y evidencia, que pone en cuestión nuestra particular manera de ser.

Es posible que, como señala Peñarrubia, se haya oscurecido nuestra capacidad para percibir. Al mismo tiempo, podemos considerar que este “darse cuenta” de los síntomas (cualquiera que sea su forma) angustiosos son un indicativo de que, al menos en el ámbito de la neurosis, no hemos perdido del todo el contacto con nosotros mismos.

Si en un primer momento nos damos cuenta de nuestro desajuste, a lo largo del proceso terapéutico este “percatarse” lo convertimos, en gestalt, en la herramienta esencial a través de la cual realizamos el viaje al encuentro con nuestra esencia.

Como terapeutas, es significativo observar cual y cómo es el nivel del “darse cuenta” del paciente (y del nuestro propio) y permanecer en el señalamiento continuo de cómo ocurren los procesos que experimentamos en el presente.

Si el primer darse cuenta del paciente, aunque rudo, es el malestar que le encamina hacia la terapia, con demasiada normalidad advertimos las incongruencias que se desvelan en la interrelación atencional de las tres zonas a las que prestamos atención: la interna, la externa y la intermedia. En nuestro crecimiento como personas con falso o deteriorado contacto, en nuestra identificación con el carácter aprendido, cobra excesiva relevancia el desarrollo de esta zona intermedia, escindiéndose de las demás. Como señala Peñarrubia,“tradicionalmente se considera esta zona como el lugar privilegiado de la neurosis: aquí residen los prejuicios, fobias, paranoias, distorsiones en general de lo que nos llega de fuera o de dentro” [4]

Una actitud permeable al continuo atencional nos permitirá descifrar, entre otras cosas, dónde y cómo se producen las interrupciones en el contacto, en qué zonas resulta más dificultoso para el paciente dirigir su atención, cual es la manera y cuando se produce, de evitar una relación más sana con nosotros mismos.

 

Ciclo de necesidades y mecanismos neuróticos

Como organismos vivos, nos desarrollamos en una continua dinámica de tensión – relajación. La tensión la percibimos como expresión de una necesidad que surge; la relajación como expresión de la necesidad satisfecha. Este ciclo, hundiendo sus raíces en el ámbito biológico (como señala Castanedo) se extiende a todos los planos de nuestra existencia: corporal, afectivo, psicológico, espiritual y ocurre como continua experiencia en el contacto con nuestro entorno.

El ciclo de necesidades o ciclo gestáltico lo describimos como el proceso que se desarrolla cuando una necesidad emerge como figura y pugna por lograr su satisfacción, de manera que, en el contacto con nuestro entorno, que es donde se produce nuestra experiencia, ocurren ajustes o desajustes en el cumplimiento placentero de nuestras necesidades.

Considerando nuestro propósito diagnóstico, atenderemos a la manera como el paciente va estableciendo el proceso natural de contacto y retirada en la satisfacción de sus necesidades, así como el particular modo de interrumpirlo. Es en este contexto donde harán su aparición lo que denominamos gestalt inconclusas, es decir, aquellas experiencias que, habiendo ocurrido en el pasado, reiteradamente emergen en el presente perturbándolo, y que nos dan cuenta de las necesidades no satisfechas o no satisfechas adecuadamente. El modo de interrumpir el ciclo natural de necesidades, de este modo, nos dará cuenta de los rasgos de personalidad de cada persona.

En términos de Perls, este ciclo que regula nuestro organismo queda interrumpido por los mecanismos neuróticos o perturbaciones en el trastorno del crecimiento. En este trabajo, prestamos especial atención a:

 

a)      Introyección

Mecanismo mediante el cual incorporamos a nuestra existencia lo que recibimos de nuestro entorno sin un proceso adecuado de digestión y asimilación.

 

b)      Proyección

Lo que ocurre en la proyección es que depositamos en los demás aquellos elementos que no aceptamos de nosotros mismos. Es una manera de no apropiarnos de nuestra propia realidad.

