La voz en psicoterapia

La voz en psicoterapia

Revista Cuadernos Gestalt. Nº 4. Diciembre 2013

Imagen cedida por: 

Introducción

Desde que empecé a interesarme activamente por el tema de la voz humana y su relación con los aspectos psicológicos de la persona, quizá una de las cosas que más me ha sorprendido es lo central que es este tema en nuestras vidas y lo difícil que parece ser estudiarlo desde la psicoterapia y la psicología. No me ha resultado fácil encontrar referencias. Sí he encontrado a muchas personas que me dicen tener algún tipo de disconformidad con su voz. Todo el mundo parece estar de acuerdo en que es un tema importante, tanto desde el punto de vista personal como desde la práctica clínica. Al mismo tiempo, parece resultar también un tema algo resbaladizo, difícil de precisar. Sabemos que está pero no sabemos muy bien cómo hablar de ello.

La literatura sobre comunicación no verbal insiste en la gran cantidad de información que se transmite a través de los aspectos no verbales de la voz (la entonación, el timbre, el volumen, los sonidos no verbales, etc.), sin embargo es difícil encontrar detalles al respecto. Abundan más los textos que hablan de los aspectos de la comunicación no verbal que tienen que ver con la gestualidad, el movimiento corporal o el uso del espacio.  En general, nos resulta muy difícil describir el sonido. Las carreras de Historia del Arte dedican una parte mínima de sus planes de estudios a la Historia de la Música. En estas carreras solo se estudian, por decir así, las “artes de las cosas”: las artes plásticas y la arquitectura. No se estudian las “artes de los procesos”, de la energía en movimiento: la música, el teatro, la poesía. Entre éstas, la música es la más marginada. En el sistema educativo español solo se estudia Historia de la Música con cierta profundidad en los conservatorios, que ni siquiera pertenecen al sistema universitario.

En el campo de la psicoterapia también nos resulta más fácil relacionarnos con cosas que con procesos. Nos es más fácil lo discreto que lo continuo. En la carrera de Psicología el tema de la voz apenas se trata. Tampoco en las formaciones y en la literatura de terapia gestalt. Sabemos mucho más sobre los aspectos verbales de la voz (qué decimos paciente y terapeuta, con qué giros verbales, con qué palabras exactas) que sobre los no verbales (el propio sonido). Sabemos más de trabajos creativos con mediadores plásticos como la pintura, la arcilla, la escultura, que con la voz. Cantar, recitar, emitir sonidos, hablar con diferentes tonos, son recursos que se utilizan a veces en psicoterapia pero suelen tener una presencia marginal. O están, pero no de forma muy consciente. La información que nos llega del paciente a través de la calidad de su voz en cada momento forma parte a menudo de lo que “intuimos”: lo sentimos más que lo podemos pensar. Nuestros tonos de voz como terapeutas ante nuestros pacientes surgen de nuestra presencia en cada momento, de nuestra actitud y nuestras intenciones. Sin embargo, solemos ser más conscientes de nuestra posición corporal, nuestra expresión facial o nuestras sensaciones internas, que del timbre de nuestra voz y sus matices. Sabemos cómo mostrar una postura erguida o tranquila, pero nos suele costar más modular nuestra voz.

En mi experiencia personal la voz y la ejecución musical han sido a lo largo de mi vida un termómetro de mi desarrollo personal. Interrumpí de joven mis estudios de piano para dedicarme a estudiar una ingeniería. Sentía que había algo en mí que impedía mi expresión artística, que por mucho que estudiara no conseguía disolver. Me sentía un pianista rígido, mecánico e inexpresivo. Me resultaba imposible conectar mis dedos a mis sensaciones internas, que eran potentes pero parecían estar encerradas en mi interior. Curiosamente, cuando empecé, por otras razones, mi proceso terapéutico, uno de los indicadores más fidedignos que he tenido de mis cambios ha sido, precisamente, el piano. Era sorprendente comprobar cómo cada transformación que iba teniendo en mis relaciones personales, en mi manera de vivirme con los demás, tenía una repercusión inmediata en mi ejecución musical. Más adelante empecé a estudiar canto en el conservatorio y esto se acentuó. ¡A veces parecía que mejoraba más como músico con la psicoterapia que con la práctica del instrumento! Nunca he llegado a ser un gran cantante ni un gran pianista, pero sí he tenido bastante contacto con la dificultad que supone querer expresar y que tu cuerpo y tu voz no te respondan, o mejor dicho, que respondan de una forma que no puedes entender, que parece ajena a ti. Desde esta experiencia surge mi motivación por estudiar la voz en terapia.

Este artículo pretende ser una primera aproximación al fenómeno de la voz. Quisiera transmitir mi curiosidad y abrir nuevas posibilidades. Estoy convencido de que el aporte en este campo desde la terapia gestalt puede ser muy productivo. Quisiera que este texto fuera una invitación a la reflexión y a compartir ideas. En las secciones siguientes haré, en primer lugar, una revisión de algunas dimensiones importantes que se relacionan con la voz y después una breve descripción de diferentes enfoques terapéuticos que se centran en ella. En la última parte, intentaré esbozar una mirada al proceso de la voz desde la teoría de la terapia gestalt, y de cómo esto nos puede orientar en la práctica clínica.

Dimensiones de la voz

Lo verbal y lo no verbal

Cuando hablamos de la voz distinguimos habitualmente dos aspectos: el verbal y el no verbal. La parte verbal de la voz incluye la emisión de palabras y frases, y otros aspectos que contienen información de tipo lingüístico, como por ejemplo la entonación que denota que una frase es una pregunta. Los aspectos no verbales incluyen todo lo demás: los sonidos no verbales (resoplidos, gritos, suspiros) y también varios parámetros sonoros que se dan en el sonido verbal y el no verbal, como la riqueza tímbrica, la intensidad, la velocidad de dicción, la claridad de las consonantes, la proyección, el ritmo, el tono, etc.

Una misma frase puede ser emitida por diferentes personas en diferentes situaciones y, aunque la frase sea la misma, la voz que la emite contiene información no verbal que cambia de una persona a otra  y nos informa, no sobre el contenido del que se habla, sino sobre las características del hablante y del contexto. Podemos llegar a distinguir si quien habla es un hombre o una mujer, qué edad aproximada tiene, qué origen geográfico y sociocultural, estado de salud, estado anímico, a quién se dirige cuando habla, cuán convencido está de lo que dice, si hay algo que se deja por decir, si se siente amenazado, etc. Alguna vez, en talleres de trabajo sobre la voz, he pedido a los participantes que escuchen el sonido de escenas de películas sin ver las imágenes. Les he puesto el sonido en lenguas que no puedan entender (por ejemplo, en chino o danés). Se suelen sorprender de la gran cantidad de información que son capaces de extraer respecto a lo que está ocurriendo en la escena: qué personas hay, qué emociones sienten y cómo se relacionan entre ellas, todo esto sin ver las imágenes ni entender el lenguaje.

La voz y el desarrollo

El sentido del oído es el primer órgano sensorial que se pone en marcha desde los primeros meses de la vida uterina.  El feto es capaz de escuchar su entorno sonoro y, muy especialmente, la voz de su madre. Alfred Tomatis [1], el creador de la audio-psico-fonología, descubrió cómo la voz de la madre influye sobre el desarrollo del futuro recién nacido y condiciona su posible bienestar. El “Método Tomatis” es un método terapéutico que se basa en la estimulación auditiva con sonidos filtrados que simulan el llamado “parto sónico”, es decir, el paso de la audición en el medio acuoso del vientre materno al medio aéreo. Según Tomatis, esta transición dura varios días tras el parto, mientras los bebés drenan el líquido de sus oídos y lo sustituyen por aire. Durante estos días la voz de la madre es lo único que el bebé puede reconocer y que le da seguridad.