 

c)      Confluencia

Es el mecanismo que señala la distorsión en el contacto mediante la cual se pierden los límites entre uno mismo y el medio.

  

d)      Retroflexión

Es un mecanismo de retirada del entorno por el cual, en lugar de completar el contacto, la persona dirige hacia sí misma la acción destinada a otro.

 

Polaridades

El concepto de polaridades ha sido un elemento presente en el pensamiento religioso y filosófico desde épocas remotas. Desde la concepción holística e integrativa del hombre que sostiene la terapia gestalt asumimos que nuestra existencia deviene en una secuencia de polaridades que nos configuran.

El trabajo gestáltico de diferenciación e integración de nuestras polaridades nos permite, antes que dividir a la persona, propiciar la unificación al permitir que se haga figura la polaridad más oculta o desconocida. Un modo típico de desarrollar esta exploración en gestalt es la técnica de la silla vacía. Mediante esta estrategia tenemos la oportunidad de poner frente a nosotros la parte oculta o desconocida, la sombra que no reconocemos y que evitamos. Reconocerla, darle cuerpo y expresión, darnos cuenta de cómo es su existencia en nosotros nos posibilita la reconciliación con lo que somos, la auto regulación organísmica como una integración más completa de nuestra personalidad.

Prestar atención a esta falta identidad que el paciente nos muestra, con la sobreidentificación con una parte y el olvido de su opuesta, se convierte en una herramienta para el diagnóstico y el trabajo terapéutico.

Las polaridades en que nos detendremos son:

a)      “Perro de arriba” – “Perro de abajo”

b)      Interno – Externo

c)      Masculino – Femenino

 

 

Parte cuarta: el proceso de Desiré

Como último capítulo de esta tesina presento el proceso terapéutico de una paciente con la que estoy desarrollando un trabajo supervisado desde hace dos años. Es una mujer diagnosticada por el psiquiatra de la seguridad social de TOC y trastorno delirante de contenido somático. Tiene medicación prescrita. En el inicio del proceso terapéutico la idea delirante de contenido somático no se encuentra activa y permanece la ideación paranoide de que todo el mundo la enjuicia, se burla y la rechaza.

Mi objetivo es mostrar el proceso seguido para la elaboración de una hipótesis diagnóstica con esta paciente, utilizando las herramientas descritas en las partes anteriores de la tesina. Y cómo se han ido entrelazando estas aportaciones en mi quehacer como terapeuta gestáltico.

Estas herramientas nos servirán para ir conociendo no solo lo que se presenta como figura en este momento para esta paciente, sino lo que se presenta también como fondo. De manera que nos sirven para facilitar y apoyar el desarrollo del acompañamiento terapéutico: apoyar lo sano y confrontar lo neurótico, propiciar un contacto auténtico y frustrar el falso contacto, resaltar lo obvio, señalar contradicciones, etc. En definitiva, detectar y reconocer las Gestalt inconclusas y recuperar el manejo de su vida.

En primer lugar, hago una breve presentación del caso: notas autobiográficas, cómo se presenta (el relato de sus crisis de angustia), el diagnóstico que aporta y la motivación que trae a la terapia, las primeras observaciones como terapeuta y el encuadre.

En segundo lugar, expongo un informe detallado de lo que el Perfil de Valores Hartman del inicio de la terapia muestra como descripción de su vivencia: la manifestación de sus síntomas como expresión de su angustia, el peso de un super – yo rígido que la asfixia, sus conflictos de autoestima, el mecanismo de proyección de su hostilidad negada y reprimida, la represión de su impulso y las dificultades para el reconocimiento de la propia necesidad y la entrega amorosa.

En tercer lugar,  desarrollo las notas significativas que la teoría energética aporta para la comprensión y la elaboración de la hipótesis diagnóstica en este caso.