Asimismo, la voz tiene una función primordial en el momento del parto. El primer llanto del bebé emerge inmediatamente tras su primera inspiración. En el llanto se cierran las cuerdas vocales para emitir la voz. Este cierre aumenta la presión en los pulmones y los pone en funcionamiento. La voz es el primer acto por el cual el bebé consigue concentrar energía y lanzarla hacia su entorno. Es su primer intento de alcanzar ese entorno. Al mismo tiempo, el sonido de su propio llanto le vuelve a través del oído. El bebé se escucha a sí mismo. Su voz le proporciona uno de los primeros elementos de construcción de lo que constituirá su diferenciación yo/no yo: “Este sonido que coincide con estas sensaciones musculares en los pulmones y la garganta, es yo. Los otros sonidos, no son yo.”

En el resto de nuestra vida, la voz nos marca también varios hitos del desarrollo. La emisión de los primeros sonidos vocales que no son llanto coinciden con el aumento en el bebé de las capacidades de exploración del entorno. Las primeras palabras y el primer “mamá” o “papá” abren al niño un nuevo mundo de relación con el otro mediante el lenguaje. El cambio de la voz en la pubertad, sobre todo en los varones, marca la entrada en la vida adulta, y se va transformando desde la juventud hasta la vejez, conforme se va transformando nuestro cuerpo. Desde antes del nacimiento hasta la muerte, la voz está presente e indisolublemente unida a quiénes somos y en qué momento del ciclo vital estamos.

La voz y el cuerpo

La emisión de la voz es un acto que implica prácticamente a todo el cuerpo. Para emitir un sonido vocal intervienen el suelo pélvico, los músculos abdominales, la caja torácica, el diafragma, los pulmones, la tráquea, la laringe y las cuerdas vocales, la faringe, la lengua, los dientes y la mandíbula, los labios, el paladar y la cavidad nasal. El estado de tensión o relajación de estas partes del cuerpo influyen directamente en las cualidades y posibilidades de la voz. Otras partes del cuerpo, aunque no participen directamente en la creación del sonido, también están conectadas y pueden influir en la emisión. Pienso, por ejemplo, en la tensión de hombros y músculos del cuello, que puede reducir la capacidad respiratoria y/o estresar la laringe, o en el estado de congestión del tracto digestivo, que puede dificultar el movimiento de los músculos abdominales o del diafragma.

La voz, el grupo y el individuo

El canto y la danza son una de las formas más importantes de expresión del grupo. La voz cantada y la voz recitada aparecen en todas las culturas en actos sociales que refuerzan el sentimiento de pertenencia al grupo [2]. Un repaso rápido nos trae multitud de ejemplos: los cantos tribales, las historias transmitidas por tradición oral, los himnos militares y religiosos, las canciones infantiles, las canciones que se cantan en los viajes, las consignas que se corean en los eventos deportivos o en los actos de reivindicación política, la entonación de los discursos en los mítines, los cantos fúnebres, solemnes, festivos... El poder de la voz en grupo para mover emociones y producir cohesión y sentido de pertenencia es incuestionable.

Otros aspectos de la voz hablada nos informan también de los vínculos grupales de cada individuo. El acento, y el uso de algunas palabras y giros, permite a menudo reconocer el grupo de procedencia de una persona, no solo el país, sino la región concreta y a veces hasta la población o el barrio. Hay expresiones y tonos de voz que pertenecen a los hablantes de una determinada generación. Cuando escuchamos noticias de radio o televisión antiguas es fácil observar cómo la manera de entonar las frases ha ido cambiando a lo largo de los años. El lenguaje de los adolescentes genera expresiones que los distingue del lenguaje infantil, pero también del adulto. Hay un “hablar adolescente”. Hay tics de pronunciación (como por ejemplo, en el castellano de España, silbar las eses o nasalizar las vocales) que se reconocen como signos de pertenencia a una clase social determinada. Las personas que emigran a un país en el que se habla una lengua diferente de la suya propia, o incluso la misma en otra variedad dialectal, aprenden el idioma y pierden su acento nativo en función, entre otras cosas, de su deseo de pertenencia al nuevo país de acogida y de su necesidad de mantener la lealtad a su país de origen. De hecho, un indicador habitual del nivel de integración de un inmigrante es si tiene “mucho o poco acento”.

Por otro lado, así como nuestra voz comunica a los demás información relativa a nuestros grupos de pertenencia, también contiene información que nos identifica como individuos. La voz de cada persona es única como una huella digital y nuestro sistema auditivo está especialmente dotado para distinguir los matices tímbricos que diferencian la voz de una persona de la de otra. Cada persona tiene una voz diferente, pues cada aparato fonador es diferente (una laringe más ancha o más estrecha, unas cuerdas más largas o más cortas, etc.)

Pero la voz nos transmite también mucha información sobre características psicológicas de la persona. Una referencia muy citada a este respecto es el trabajo del laringólogo y psicoanalista Paul J. Moses, reflejado en su único libro The Voice of Neurosis (“La voz de la neurosis”) [3]. Moses realizó en 1940 un estudio mediante grabaciones de la voz de un adolescente que no conocía de nada. Encontró que era posible, únicamente a través del examen de la voz, deducir un perfil de carácter y un conjunto de rasgos psicológicos que eran muy parecidos a los que se obtenían con un test de Rorschach. En su libro, Moses describe parámetros acústicos de la voz, como el rango, el ritmo, la melodía, etc., y los relaciona con aspectos psicológicos de la persona. Explica, por ejemplo, cómo en el habla de las personas con esquizofrenia prevalece el ritmo sobre la melodía, o cómo en las personas deprimidas hay unos patrones melódicos descendentes que se repiten con periodicidad.

Enfoques terapéuticos de la voz

La voz es, como hemos visto, un fenómeno complejo que nos puede abrir varias puertas a la psique de las personas. Esta complejidad se refleja en una gran cantidad de enfoques terapéuticos que utilizan explícitamente la voz como vehículo de transformación. Una posible clasificación de estos enfoques podría ser la siguiente: 1) enfoques que intentan entrenar la voz para conseguir unas cualidades determinadas; 2) enfoques que usan propiedades transformadoras de la voz, cuando es emitida de una forma especial; 3) enfoques que hacen uso de los poderes catárticos de la expresión vocal; y 4) enfoques que utilizan la voz como mediador artístico.

 

En la primera categoría podemos incluir varias disciplinas que intentan que la persona aprenda a emitir su voz de forma diferente a como lo hace habitualmente. Se pretende "mejorar" la voz, o "corregirla", desde unos ciertos criterios que determinan qué se considera una voz “óptima”. Ejemplos de este tipo de enfoque los encontramos en la logopedia y la foniatría, la enseñanza del canto, la oratoria o las técnicas actorales. En estas orientaciones se ve al cliente/paciente como alguien que aprende una habilidad nueva.

En la segunda categoría encontramos enfoques que se basan en el supuesto de que ciertos tipos de emisión de voz, en sí mismos, producen efectos curativos. Aquí se incluyen las meditaciones sonoras (p.e., con la silaba om), el canto armónico o difónico, la recitación de mantras, y otros acercamientos a la voz que atribuyen diferentes propiedades curativas a las vocales y consonantes, como por ejemplo el llamado “Arte de la palabra”, una modalidad terapéutica enraizada en la filosofía antroposófica de Rudolf Steiner. En estos enfoques se considera al cliente/paciente receptor de los efectos curativos del sonido (y del acto de emitirlo).

La tercera categoría de enfoques utiliza la voz como una vía para conseguir algún tipo de catarsis emocional. Giran alrededor de la idea de que la voz libera emociones retenidas. Se busca facilitar la expresión intensa y profunda del grito, el llanto o la risa. Aquí encontramos enfoques como los trabajos con el grito primal o la risoterapia.