Profundizando en el diario de sesiones con esta paciente, vamos descubriendo el significado de los síntomas clínicos que presenta y la angustia que disfrazan. Releemos el relato de Desiré sobre su dinámica familiar y lo relacionamos con la dinámica familiar en la estructuración del carácter rígido.

Ahondamos aún más en la gestión del impulso propia del carácter rígido en su vertiente fálico – narcisista obsesivo.

Cómo se expresa en ella la inhibición del impulso tierno: la experiencia instaurada de la polaridad deseo – temor al deseo, tanto en la relación terapéutica como en la relación con la figura paterna y en la relación afectiva con sus hijas. 

Cómo se manifiesta el manejo contenido del impulso agresivo a través de las formaciones reactivas: la ira disfrazada de perfeccionismo, el encubrimiento de la necesidad de intimidad por medio de la distancia, su autocrítica y acusación llevada al límite en la proyección paranoide de que los demás se burlan y la rechazan, el autocontrol, etc.

Por último, revisamos cómo es su manejo en el ámbito de la sexualidad: sexualidad como defensa por cuanto queda disociada de la entrega amorosa, la ternura y la intimidad.

En el apartado siguiente, desarrollo cómo va discurriendo el proceso desde el enfoque gestáltico, atendiendo a lo que se presenta como figura y lo que permanece en el fondo,  a sus dificultades para el contacto emocional y la prevalencia de su atención en la escucha de la zona intermedia, lo que nos descubre el trabajo con polaridades, cómo queda interrumpido el ciclo gestáltico de necesidades y los mecanismos que se presentan.

 

Conclusión

Mediante la exposición del recorrido terapéutico con Desiré, en el marco de la supervisión, concluyo que la aplicación de las herramientas desarrolladas en la parte teórica de este trabajo significan una excelente aportación para la clarificación de una hipótesis diagnóstica que, de manera procesual, nos permite, como terapeutas, profundizar en los conflictos nucleares de nuestros pacientes de forma que, en el encuentro terapéutico, nuestro trabajo clínico sea más útil y acertado.

Las herramientas tenidas en cuenta me han permitido afinar mis sentidos y focalizar mi escucha (la mía propia y la del paciente) y esto, a su vez, me ha permitido identificar y comprender las raíces estructurales que sustentaban la vivencia de Desiré.

La angustia (cualquiera que sea su grado y manifestación) como manifestación del desajuste existencial irrumpe en nosotros y se convierte en motor para iniciar un proceso terapéutico. Atender a sus manifestaciones, explorar los modos en que acontece, escudriñar la infección de fondo y la manera en que quedó instaurada y permanece la herida original nos permite acompañar en profundidad un proceso terapéutico.

Si una de las notas de identidad de la Gestalt es desarrollar una actitud holística y fenomenológica para contemplar al ser humano, podemos reconocer que, en el apasionante oficio de la terapia, percibir las consonancias y disonancias en el cuerpo, la emoción y el pensamiento (del paciente y las nuestras propias) es una buena herramienta para nuestro trabajo.

Así está siendo mi experiencia en el trabajo clínico, inspirado y estimulado por la orientación integradora de la formación transmitida por el IPETG de Alicante. Las herramientas presentadas en esta tesina, integradas en el enfoque gestáltico, vienen acompañando el proceso terapéutico con Desiré e, imbricadas en la riqueza de su propia vivencia, están posibilitando el reencuentro con su “propia amorosa compañía”.

 

Mariano Cruz Zamora

 

[1] Hartman, R. S. (1956). Axiología formal. La ciencia de la valoración. México: UNAM – Seminario de problemas científicos y filosóficos. Pg. 19.

[2] Naranjo, C. (1994). Carácter y neurosis. La Llave. Prólogo.

[3] Yontef, G. (1995) Proceso y diálogo en psicoterapia gestáltica. Santiago de Chile: Cuatro Vientos. Pg. 372 y ss.

[4] Peñarrubia, F. (1998). Terapia Gestalt. La vía del vacío fértil. Madrid: Alianza Editorial. Pg. 99.