La cuarta categoría de aproximaciones utiliza la voz como un elemento mediador en la terapia, de manera parecida a como se utiliza la pintura o la arcilla en un trabajo con mediadores plásticos. En estos enfoques la voz, en especial la voz no verbal (el canto, los sonidos no verbales), es un canal de expresión que se utiliza para que la persona pueda manifestar su experiencia y ampliar su consciencia y sus posibilidades expresivas. En estos enfoques, el terapeuta tiene un papel activo en el acompañamiento vocal del paciente. Le sugiere, por ejemplo, que explore formas de emitir sonido que el paciente no se permite, como producir una voz más grave o más aguda, que puede tener resonancias con su relación con su propia masculinidad/feminidad. También puede apoyar al paciente con su propia voz o algún instrumento y, por ejemplo, improvisar juntos una nana dedicada a su niño interior. Ejemplos de estos enfoques pueden ser la Voice Movement Therapy [4] de Paul Newham o la psicoterapia vocal de Diane Austin [5], ambos de orientación psicoanalítica.

Un acercamiento a la voz desde la teoría del self

La teoría de la terapia gestalt resulta, en mi opinión, muy adecuada para ayudarnos a reflexionar sobre el fenómeno de la voz. Aunque ninguna teoría describe la realidad de forma completa, una teoría nos puede ser útil si nos orienta en esa realidad y nos lleva a algún sitio que no hubiéramos explorado antes. Mi intención es hacer aquí un intento de contemplar las cuestiones de la voz desde la base de nuestra teoría, con el propósito de reflexionar sobre qué maneras de usar la voz en psicoterapia pueden ser coherentes con el método de la terapia gestalt. No se trata de restar valor a otros métodos terapéuticos, sino de pensar de qué manera un trabajo con la voz se puede integrar con un trabajo de terapia de corte gestáltico.

La mirada fenomenológica

El enfoque fenomenológico de la terapia gestalt invita al terapeuta a fijarse en “lo que es”, más que en “lo que debería ser”. Desde esta mirada, el terapeuta intenta poner entre paréntesis sus interpretaciones e ideas preconcebidas para estar ante su paciente tal cual es, tanto como sea posible. Un acercamiento a la voz desde este punto de vista nos invita por tanto a escuchar la voz del cliente tal cual es, sin interpretarla ni pretender que sea diferente de lo que es. No es que la voz no pueda cambiar (de hecho, lo hace constantemente), sino que no hay una voz “correcta” o “auténtica” que debemos buscar, ni una voz “errónea” o “falsa” que deba ser eliminada. La voz de la persona, tal y como se nos muestra en el aquí y ahora, es una radiografía de quién es esa persona en ese aquí y ahora. Nuestro objetivo terapéutico no es modificar esa voz para “mejorarla”, sino desplegar su complejidad y explorar sus matices como un camino para comprender la experiencia del otro.

En una sesión de terapia, por ejemplo, un ligero temblor, muy breve, en la voz de una paciente cuando mencionaba de pasada a un hermano fallecido años atrás, fue un indicador de que había aspectos de su duelo aún no resueltos. Le hice notar que su voz había cambiado al nombrar a su hermano. El temblor de la voz se convirtió en llanto y esto dio paso a hablar de temas de aquella relación que aún estaban presentes para ella. Otra paciente, una joven con dificultades para contactar con su deseo, estaba dudando entre dos caminos distintos en su vida. Le solicité que emitiera un sonido no verbal para cada una de las opciones. Ella misma pudo darse cuenta, al escucharse, de cómo una de las opciones no le producía ninguna excitación. La otra sí le producía excitación pero rápidamente ella la sofocaba. Esto lo pudimos escuchar ambos perfectamente: con la segunda opción su voz subió de tono durante un instante y se hizo aguda, e inmediatamente descendió a un tono más grave y plano. Hacer notar esto nos abrió al tema de dónde estaba puesto su deseo y cómo era que no podía permitirse sentirlo.

La voz y el self

La voz tiene las propiedades que definen al self en Terapia Gestalt: Excitación y crecimiento de la personalidad humana: “El self es espontáneo, en ‘voz media’ [...], y está comprometido con su situación [...].” [6] La voz también. Es espontánea. No podemos emitir voz de una forma totalmente deliberada. Nunca sabemos qué sonido va a salir hasta que sale, y una vez estamos emitiendo sonido (sea voz hablada, canto, o sonidos no verbales) entramos en un proceso de “descubrimiento-e-invención según se avanza” [7] en el que la voz emerge de una forma que está, en parte, fuera de nuestro control.

La voz está en modo medio, es simultáneamente activa y pasiva. Cuando emitimos voz no solo hay una actitud activa muscular. También escuchamos el sonido que producimos, que se mezcla con el entorno sonoro que nos rodea. Es un mecanismo autorregulado en el que la emisión activa de la voz es modulada por la percepción del entorno. Surge en el compromiso con la situación, pues no podemos acceder a la voz de una manera aislada de la experiencia presente.

Por otro lado, las estructuras del self se reflejan también en la voz. La voz es una puerta de acceso privilegiada a las funciones del self, personalidad, ello y yo [8]. La función personalidad se nos muestra a través de la voz de múltiples formas. Adoptamos tonos de voz de nuestros padres y de nuestro entorno cultural. Modulamos la voz conforme a nuestra autoimagen. Los patrones de personalidad que se cronifican en nosotros y se hacen parte de nuestra fisiología secundaria tienen un reflejo inmediato en la voz. Como ya hemos dicho antes, la voz implica prácticamente a todo el cuerpo y, por tanto, las tensiones musculares de nuestra “coraza” tienen un correlato inmediato en nuestra voz. Una voz sistemáticamente chillona, o nasal, o aterciopelada, que suena así siempre, sin tener en cuenta el contexto, puede ser producto de un sistema muscular cronificado. Una voz espontánea y natural es capaz de variar según la necesidad del contexto y transformarse en chillona o aterciopelada en función de lo que demande la situación.

La voz es también una puerta de entrada privilegiada a la función ello. En una sesión de terapia, por ejemplo, podemos en gran medida rastrear qué es lo que empuja, dónde está puesto el deseo y la urgencia del paciente, escuchando los tonos de su voz según habla. Si el cuerpo es una entrada a la función ello, la voz nos ofrece un correlato acústico de cómo está el cuerpo. Nos hace audibles aspectos del cuerpo que pueden no sernos visibles. A veces es más fácil detectar una respiración retenida si escuchamos cómo suena la voz que si intentamos observar los movimientos de la caja torácica. La respuesta muscular que se produce cuando una persona contacta con un tema que le mueve emocionalmente puede ser más audible a través de la voz que visible si miramos su cuerpo.

La función yo también se refleja de diferentes formas en la voz. Cuando el contacto se interrumpe la voz se modifica y pierde espontaneidad. Cuando, en el proceso de contacto, emergen las emociones, la voz cambia de diferentes maneras: se energetiza, toma dirección, se hace explosiva. Cuando la persona retiene la emergencia de la emoción, la voz también nos avisa: una voz retenida, titubeante, falsamente segura. La voz de la toma de contacto, de la exploración del entorno, es diferente a la voz del postcontacto, de la integración. Nuestra disposición corporal cambia, y, por tanto, también la voz.

Un ejercicio que propongo a veces en talleres de trabajo con la voz y las emociones es pedir a los participantes que pronuncien frases neutras con diferentes tonos de voz que denoten diferentes emociones: miedo, afecto, tristeza, enojo, etc. Un resultado frecuente de esta experiencia es la toma de consciencia de la dificultad que uno tiene en expresar alguna emoción en concreto, o darse cuenta de que cuando expresa una cierta emoción los demás escuchan otra. (Cuando expreso tristeza, los demás se piensan que estoy enfadado).

La voz en el campo

La voz es un fenómeno de la frontera-contacto. En todo lo que hemos discutido hasta ahora en este artículo, hay un aspecto de la voz sobre el que aún no hemos hecho hincapié y quizá es el más crucial, al menos desde el punto de vista de la psicoterapia: la voz es algo fundamentalmente relacional. Hablamos y cantamos no tanto para nosotros como para el otro. Nuestra voz, simultáneamente activa y pasiva, se regula no solamente con el entorno acústico, sino, con el entorno relacional. Nuestra forma de hablar depende, sobre todo, de con quién hablamos y en qué circunstancias. Podríamos decir que nuestra voz ni siquiera nos pertenece al cien por cien. La podríamos llamar una “intervoz”, de la misma manera que nuestra subjetividad es, en realidad, una intersubjetividad [9]. Nuestra emisión de voz no depende solo de nosotros; depende de con quién estamos, de qué pretendemos en la relación, de cómo nos sentimos con el entorno, etc. Con nuestro tono de voz enviamos mensajes a los demás sobre cómo es la relación que tenemos o queremos tener con ellos: ¿Mi voz suena fría y cortante? ¿Hay en mi voz una invitación al acercamiento del otro? ¿Me gustaría que el otro adivinara por mi tono de voz mis intenciones para no tener que explicitarlas mediante palabras? ¿Puedo ampliar el volumen de mi voz e incluir a un gran grupo de personas, hablando en público? ¿Hago mi voz más aguda para parecer un niño? ¿La hago más grave para parecer más hombre? ¿Le doy un timbre metálico para parecer más peligroso? ¿Cómo cambia mi voz según con quién estoy? ¿Cómo la acomodo a la situación?

Por poner un ejemplo, solicité a un paciente en terapia que me describiera cómo era su voz, cómo la vivía él. Pudimos entre los dos construir una imagen: su voz era como una cuerda un poco elástica que le unía con una única persona. Esto nos llevó de forma inmediata a sus modalidades de relación. Para él, eran más fáciles las relaciones uno a uno, y sentía que tenía que regular la tensión en la relación para que la cuerda no estuviera muy tensa ni muy floja. Por otro lado, le resultaba muy difícil hablar para un grupo, ya que, entre otras cosas, no sabía hacia dónde lanzar su cuerda si había muchas personas. El uso de la voz como metáfora nos llevaba directamente a su estilo relacional.

Todas estas cuestiones tienen que ver con el otro. Curiosamente, es algo que no abunda en los enfoques terapéuticos que usan la voz, que suelen ser más bien individualistas. A mi entender, ésta una de las vías más interesantes de exploración del trabajo con la voz desde la orientación gestáltica.

Una consecuencia evidente de adoptar un paradigma de campo es que hemos de poner atención también en la voz del terapeuta, porque también está afectada por la situación y también afecta a su paciente. Todas las consideraciones que hemos hecho hasta ahora sobre la voz también son aplicables a la voz del terapeuta. Cuando uno presencia un trabajo terapéutico suele ser evidente el gran efecto que el tono de voz del terapeuta puede llegar a tener en los pacientes. Recuerdo un video de una sesión de terapia de pareja en la que el terapeuta era Leslie Greenberg. Era llamativo cómo iba ralentizando el ritmo de su voz, cómo hacía el tono más grave e incluía más aire en la emisión, cómo transmitía una sensación cálida, casi hipnótica, conforme realizaba intervenciones cada vez más arriesgadas en las que describía a la pareja sus modos de funcionamiento no sanos. El tono de su voz parecía ser capaz de sostener a la pareja y serenarla mientras el terapeuta nombraba aspectos difíciles de la relación. En mi trabajo, he comprobado cómo puede ser interesante a veces amplificar con mi voz sentimientos que el paciente está expresando de forma incipiente: “Cuando te oigo es como si estuvieras diciendo ¡basta ya!”. Ese “¡basta ya!”, pronunciado con el énfasis adecuado, puede impactar al paciente y hacerle notar de qué manera quisiera él mismo expresar ese sentimiento.

Conclusiones

Espero haber podido transmitir la centralidad de la voz en la experiencia humana. Es un fenómeno que abarca un tremendo número de dimensiones y que, pese a su importancia, tiende a resultarnos difícil de manejar de forma consciente. La aproximación al fenómeno de la voz desde la teoría de la terapia gestalt y el paradigma de campo es un enfoque que, por lo que he podido investigar, está poco explorado y puede resultar de gran interés. Mi intención es continuar profundizando en esta línea. A mi entender, el enfoque gestáltico nos abre varias vías útiles. Por un lado, nos anima a escuchar la voz sin juzgarla como “buena” o “mala”. Nos insta más bien a poner nuestra atención en el “cómo”, en qué nos dice una voz respecto a la persona que la emite y su situación, para desplegar sus matices. El paradigma de campo nos invita a entender la voz como un fenómeno del campo en el que no pensamos solo en “la voz de una persona”, sino también en “la voz que la persona lanza a un otro”. Nos hace poner consciencia asimismo en la voz del terapeuta. Por otro lado, la voz nos proporciona una referencia importante para un trabajo desde el contacto. Nos ofrece continuas claves de la atmósfera de la sesión y de lo que se moviliza en cada momento en el paciente. En suma, creo que en la voz y en su despliegue podemos encontrar una herramienta útil para nuestro trabajo como psicoterapeutas, aunque es aún un campo poco explorado desde la terapia gestalt. Espero con este artículo haber despertado la curiosidad del lector.

 

Notas

[1] Tomatis, Alfred. 9 meses en el paraíso. Ed. Biblària, Colección Didascálica. 1990

[2] Un artículo que trata este tema desde el punto de vista de la terapia gestalt es La canción eres tú, de Susan Gregory, publicado en inglés originalmente en British Gestalt Journal, 2004, vol. 13, nº1, con el título The song is you, y disponible en una traducción al castellano en la URL http://gestaltnet.net/fondo/articulos/la-cancion-eres-tu (lectura del 16/4/2013).

[3] Paul J. Moses, The Voice of Neurosis, Psychological Corp, 1954.

[4] Paul Newham, Therapeutic Voicework, Jessica Kingsley Publishers, 1998.

[5] Diane Austin, The Theory and Practice of Vocal Psychotherapy, Jessica Kingsley Publishers, 2008.

[6] Perls, F.S., Hefferline, R.F., Goodman, P.: Terapia Gestalt: Excitación y crecimiento de la personalidad humana. pp. 193. Los Libros del CTP (1994).

[7] Op. cit.

[8] Op. cit.

[9] Daniel Stern, On the Other Side of the Moon: The Import of Implicit Knowledge in Gestalt Therapy, capítulo del libro Creative License, de Margherita Spagnuolo-Lobb y Nancy Amendt-Lyon (editoras), Ed. Springer, 2003.

 

Comentarios

David, muy interesante tu artículo. Para mi la voz siempre fue un tema a investigar y aunque he trabajdo poco en mi en ese sentido, lo que he descubierto fue revelador. Sigue pendiente un trabajo profundo en ese sentido, y  al leerte se ha renovado el deseo. Me pondré a hacer algo al respecto. Muchas Gracias!

Hola Patricia. 

Gracias por tu comentario. Me alegro mucho de que te haya interesado el artículo. Como dices, hay trabajo por hacer en el tema de la voz.

Un saludo
David

 

 

Hola. Muchas gracias. Gran artículo. Me alegraré si me ayudas a encontrar el libro La voz de la neurosis por Paul Moses. Las tiendas de Rusia y no bibleotek. Realmente lo necesito. Gracias de antemano)

Gracias por tu comentario, Veronika. El libro de Moses es prácticamente un incunable. Es un libro de 1954 que no ha vuelto a ser reeditado. Yo conseguí una copia de segunda mano a través de Amazon USA. Quizá puedas encontrar alguna otra.

Un saludo
David

 

 

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